domingo, septiembre 25, 2016

Tras el largo invierno, volvió José Pablo a Página
















El vértigo
 Por José Pablo Feinmann

Las palabras son las que permiten la comunicación entre las personas. Las personas son humanas e inhumanas. Su praxis es el ser. No el lenguaje. No viven en la morada del lenguaje. Viven en la praxis humana. El ser es praxis. Se han arrojado muchas frases durante los últimos meses. Algunas son livianas y hasta risueñas. Otras meten miedo. La palabra tarifazo hiela el alma. Es sólo un ejemplo. La palabra angustia remite a Kierkegaard. Pero no importa, porque se la dijeron a un rey borbónico. Que los hombres de Mayo se angustiaron al alzarse contra el poder hispánico. Eso le dijeron. Las cosas que se dicen.

El presidente ha dicho muchas. Ahora hay algunos y hasta varios que no lo quieren. Qué cosa. Ver para creer. Quién diría. Lo que ha hecho este hombre en tan breve tiempo. Incluso los que lo votaron no salen de su asombro.

Pero, ¿será él quien hizo todo este desmadre? Si él no tenía discurso propio. ¿O no le soplaban lo que debía decir? Un hombre que no tiene libreto propio –o no adhiere lúcidamente a ninguno– es un hombre sin ideas. Sin embargo, algunas tendrá. O, sin duda, será alguien de suficientes espaldas como para asumir la responsabilidad de tenerlas y aplicarlas.

Se acabó la joda, por ejemplo. Eso dijo. La joda es el populismo. Quién no lo sabe. Esa terquedad en distribuir y someter al pueblo con la demagogia. Populismo. Y ahí está el punto. Los que gobiernan en serio están siempre en lo macro. Acertaron, el desborde de la copa. Pero, hay que llegar ahí. Calma, paciencia, invierno. El invierno fue frío y hasta despiadado. Ni el de Alsogaray.

La piedad no va con lo macro. La frase que hizo grandes a los grandes norteamericanos fue está despedido. No esa patraña que inventaron Roosevelt y Keynes. El Estado Benefactor, el pleno empleo y productos para el mercado interno. No, está despedido. Flexibilizar es racionalizar. Racionalizar es sincerar la economía.

Dicen: si algún defecto tenemos es ése, la sinceridad. Cuando le decimos a alguien que lo echamos, lo echamos. Uno de los nuestros dijo es espantoso, pero necesario.

Qué importan los estragos si los frutos son placeres, o no mató a miles de seres Tamerlán en su reinado. Un poemita de Goethe que Marx cita sin incomodarse. Admiraba a la burguesía. Como nosotros. Nos diferenciamos de ese cabezón en que él imagina un horizonte de libertad para los colonizados, nosotros no confiamos en el proletariado. Creemos que los burgueses, cuando estragamos a los otros, les hacemos un bien.

Eso quiso decir nuestro hombre. Espantoso, pero necesario. Y eso que lo dijo cuando apenas sumábamos doscientos mil despedidos. Ahora, los frutos y los placeres aumentaron. El espanto también. Pero que se unan a nosotros por medio del espanto. Eso queremos. Fue clara y precisa la frase de nuestro máximo escritor. No nos une el amor sino el espanto. También nuestro funcionario, que es culto, invocó a Maquiavelo. Entre ser querido y ser odiado, el Príncipe debe elegir ser odiado. Ser temido. Provocar espanto. No amor. Es nuestro programa de gobierno.

El neoliberal no se preocupa por la adhesión de las masas, esa pasión demagógica de los populistas. Ser demagogo da grasa. El neoliberal prefiere al ciudadano, que goza de buena salud, que es, en suma, sano.

Para peor, se solaza con las depresiones de quienes debieran enfrentarlo. La oposición, en esta experiencia que vivimos en nuestro país, que es de ellos, se disemina, se diluye, se agota en la crítica. El vértigo del gobierno la tiene contra las cuerdas.

Se sabe que el mundo fue y será una porquería. Pero hoy, exagera. Calderón, en el siglo de oro español y en su obra La vida es sueño, larga genialmente esa frase que se adelanta a Heidegger y Sartre. Esa, que el delito mayor del hombre es haber nacido. Hoy pareciera, entre el vértigo del gobierno y las divisiones, el individualismo de la oposición, que la mayor desgracia es haber nacido argentino. Se trata de actuar en contra de este postulado. Que es espantoso, pero no necesario.

Encuentro con Néstor

Tres GPS y 10 mil palabras x minuto que salen, lógicamente, desde las bocas femeninas. Una batería que amaga dejarme afuera de la reunión, luego de hora y media de espera. Siempre aparece alguien que ayuda y el empujón alcanza para volver a la ruta. Y a Varela. Así la previa de esta reunión de secundarios.

