sábado, octubre 21, 2017

Certezas sólo para el día de la Madre



Hay un perito que suele poner el acento en los 20 segundos de la llamada recibida desde el celular de movistar de Santiago. ¿Quién atendió?, pregunta el hombre que sostiene que el aporte de información de ese servicio telefónico pudo haber sido clave para encontrar a Maldonado mucho antes.

En ese caso no hubo respuestas, sí en cambio, el oportunismo escabroso de promover la compra en el día de la madre, con muchachos que dan el fisic du role del hasta antes de ayer, joven idealista desaparecido.

Vergonzosos, tanto como el silencio cómplice de los que eligieron no buscarlo.

Espacio interior


Las cosas suceden, cuando suceden. Hoy, sábado, después de aceptar el duelo de Santiago y de leer tantos mensajes desconsolados y de dolor, como miserias de frívolos y livianos, recupero sin saber una canción que aprendí de memoria, vaya a saber cómo y por qué y cuyo disco heredé recientemente del amigo Cappiello. Sin ser consciente de que estaba en casa. Lo comparto.
Abrazo
https://www.youtube.com/watch?v=1QtjTjaWgQk

Letra:Pedro Conde - Música:Pedro Conde


Cuando sentís tu soledad
querés tener alguien al lado,
pero estás solo y esperando
que se realice ese milagro.

Siempre habrá una canción
que aflorará de entre tus labios,
y no sabrás de dónde vino
será la voz de tu interior.

Ella estará donde hoy no están
los que quisiste como amigos.
¿Cómo sentir la primavera
si hoy es invierno en la ciudad?

No existe la felicidad,
no en este mundo, por lo menos.
En nuestra vida hay muchos ciclos,
somos humanos nada más.

Más no por eso hay que llorar
pues es más grande el compromiso
de no ensuciarnos con lo sucio
y de ser como Dios nos hizo.

miércoles, octubre 18, 2017

El sentido de la historia


Por José Pablo Feinmann

El problema fundamental del siglo XIX es: ¿pudo haber sido diferente o todo conducía a que fuese como fue? Rosas tenía la posibilidad de una modernidad que no entregara a cambio la soberanía. Pero su desdén por todo lo gringo lo llevó a la soberanía pero le negó la modernidad que un país cuidadosamente abierto requería. Solano López contrató ingenieros extranjeros y envió a su hijo a educarse en Europa, algo que el Restaurador jamás habría hecho.

Hay que rechazar los determinismos. Milcíades Peña escribió como pocos sobre este tema. Si Felipe Varela hubiera triunfado no habría sido muy distinto a Mitre, eso escribió. Lo que aquí palpita es el trazado de una historia universal y necesaria. Las leyes de la historia condenaban a las montoneras gauchas. Pero si Urquiza no se retiraba en Pavón, si el Paraguay se sumaba a los guerreros del federalismo y podía negociar en buenas condiciones de fuerza, todo habría sido menos doloroso y más equitativo, no hubiéramos tenido un país con una gran cabeza y un  cuerpo débil.



No estamos jugando al que habría pasado si no hubiera pasado lo que pasó. Partimos del trazado de líneas de fuerza. Tratamos de eludir todo determinismo. Pero en el estudio de la historia todo tiene validez. La historia no es la nariz de Cleopatra, pero también es la nariz de Cleopatra. Pavón no sólo se explica por la injustificada defección de Urquiza, pero también es eso: la voluntad del jefe del federalismo de no dar batalla.

Si Urquiza hubiese tomado el triunfo que tenía servido en Pavón, Mitre no habría lanzado su guerra de policía sobre las provincias. La guerra del Paraguay se habría tornado improbable o inexistente. Entonces, si se unían los federales de las provincias mediterráneas, el Paraguay (“país hermano”, es decir: país del interior argentino) y Urquiza, otro hubiera sido el poder que manejara los hilos de la política exterior argentina. Se habría negociado con Inglaterra desde una perspectiva de soberanía.

