lunes, octubre 13, 2014

Cafiero, facultad y una miniprimavera de utopías

Aunque se enojen peronchos y radicales, a mi la reciente muerte de Tony Cafiero me remite un poco a la pérdida de Alfonso. Acaso porque fueron dos exponentes de la joven democracia que me tocó vivir. Tipos con la picardía de otra generación, crecieron en la política como esos tíos cancheros pero que supieron ser hombres de bien.
Sin ser militante, celebré la creación de un frente peronista que se hiciera a contracara del patoterismo herminista o sindicalista, aquel de tranzas, de discurso de figuritas y letanías huecas. Cafiero con ese verde renovador que nada tiene que ver con la caquita de Massa de hoy, emergía como otro exponente nacional, que matizaba el sentido social demócrata argentino, capturado por el dueño de la vereda de enfrente, noble, pero con dobleces antipáticas como su teoría de los dos demonios o el segregacionismo sutil "a nuestros grasitas", como sabiamente utilizaba a modo de elogio para la pueblada, el líder peronista de pelo engominado a lo Goodfellas.

Inevitablemente no faltarán los leales que hagan el chiste del piano que le robó al Pocho, cosa que para mí vuelve a Cafiero más simpático. Nunca acepté la devoción hacia el general por más que me sienta más cerca del peronismo. A Juan Domingo, lo de los imberbes y la plaza, no se lo perdono, como tantas otras cosas.
Por eso me quedo antes con Cafiero que con el patilludo que terminó de hacer pelota nuestro país. Ese falso caudillo que también se produjo con las reglas del Billiken, hasta que los lentes de contacto celestes se le subieron a la cabeza.
La derrota de la interna peronista del 88 fue dura. Digan que uno estaba con otro baile, más saludable. Ser independiente con todas las letras, laburando de la madrugada para volver a última hora a casa, intercambiando Molinos Río de la Plata, la UNLZ del Cruce (que para ese momento significaba hacer el recorrido bondi, tren, bondi). Y el regreso al departamento de Capital compartido con tres estudiantes que terminaría deviniendo en varios amigos, de esos que te cambian la vida.
Por eso uno recordará a Cafiero con cariño, las noches de debate al infinito, soñando con un país mejor, pero también con un periodismo más genuino. Las trasnoches con Tichi, Jorge y Héctor pispeando los debates antipáticos de Neustadt & Grondona, comprando Página como el anteojito de la infancia, para hacernos hombres de verdad, escuchando a Lalo, puteando a Marcelo y a Mario indistintamente, realzando a Fito, a Charly. Burlándome de los Intilimani y mirando con  recelo y desconfianza a la Negra Sosa y Quilapayún (mi pasado católico no me soltaba, claro está), celebrando las letras de Silvio Rodríguez, aunque fuera tarde.  Tiempos de radios piratas, de talleres de lo que sea, de serigrafías, de logos a mano, de libretas y máquinas de escribir encendidas. De grabadorcitos y casettes.
  En tiempos de Cafiero, laburaba 12 horas en una fábrica de Avellaneda y vivía en el corazón de Buenos Aires, pero estudiaba en la Loma del cool de Ciencias Sociales. Mientras el tipo salía con el traidor Manzano a bancar a Alfonso y hasta a Franja Morada, tras el levantamiento carapintada, uno descubría libros, obras teatrales, cine y música, como un pibe libre en una heladería.
Parakultural (con la delantera Batato-Torto-Alejandro, las Gambas), Redondos, Spike Lee, Agresti, Compromiso en la tele, la Lugones, Babilonia, Mediomundovariete, el mosquito Sancineto, las fiestas del Condon club, don Cornelio, Alejandro Del Prado, Luis Brunatti intentando ser ministro de Seguridad, la provincia de Buenos Aires, antes de la Maldita Policía, Robo para la Corona, Montoneros, los Soldados de Perón.
También fue el voté con náuseas del progre Freddy Storani, el país sin menemismo. Eso también resume el colado de Cafiero en el paisito utópico de entonces. Habrán sido tres, cuatro años a lo sumo, donde la economía no era prioridad número uno, si no una libertad más de poder hacer lo que se te canta, aunque tuviera más con dejarse llevar por las buenas señales que por las certezas. De hecho, en esos años de comunicación, psicoanálisis, arte (como espectador, sobretodo), las verdades reveladas se fueron desdibujando en mi bocho, lo que no significaba sentirse mal.
Con Cafiero se va ese costado ingenuo, de un peronismo acaso más naif, pero por qué no, más transversal que el kirchnerismo. Si todavía uno recuerda ese balcón compartido entre Tony, Alfonso, el Bisonte y todos los exponentes de nuestra inmadura democracia, contra los malos de verdad.
Ojalá que sus hijos, con pícara grandilocuencia o no, sepan llevar la posta de quien relegó al atorrante de antaño por la mesura de quien asume sus derrotas, con tal de convertirse en buen tipo.