Domingo denso de enero.
Hay que salir a caminar como
sea, aunque esto implique el recorrido habitual largo hasta Ducilo, con par de
vueltas a la fábrica incluidas, más la adicional de la plaza San Martín a modo
de cierre.
Esta costumbre surgió medio
acordada con Héctor; en realidad calculo que él venía poniéndola en práctica
mucho antes. Pero era una manera de juntarse para charlar y exorcizar sobre los
fantasmas de este mundo, algo más saludable que compartir el clásico café o una
refrescante cerveza.
La amistad con Héctor Islas o
José Rodolfo, como gustaba llamarse en redes surgió desde la práctica
deportiva.
No sé cómo la disputa del
papi y las notorias diferencias futboleras decantó en el vínculo tardío:
diferencias de edad, colores y origen (él berazateguense de pura cepa, yo
retornado en 2002) pero digamos que de aquellos enfrentamientos en el club Los
Marinos, a partir de la invitación de Luis, (primo postizo), el ritual de los
martes y jueves, alternó en torpes gambetas,
siguió con reflexiones de confianza hasta mutar en el afecto sincero.
Por ahí andaba yo, advenedizo
en una ciudad pueblo que figuraba en mi DNI pero que tardó un par de décadas
largas hasta hacerse terruño propio, tras mudarnos con Gabriela y mi primer hijo
a la casa paterna.
Distinto el caso de Héctor
que parecía conocer la ciudad del vidrio como la palma de la mano. En su paso
vertiginoso durante la caminata ("no parés, no parés, recomendaba")
era capaz de recitar las directrices de los primeros planos de la ciudad, alternando
los viejos nombres y números para indicar de qué manera la inmigración europea
se fue adueñando y enamorando de éste nuestro conurbano profundo de laburantes
testarudos, gallineros fructuosos y memorias multicolores.
Antes de sumergirme en todo
esto, con el afecto por Berazategui de mis abuelos, empecé a buscar recuperar
el tiempo por no ser NAC (Nacido y Criado), dejando que el fútbol allanara mi
nuevo camino.
Medio perdido y torpe en el
juego, rasqueteaba mis últimas armas de falso nueve, entre desconocidos de buen
pie. Ahí Héctor confirmaba la picardía de los que saben jugar sin necesidad de
correr.
Asumo que mi modo de
envejecer condicionó tales atributos. Algunos lo vinculan con la cantidad de
torneos en el barrio, otros sin eufemismos dirán "saber ser vivos",
los menos vuelteros lo llaman con razón "tener calle".
El tipo bostero, de prolijo
bigote y cabello ¿eventual gomina? ofició de guía de este servidor paracaidista.
Más saludado que Mussi en
Berazategui, peronista, fanático de Toto Lorenzo y los Beatles (Paul, su
estrella excluyente), devino en el primer amigo genuino de esta región.
De tranco largo y veloz (lo
que obligaba a apurar el paso para seguirlo), Héctor marcaba el ritmo a la vez
que se animaba a hacer en simultáneo una lectura de los tiempos que iban
tocándonos en suerte.
Los debates sobre las formas
de hacer política de Cristina. El daño que generó luego el macrismo,
"Mauricio no es sólo Macri, su origen es Blanco Villegas", recalcaba
casi separando en sílabas como recordarnos la ambición desmedida de nuestros
terratenientes ganaderos. Y el daño suscitado por el último payaso surgían como
disparadores de fuertes debates respecto de la Argentina, su lastre y
fundamentalmente su inexorable y difuso destino.
A Héctor me lo cruzaba todo
el tiempo aunque no era el único ciudadano con tal privilegio. En realidad
solía pasarle en simultáneo a decenas de vecinos con quienes el hombre se
detenía respetuosamente a intercambiar comentarios entre su potente carcajada y
entusiasmo.
En dos o tres sugerencias, el
tipo desplegaba un compendio de saberes y soluciones simples, cerrando la
cuestión con una sonrisa o palabra de aliento.
Devoto de los suyos, su
adorada Marta, la singularidad de sus hijos y la familia como matrix esencial
de la existencia, Héctor distribuía su tiempo entre la demanda filial y sus
retoños (atento a las necesidades de hijxs y nietxs), el interés por lo social
en general, pero también con la capacidad de
buscar sus espacios y momentos para despuntar el placer por el arte en
todas sus formas.
Así, dentro y fuera de la
ciudad, celebró cada encuentro al que pudiera asistir para escuchar algún
artista, un orador inteligente o sencillamente contemplar la habilidad de los músicos.
Con Victor Hugo se vio en más de una ocasión, retribuyéndole su admiración,
pero también intercambiando impresiones sobre la obra o el show que los hizo
coincidir en suerte.
También bregó por ayudar a
otros en su crecimiento profesional. Así fui testigo de cómo alentó a cantantes
de bajo perfil, procurando desinteresamente difundir su obra.
En El Patio, la Biblioteca
Manuel Belgrano, yendo por la 148 el hombre recreaba sus universos a prueba de
inflaciones y de las marcas del tiempo. En este sentido, desde sus relatos creí
descubrir lo más parecido a una adolescencia feliz. De madraza generosa y padre
carnicero, con encuentros de familias de mesas largas y bromas precisas, Héctor
halló su propio tesoro en un combinado que se le instaló con una música
indescifrable que lo transformaría para siempre.