Plantear en tanto inevitable el triunfo de Mitre es plantear una historia fáctica: lo que pasó tenía que pasar, por eso pasó. No es así. Es fácil tener razón cuando se postula lo que ocurrió. Siempre se podría decir que sólo podía ocurrir eso, lo que ocurrió. Siempre se puede decir que no. Por ejemplo: Varela y el federalismo en el Fuerte de Buenos Aires habría sido el triunfo de la conciliación. Buenos Aires se hubiera unido a las provincias. Nada de ruina del interior federal. Se habría permitido la entrada de las mercancías británicas que no arruinaran a las nacientes industrias de las provincias.

Nota sobre el presente:

Siempre que se teoriza sobre el pasado se teoriza sobre el presente. Durante estos días pre-electorales se da por seguro el triunfo del macrismo. Esta falta de esperanza es darle el triunfo antes de los resultados de las urnas. Tanto decir que la derecha va a ganar sólo conseguirá que gane. La historia no está escrita en ninguna parte. El que todavía no ganó no tiene seguro su triunfo. Que haya sembrado el pesimismo en sus rivales es un triunfo no menor, pero no definitivo.

Sobre los malditos en la historia:

El macrismo se empeña en demonizar a CFK. Si la ponen presa –como tanto parecen desearlo– la convertirán en el “hecho maldito” de la democracia argentina. Veinte años después de la caída de Rosas –sobre el que pesaba la maldición de Mármol: “ni el polvo de tus huesos la América tendrá”–, los gauchos aún entraban en las pulperías, clavaban sus cuchillos sobre el mostrador y, dirigiéndose a la concurrencia, desafiantes decían: “Viva el gaucho don Juan Manuel de Rosas”. El largo exilio de Perón lo transformó en el hecho maldito del país burgués, según la frase de Cooke. ¿Por qué le temen tanto a CFK? ¿O es un deseo irreprimible de venganza? Como sea, tampoco hay que guiarse por los odios de la derecha. Puede equivocarse. Pero raramente. Casi siempre lo que odia es aquello que más la perjudica.

martes, octubre 03, 2017

Bolonqui existencial

Uno puede suponer que en la reencarnación o como vulgarmente decimos "en la otra vida", aquello que nos quedó pendiente se puede reparar. En el juego de especulaciones, las chances de ver a quienes ya no están o la noción de un posible reencuentro, serviría para enmendar y reponerse de los daños colaterales ocasionados desde este lado del mundo.

Hay algo que duele con el paso del tiempo y juro que no voy a quedarme sujeto a añorar juventud, nada más alejada mi queja a un argumento que suponga coquetería.
Pero sí me afecta ver a los padres de amigos, vecinos y parientes viejitos o rendidos. Esa idea de no poder recuperar la fortaleza de quienes supieron indicarnos el camino, a veces sin medir las formas, durante el crecmiento, jode más que el concepto básico de cenizas y huesos enterrados.




Con esta noción salté a una disyuntiva que me transporta tanto a mí, como a los míos o aquellos que supongo como propios, por encima del cielo divino.

Y la verdad es que una existencia hecha a la medida del deseo de uno, de un vago supuesto, representa un verdadero quilombo.
Por ejemplo, si uno añora a la abuela gallega, cómo quisiera reencontrarse con ella ¿más joven?
- ¿En sintonía con lo que uno espera de su momento saludable?,
¿respecto de lo que vivió uno o de lo que fuese más conveniente para su regreso?
- Y de ser así,  ¿coincidiría su momento óptimo con el más amable para uno?
- ¿Qué esperaría más de ella?
- ¿Sus gritos? ¿Su torpe improvisación para la cocina? ¿El relato de sus anécdotas?
Por supuesto que las preguntas no quedan encapsuladas en un solo pariente. Los otros que partieron, por el momento me los guardo.

