domingo, octubre 12, 2014

Vicenta, mi abuela colonizadora

Chiquita, diminuta en apariencia, para mejor decir, pelo negro, lentes gigantescos adheridos a su rostro. También una bocota importante. Voz aguda omnipresente para putear, dar órdenes o simplemente gritar con esa musicalidad gallega que la hacía única en la cuadra. Aunque los vecinos no lo supieran mucho, claro. Potente como para tener en jaque a sus dos hijas, sobrevivir a la muerte de su esposo, de su madre, en la casa se movía como pez en el agua, aunque en el fondo se notaba que no le gustaba demasiado cocinar.
En realidad, no sé muy bien qué le gustaba a esa viejita a quien mateaba como para ratificar que algo de argentinidad había adoptado. Extraño a mi abuela, la otra de temple impetuosa, en inversa proporción, esa que me entendía cuando mi padrastro me jodía.
Hoy hubiese cumplido..qué se yo, era del 7, de 1907, bah hubiese cumplido un imposible, 107 años, aunque llegó a los 95, con una entereza como pocas. Allá por el 2001, la separación (segunda), de mi vieja la llevó a Palermo, acaso como en el fondo de su corazón de alta alcurnia, ese que supo bancar con sus amigas o parientes cuando se rajaba a Mar del Plata para gozar del puerto y de las noches largas de birisca, bueno decía que una desgracia con suerte la sacó del Sarandí maldito, no por jodido si no porque se volvió un ancla. Ancla del que se despegó una sola vez, cuando vino para estos lados y cuando decidió retornar a su patria en el Eugenio C. Seis meses, fueron, me recordó mi vieja Susana, entonces chiquita también cargando con el crío y con sus primeras armas como docente en esa etapa de algo parecido a madre soltera (mi viejo no le daba mucha bola), lidiando con  mi tía, su hermana loca, entonces picóloga y jajaja, responsable de un gabinete escolar (decime si no es una metáfora perfecta para hablar de educación con chicos a la suerte de una piruchina). El tema es que mi abuela se fue, se puso al día con los suyos y sus muertos, allá por los setenta, volvió pipona, me trajo un robot que hasta hoy envidiaría un coleccionista y que perdí en un abrir y cerrar de ojos. Trajo también una gaita, aunque ninguna de sus hijas tocaba.
Después el tiempo la fue silenciando, las visitas gallegas de referencia se fueron espaciando, impuso un mandala-karmático en Gabriela mi mujer hasta los últimos días "sí estás aburrida", estigma difícil de quitar (para ella y para mí, claro)
La extraño a mi abuela, durante mucho tiempo mi preferida, la de pan, tomates con  mayonesa, caña a escondidas (en un armario celosamente custodiado), sámbuches de banana, tardes de cartas, de relatos memoriosos (siempre me gustó interrogarla, aunque no sabía que eso era hacer periodismo). Había una comida que no era gran cosa pero me encantaba, una de albóndigas, salsa y papas, yo la había rebautizado rutina, porque a veces la comíamos dos o tres veces en la semana. "Abuela, haceme rutina", le pedía cagándome en el significado real de la palabra. Y ella accedía. Otras, sacaba del mismo aparador el oro de la gastronomía, meijllones en escabeche y con eso uno quedaba feliz. Qué no me vengan con chisitos o papa fritas. Esa que me insultaba con un ahora entrañable "sos igual al rayo de tu padre, o sin eufemismos, RAYO DE MIERDA (andá a superar eso hoy en twitter). Extraño a Vicenta Rodríguez de Ordoñez, me hubiese gustado que me cuente más sobre Jesús Manuel, su esposo socialista que conservaba un enigmático tatuaje con una monja y la palabra amor (ya lo conté miles de veces) andá a mejorar con otro chino o gótico, tal audacia.
Extraño a mi otra abuela, la brutalidad gallega. Feliz cumple abuela, seguí cuidándonos con los otros.

* en la foto estoy con ella en la playa, el otro es mi abuelo paterno, Pascual, pero ya me ocuparé más adelante. Aunque los dos tuvieron mucho que ver con las alegrías en la infancia.