Vagamente me contó aquella
anécdota donde el simple de la manzanita sonaría una y otra vez, después
vendrían los elogios a George Martin, la defensa a ultranza de los escarabajos
al nivel de Mozart o Beethoven. Paralelamente, en alguna de las caminatas,
recordaba a ese profesor que minó su cerebro con literatura y hasta cierta
curiosidad por el teatro. Todo esto más o menos en línea con sus recuerdos
formales, hasta una tarde en que reveló su propósito.
Entonces, Paul Mc Cartney ya
había tocado un par de veces y quien por años había optado por evitar el
flequillo, probablemente fuera de época, hizo un pedido que sonó a orden o
decreto. "Tengo que pedirte un favor, necesito tener dos o tres minutos
para conversar con Paul", explicó. Héctor sabía de mi laburo en
Espectáculos y su misiva me resonó con la inocencia de quien supone el fácil
acceso al Hyatt o al Four Seasons.
"Quizás pueda hacer algo
para conseguir una entrada al show, propuse, pero lo del ingreso al hotel lo
veo complicado", comenté.
"Bueno, está bien",
accedió ni corto ni perezoso a la propuesta.
Por supuesto que mi
sugerencia era otra complicación, pero tuvo suerte. La foto que compartimos acá
corresponde a aquella tarde soñada en la que Islas volvió a tener el doble de
aguante de los picados, mientras uno observaba el embrujo de la banda que
vuelve jóvenes a los históricos e incrédulos a los escépticos.
Primer cometido de Héctor,
quien días más tarde agradeció la invitación con uno de sus tesoros guardados: un
habano cubano, supuso, era lo menos que me merecía, después de monumental
evento.
De todos modos la historia no
quedó ahí. Un par de años más tarde, insistió con aquel pedido "necesito
comentarle algo". Por entonces, Posadas y 9 de julio fue escenario de su
segunda proeza. Claro que para esta ocasión, Marta se encargó de hacerle el
aguante. La pareja llegó temprano (vaya uno a saber cuántas horas se bancó la
susodicha para que su amado concrete el sueño) pero después de desencuentros y
esquivar al piberío, ahí estaba nuestro beatle conurbanense haciendo honor al
maestro de Liverpool.
Si la familia conserva el
video (entiendo que sí, gracias a las habilidades de Marta inmortalizando la
escena) se lo puede ver a Paul siguiéndole la vista a Héctor, luego de que este
lo invocara entre tanto griterío.
Más divertida, sin embargo,
fue su explicación, luego de esa increíble faena. "Yo sabía que iba a
poder hablar con él", me confió caminando por la 144 rumbo a la Calle
Varela. "¿Sabés cuál fue la verdadera razón? Todos gritaban desquiciados y
yo fui directo 'Paul lo llamé' ¿entendés? El tipo se sorprendió porque vio a
alguien de su edad convocándolo con su nombre, preciso, por eso se asomó del
auto y me saludó directamente".
Ese testigo y aventurero es
Héctor. El mismo que accedió acompañarme a ver al Rojo con respeto. Aún entre
chicanas futboleras, sabía hacer una evaluación de mi equipo o el suyo, siempre
preservando sus colores de la crítica. Por ahí, contaba contento cómo la había
pasado con su hija tras un partido. La cita incondicional familiar permitía
imaginar un ida y vuelta a la cancha envidiable.
Se hacía espacios para
charlar temprano con Alejandro, antes de que éste encarara sus
responsabilidades, celebraba la madurez e independencia de la mayor o comprendía
la inocencia de Gustavo, el menor, con quien supo tirar paredes en aquellos
partidos de allá lejos.
La última vez que charlamos
fue antes del Boca- Riestra. Estaba contento con haber visto junto a Marta a
Nacha Guevara junto a Favero y no tardó nada en retribuir con emoticones esa
invitación.
Un par de meses antes,
contemplé al matrimonio sostener en respetuoso silencio el dolor por la pérdida
de nuestro intendente en el De Vicenzo. Allí nos cruzábamos siempre en la feria
del libro, en las de las colectividades y (no estoy seguro), incluso un Bera
Rock. En más de una oportunidad, lo pensé con el Negro Mussi juntos, pateando
la ciudad e intercambiando roles. Sí, Héctor intendente ¿por qué no?
Vengo pateando este texto
hace diez días. Lógicamente imaginé el pesar de su hija con Boca de local ante
Ñuls. Ojalá haya ido igual a la cancha, calculo que Héctor lo hubiera querido.
Todavía no volví a conversar con Marta. Aún cuando uno labura con palabras, soy
consciente de lo estéril que representan elaborar frases nuevas, sin lugares
comunes, sin clichés de ocasión.
Me quedo con él poniendo
orden el lugar donde reposan sus padres y pensándose con ellos. O, para los que
lo preceden, con el cura campechano que en Cuellas reforzó la idea de que
Héctor está entre nosotros. Siempre es así, los afectos, la buena gente, los
tipos como él, se vuelven viento, olores, preguntas, conversaciones solitarias
o colectivas.
Razones y broncas. Todo eso
junto.
En estos días retomo las
caminatas y, aún consciente, dejo que la mirada se pierda en el tic de buscar
al lungo que viene a doscientos metros de frente. Remera azul, paso largo y
firme, extendiendo los brazos para saludar con las manos, diciendo "acá
estoy, vamos por una vuelta más. Pero la última que tengo que relevar a Marta y
después al mediodía tengo que buscar a mi nieto. ¿Cómo está la familia? ¿Para
qué está el Rojo? ¿Cómo seguirá todo esto?", indaga y yo, mientras
comienza a caer el sol, le cuento.
