También recordé al amigo de secundario que perdí hace varios meses y entonces las preguntas atacan como una plaga o un enjambre de abejas venenosas.
- ¿Rescataría a aquel superficial, a veces de chistes fáciles de la adolescencia?
- ¿O al último que se encargaba de acogotar a la sombra de la muerte, aceptando la madurez de perdonar a los suyos y perdonarse...inclusive hasta proyectando su deseo de terminar la licenciatura de psicología, mofándose del cáncer de páncreas?
Pero no todo quedó ahí.
De encontrarnos allá en el horno...¿volvería a reunirme con mis ex novias?
¿Y si las veo más buenas que cuando no tuve la chance de acompañarlas en el tránsito de la vida...?¿en dónde residiría mi consuelo?
Es más, ¿tendría algún tipo de consuelo?
No conforme con esto, pensé en qué etapa de mis hijos intentaría reunirme con ellos.
¿Sería en sus primeros años, de aprendizaje, de abrazos infinitos?
¿O los otros, más terrenales con preguntas duras pero sinceras?
¿Esas de reproches directos sobre mis errores o momentos maltrechos?

¿Y con mi compañera? ¿Sería genuino volver a a atravesar el climax del enamoramiento? ¿No iría esto en desmedro de tantas batallas sostenidas y superadas a partir de amasar un secreto y maduro lenguaje del conocimiento compartido?

Pienso qué carajo haría con los vecinos, necesarios en el desarrollo de la mirada. En los compañeros de estudios, de laburos. En las miradas que activaron el sentido solitario y cotidiano de usar cualquier transporte público. "Ahí sube la de Supisiche", "la que lee desde Quilmes a Capital", o "el cabronazo de Barracas".

Y en ese cielo eterno ¿qué decidimos con las mascotas? ¿Suman o agudizan el lío?
Y los momentos que añoramos y nos conmovieron ¿no quedarían medio forzados emulándolos o simulándolos por segunda vez?
¿El infinito nos encontrará a todos desnudos?
¿Soportaríamos la perpetuidad relegando el sexo?
¿desentendiéndonos de la noción de dolor?
¿adónde iría a parar el apetito?
¿Serían las oportunidades de repetir diferentes circunstancias una y otra vez la mejor opción que nos pueda dar esta inconmensurable subsistencia?
Se me cruzan las Alas del Deseo, pero no. Esto no tiene nada que ver.
No hay ojos ajenos, ni experiencias por aprender, creo.
Hay la chance del reencuentro. Con mis abuelos, mi padre, mi tía, el suegro. Los hijos que no fueron.
Los que quisieron cambiar el mundo.
¿Qué haría con los ídolos? ¿Con qué Lennon encontrarse? ¿Con qué Che?
¿Tendría la gran posibilidad de aprovechar al Flaco, como si fuera un vecino?
¿Qué pasaría con la música? ¿Cómo será la música? ¿Y si la inmortalidad no tiene buen gusto?
¿Quién se atreve a perdonar a Hitler?
¿Qué podríamos reclamarle al Pocho?
¿Habrá chances de ver a Marcelo de Sarandí, el aviador?
¿Y la novia que no fue, de cuarto grado, que se murió sin razón aparente? ¿Me registrará?
¿Y a mi viejo qué le digo? ¿Qué no?
Bueno, basta de delirios.
Que la tierra y esta existencia, acotada pero intensa, es más coherente.
Y que el cielo no es un teatro de funciones incalculables.
Apenas una ilusión. Sana ilusión de segundas oportunidades.
Ahí va el padre de Charly. Seguro me caga a pedos por algo.
Tiene razón. Siempre.
En mi bolonqui existencial, sin embargo, puedo creer que no.
Acá será todo igual. Y todo distinto.
 

miércoles, septiembre 27, 2017

Con D de..




