Extraña impresión había dejado el último encuentro con Mónica.
Fue como buscar todo el aire posible por sentise ahogado. O quedarse medio zombie después de tropezarse, con el piso susurrando "pará, quédate un poco más acá”, dejando la duda de si será suficiente el envión al momento de levvantarse para seguir con lo de siempre. Caretearla entre quienes nos conocemos demasiado no iba a ayudar.
Entonces, llegamos con el Bocha y Sandra a la casa de su hijo Tomás. Allí recostada, entre dolorida y molesta, nuestra amiga esperaba sin tanta convicción respuestas y razones que le ayuden a comprender las incongruencias para entender los límites del daño de su salud.
Algo bajoneada y cansada nuestra
amiga de secundario aguardaba, no tan convencida, soluciones vagas o motivos convincentes como para dar pelea y borrar un evidente e insoportable dilema: ¿hasta cuándo?
Había enojo, fastidio, desdén y cualquier lugar común o frase hecha terminaría por empantanar del todo nuestra balbuceante conversación.
Distinto fue el ánimo del reencuentro, aunque no por esto menos sencillo. Había sucedido años atrás, a raíz de la visita en grupo a Néstor en esa suerte de hogar-refugio que, además de albergar a nuestro amigo de secundario, reunía a adictos en recuperación. En esa tarde opaca del barrio sureño de Bosques, apenas salimos nos inventamos una alegría. Había que sanear la angustia del cabezón viéndolo hacer malabares contra lo que era un inminente diagnóstico mortal.
Surgió de la nada ir a la cancha para tamizar una pena que permita menguar nuestra preocupación latente. Entonces Mónica sonrió como una nena con chiche nuevo. “Vamos”, accedió decidida sin medir si el futbol del Rojo lograría dar vuelta la carga de la jornada.
Su gesto espontáneo me
retrotrajo a su frescura adolescente. La ex novia de Néstor, pero también la del
Bocha, esa morocha que subyugó a un amigo, ratificaba su atractiva timidez
indescifrable, pero también algo de audacia que en la memoria la distinguía del
resto.
Eventual bailarina de un
lento en cumpleaños de quince y cómplice en esto de transitar familias disfuncionales
o dolores solitarios, Panza (el apellido se imponía en la cotidianeidad)
compartió una amistad prescindente de palabras y de expresiones elocuentes.
Aquella que con Moniquita
devino en dúo dinámico inclaudicable, una longilínea, en tándem con su amiga
histórica más bajita, rebosaba esa tarde noche futbolera de entusiasmo haciendo
que los recuerdos (su casa cerca de Pavón, Piñeiro, el viaje a Bariloche, algún
eventual cruce porteño, etc.) resurgiesen para sentirnos, al menos por dos o
tres horas, bancándonos las horas en un aula desabrida de 3ro primera del ENCA.
Calculo que a Mónica, Marcelo
y a mí, testigos del Libertadores, el encuentro nos dejó algo de frustración.
Resultado que sin embargo compensamos a la salida con pizza terapéutica.
La cena sirvió de repaso de
la jornada entre el relato esperanzador de Néstor y las voces tribuneras de nuestro
amargo y querido club y cierto sarcasmo por un reencuentro no tan juvenil.
Más tarde, otras reuniones
sirvieron para descubrir la devoción de la muchacha por su hijo Tomás (que
estuvo a nada de hacerla pincharrata), su gusto por la soledad y la negativa a
volar y hasta vacacionar. Porteñaza, que le dicen. Sumamos conversaciones que remitieron
a un perfil que supuse entre gótico y rockero. En vano vi cómo inevitablemente los
ochenta fueron ampliando una distancia más acorde al circunstancial de vida que
a posibles diferencias de pensamiento.
Del día a la mañana Mónica
Panza se volvió pieza clave del Dream Team, grupo de chat creado antes de la pandemia
con ella, más Sandra, Bocha Capi y Susana. Con ésta última no faltaron cruces,
aunque de esa contienda devino el querible “Monimoni” inventado por la Su,
parodiando sobreelogiosos comentarios del sector masculino del team a la morocha.
Chanza de celos por reírnos un rato.
Juntarse durante los años del
encierro fue agua en el desierto. La casa del Negro ofició de reducto mágico
con debates banales y existenciales. Las pausas de éste y Mónica para fumar
tanto en el departamento como en eventuales pizzerías, daba a Panza cierta
clase que remitía a modelos de la infancia.
En la memoria seguía latente
esa piba tímida, algo chicata y atractiva, de sonrisa pícara y gesto porfiado
frente a compañeros cancheros o alumnas engreídas.
Típico de quien sabe por
demás, sin necesidad de hacer alarde de eso.
Durante el último año, fueron
dos, tres a lo sumo, las reuniones del Dream devenido en quinteto.
A Mónica le pesaba el futuro
inminente verse jubilada, sin tener que ir al trabajo. Sin embargo la
continuidad dentro de la empresa que la vio crecer le dio cierta tranquilidad.
No se pensaba haciendo largos
viajes o buscando destinos demasiado complejos. De sus preocupaciones hablaba
sólo si le preguntaban. Esa distancia lindante con un pudor extraño. Protector
acaso o tal vez denso. Imposible saberlo.
Igual ingenio no le faltaba. Como
cuando su departamento la dejó sin agua y eligió anotarse a un gimnasio
cercano, donde las duchas compensaran la irresponsabilidad de la administración
de su edificio, frente a la demorada reparación.
- - ¿Y hacés
gimnasia?
- - Maso, me da
fiaca, confiaba risueña.
“Cómo los quiero”, solía
repetir al grupo, cobijándonos con la frase que hizo propia, de un afecto que
supimos recibir y que resonaba necesario. Indestructible. Sentimiento nuevo, acaso,
en relación a la distancia de quienes fuimos o supimos ser. Seguramente más
genuino, así “los quiero” en tiempo presente.
Que indique por qué, por más
que se rece, se invoque a expertos o pensemos en la curación como plausible e
inminente, hay tabas que no pueden darse vuelta.
Por qué de la noche a la
mañana la enfermedad puede llegar y maniatarte, amedrentar la rebeldía,
castigar, desarmarte.
Acaso el silencio de Marcelo, curtido junto a Mónica en otros tiempos en esa complicidad de cigarrillos callejeros, guarde parte del secreto de esa partícula insuficiente que uno no encontró y que todavía todos no podemos entender.
Panqui, rockera, enigmática,
leal, voraz en su humor de acotaciones simples, certeras, luego de transitar
sus temores (que nunca simuló), Mónica nos despidió antes de tiempo.
Como quien dice “vayan a
hacer lo suyo”.
Con todo, su “los quiero” continúa
resonando a nuestras espaldas como fuerza protectora. Acaso un salvoconducto
para seguir un poco más.



