Destino el de uno, cuyo apellido comienza con la letra que en los números romanos simboliza al quinientos (o quiñones, si les gusta más) y que siempre afecta o dispara una discusión, en torno a su uso.
Qué rebuscado! "hablame en fácil, che", pueden reprocharme.
"La D es con mayúscula. Es D + e", intentaré aclarar al pedo una y otra vez, por más que el corrector, el editor, o quien quiera que la escriba ocasionalmente transforme a piaccere esa falsa preposición que antecede al nombre que oficia de apellido. "De Paulo"
¿Y qué será lo que enoja tanto?
¿El desconocimiento de quien la escribe, suponiendo algún descuido sobre mi persona?
Y de ser así, ¿hace falta que sepa algo al respecto?
¿Qué es lo que defiendo?
¿Honra familiar? Dista y  mucho que sea cierto.
Según una vaga noción de parentescos, hubo, hay y habrá raíces difusas.
Hay di paola, Di Paulo, De pauli, Di Paoli y así hasta que la finitud de estas siete letras lo permitan.
Hasta De Poula, solía bromear un viejo diagramador, buscando un potencial efecto efervescente que dispare el enojo.
El caso es que hace un par de noches pensé que la cuarta o quinta letra del abecedario (ni de esa confusión zafa) inicia varias palabras trascendentes cuyo porte bien puede separarse entre mayúsculas y minúsculas.

Dios, por supuesto, para realzarlo. Aunque si lo escribís con minúscula, dejás entrever la falta de fe.
Democracia, Dinero, Dinastía, se imponen de hecho.

En cambio dolor, dádivas, deudas, dar, podrían alternar según su Destino.

¿Qué hacemos con Dónde, don, devenir, deberes o Deontología?
¿Aplicamos la norma según nuestro antojo?
Sí ya sé, profesoras, que el punto, que el sentido, que diferenciar el peso o importancia, etc, etc.
El Diez que te ponían con números y letras ¿iba con mayúscula?
¿Y el DAF (Deficiencia en aptitud física) de la colimba, que aquí malamente la mayoría reconocía como inútil para todo servicio?

Fonema dental y sonoro, tira wiki, además de contarnos que se corresponde con la letra D del alfabeto latino o romano. Miren cómo la dibujaban:

Jeroglífico egipcio
[puerta]
Proto-Semítíco
[Dal, Daleth]
Fenicio
[Daleth]
Griego
[Delta]
Etrusco
[D]
Latín
[D]
O31
Proto-semiticD-01.pngProto-semiticD-02.pngPhoenicianD-01.pngDelta uc lc.svgEtruscanD-01.svgRomanD-01.png
Tampoco hay que hacerse el tonto con el aspecto posesivo de la preposición de que quedó en la nada a partir de la sanción del artículo 8 de la ley 18248 correspondiente al Código Civil, modificado recientemente y referido a los nombres y en este caso, al apellido.
"Será optativo para la mujer casada, añadir a su apellido el del marido, precedido por la preposición de"
Y así fue este divague efímero felizmente gestado hondamente irónicamente jubilosamente, englobando a la D. La k me frenó el jueguito ordenado para seguir hasta la zeta (y sí, la k siempre te altera lo previsto ¡¡y estaaaá bieeen!!)

Desliz de una noche deambulante por un apellido mal escrito, probablemente siglo y medio atrás, durante la llegada de unos parientes deseosos por ingresar como sea a esta tierra de las oportunidades.

Lo que implica Decir mucho, aunque nada de esta delirio represente conflicto mayúsculo alguno.
Dialéctica pura, nomás.
Y ni eso.

martes, septiembre 26, 2017

Leerles...

...que no es lo mismo que decir "te leo" o "los leo". Leerles o compartir un texto.
El último viernes, con la luz tenue de la radio, ahí estaba haciendo honor a la condición de lector y acompañando un texto con la cofradía comunicacional (Marcelo, Jorge, Gabi + Javier-Mosh) y la veintena que nos escuchan y nos soportan habitualmente.
El libro de Ricardo Piglia, "El último lector" venía como anillo al dedo.
- Pará, pará, escuchá lo que dice (hubiese sido la advertencia coloquial, sin la formalidad del "vivo")
Leerles a los otros siempre está buenísimo. No sólo por esto de ser escuchado, de hecho uno se pierde en la consonancia, en la fatiga de leer de corrido, en la entonación que por lo general, difiere de lo que el autor pretende y de lo que el texto seleccionado significa.

¿Quién quiere leer? ¿Nadie? ¿Algún voluntario? 
Y uno sabe que quedará expuesto.
También queda expuesto el compañero con su voz lenta, su excesiva pausa, sus taras. En la lectura se juegan muchas cosas. La infancia de uno, la condición de desclasado, la falta de cuentos nocturnos.
La timidez, la vergüenza, el pudor. La sobreexposición de la voz.
"Me trabé", "pasá vos mejor, cubrime".


"¿Quien va a leer la primera lectura?", soltaban en la parroquia y uno sabía que a Dios y  a la fe, poco le importaban las redundancias, si lo que importaba era que el mensaje generara algún efecto.
Conversor, especulábamos entonces.
Manipulador, concluiríamos ya agnósticos.
Y ahí se mandaba uno, a rescatar por enésima vez la Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios.
Esa que habla de amor. Infaltable en casamientos o momentos épicos para posibles homenajeados.
"Si no tengo amor, no tengo nada", tiraba uno a uno costado del altar que oficiaba de pupitre. Y uno pensaba en la novia, en lo pichones que éramos todos.

Claro que eso era más fácil que otros textos menos simpáticos: "Mas porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca", decía un versículo más incómodo y uno no se convencía del todo que ese argumento viniera de Jesús.
Difícil que las cientos de historietas relojeadas y releídas hasta el hartazgo fueran acompañadas en voz alta.
Las cartas escritas a las apuradas, quizás sí, quizás requerían de un par de ensayos.

Igual, ahí en la penumbra de una habitación que juega de multimedio, el Borges ciego, se cruza con Kafka, entre Joyce y Cervantes. Olmedo, Morrisey, Tato y Cabezones recrean un caleidoscopio que nada tiene que ver con Rayuela o En Busca del Tiempo Perdido.
Perdido está uno cuando arrancás con el primer párrafo, después dejás que las palabras sigan algún hilo y cuando te querés dar cuenta, una idea, una imagen que no se ve, te lleva a otros destinos.
Igual que el tercer o cuarto pedaleo.


jueves, septiembre 21, 2017

¿Pequeñeces?

Por momentos insisto con eso de que todos los días se parecen.
La vez pasada me preguntaba cuál fue el último eclipse que dividió la rutina de aquellas jornadas inolvidables. Pero sigo equivocándome.
Bajo del tren con el eco del ciego más el tibio aplauso a su canto, casi de compromiso.
¿Cómo elegirá su repertorio?
¿Tendrá que ver el clima, su ánimo, los momentos?
No, no hay día a día calcado, como no hay mismo río.
Sin ir más lejos, la semana pasada Cata aceptó con desprecio una refresco sabor cocacola, ajena como de paso. Hoy la imploró, casi con necesidad.
Leo a Piglia y comparto uno de los párrafos de El último lector. Librazo. Hay tantas razones para escribir, como para leer un texto, transcribirlo a máquina, utilizarlo para seducir, abandonarlo a medias, simular su descarte.
Bajé a Sarandí, decía y antes de recorrer las escaleras de la estación, veo un cielo como pocos. Cuando se apaga o se acaba la lluvia, la luz de este barrio irradia. Trasuda brillo (trasuda la usé hace poco en una nota y vuelvo a pelarla "porque me plaze") No hay días iguales.
Atrás dejo el viaducto y ratifico lo pensado. Entre mi convicción apocalípitica sobre lo político, el sentido social, el devenir, etc, etc, recupero la noción de lo pequeño, lo ínfimo. Hay que estar, eso sí, atento a reconocerlo. Ser perceptivo y entender, como tanto precepto oriental, que esto semejante a lo efímero, guarda también la chance de lo espectacular, de lo divino.
Acaso no debo olvidarme que los eclipses se dan cada tanto.