El anfitrión pega un par de gritos y uno ratifica "sí, no hay dudas, es el cabezón". Gaseosas y tortas en la mesa. Cruces de mirada, algunos hace rato que no nos vemos.  Pinta hablar de dios, sin medias tintas, también de la pelea diaria que libra cada uno desde su lugar. Batallas de verdad, no contra la rutina, sino más baglietiana ("la lucha es de igual a igual contra uno mismo y eso es ganarla")

A Néstor lo besa Yaka Zulu, un pibe del lugar y una decena más de los que pasan, cerca de esta larga mesa que emula a un quincho. Se nota que lo admiran..."al viejo", como le dicen ahora ¿existe un vocablo más preciso que describa a la experiencia? Igual a los cincuentones nos chupa un huevo, el apodo es por el paso de los años y a otra cosa. O sea, jode.

Se pregunta por los ausentes, se los critica, en algunos casos (ejem, digo pa  calentar un poco la lectura)
La tía está en llamas con la misma polenta que a sus 15 y se agradece oírla así (igual podría bajar un poquito el volumen, bah, esa ilusión está perdida...desde sus 15)
El agua del mate lastima pero además de la corona de novia y un par de árboles de hojas rosas, el aloe vera resurge como cura urgente. Rubino habla de las propiedades curativas y recomienda beberlo, yo me acuerdo de Angeloz, a quien siempre asocié con la planta mágica ("lo llaman aloe vera porque no se sabe cuántas propiedades tienen") Tranqui ya sé, no se apuren krispaditos, entonces no existía Lázaro. Se calman? En esto de fórmulas mágicas, se suma beber orina y otras fórmulas escatológicas. ¿Seguimos en el sencundario?

Hay un pacto implícito de no hablar de política (que acato aunque no comparta) es lógico referirnos a las drogas y adicciones varias, por supuesto a la salud, las traiciones, los desencantos, los proyectos.
Néstor se sueña psicólogo y todos nos copamos. La brisa nos abraza invernal, pero el sol y la chance de estar juntos nos exime de cuestiones térmicas. Hablamos de los hijos, como podemos, como queremos, de los nietos. Sobre esta visión, paso, el cuero no me da para tanto. Pero al cabezón sí. "Quiero disfrutarlos".

Los temas siguen desprolijos: Stamateas, los curas truchos, la búsqueda consciente por lo espiritual, los riegos de viajar con las locas al volante (sí x vos Vivi), la honestidad brutal de los médicos, el placer de la velocidad, el pucho saludable, vivir sin Tinelli. Sin tele y sin noticias.

Hablamos de las visitas. Estamos grandes y en tiempos bisagra. La guita, los hospitales públicos, las obras sociales. Los padres. Los barrios, casas, mudanzas. Los lugares de uno.
Amigos o compañeros históricos que lloran pidiendo ayuda ("y después te la encargo") están presentes en esta charla. Charla calma en el durante, pero intensa en esto de sacarle el jugo a los minutos, cual demorado encuentro.
La tía recuerda su sugerencia de escribir una biografía desde las entrañas. Y también se celebra.

Por momentos hay carcajadas, los chistes sin red, aflojan las tensiones. Hay lágrimas, abrazos contenedores y palabras necesarias para revitalizar ese término tan frágil aunque necesario como el aire: esperanza.
Una campana suena pero no es recreo si no una forma distinta de comunicarse en el lugar.
A mi compañero de banco, lo reconozco más por sus tics en este reencuentro, que durante la última reunión compartida seis o siete años atrás. Habla a corazón abierto y eso hace que los gestos se correspondan cojn el cuerpo del tipo que conocí hace 37 años atrás. Redescubrirlo se agradece.
Todos nos prometemos regresar, cuanto menos en un mes, con más provisiones y más compañeros.
Sólo al principio, la mención de Lucifer en tono a secta religiosa que tiró el cabezón con ironía, me recordó que el Rojo juega en menos de una hora y media. El deseo x ir al Libertadores se acrecienta entre los hinchas amargos de la mesa. Las consecuencias de tal concreción y la pizza compartida, será un secreto de privilegio que "nuestro bloguero conocido", al menos por ahora decide preservar, pensando en la decisión de los involucrados.
Igual es la reunión en la calle León XIII lo que importa. Llámese Bosques, Varela, girá a la izquerda o a la derecha, para nosotros el encuentro con Néstor, va más allá de la octava libertadores o pobreza cero.

Los abrazos se intensifican con la partida, hay propuestas que surgen con más ganas de concretarlas a que pasen a engrosar la lista de promesas incumplidas.

Veinticuatro horas después pienso en el Indio y en un verso que no por obvio es menos profundo: "Vivir solo cuesta vida". Más mundana y terrenal, a la hora de pensar la existencia, me quedo con la que hace un tiempo me enseñó mi compañera y a la que adhiero: "estamos para aprender".

viernes, septiembre 23, 2016

Billonarios vs "tener un blog"

Ayer enganché por casualidad una nueva serie buenísima: Billons con Damian Lewis (Brody en Homeland), el grosso de Paul Giamatti , el custodio de Frank Underwood en House of Cards y Maggie Siff, la amante judía de Don Draper en Mad Men.
Al  margen del elenco, me llamó la atención el escaso rebote en los medios. Suele suceder con los productos de Showtime, siempre listos para provocar, hoy amplificados por Netflix.
En verdad se comprende cierto mutismo incluso en las críticas de espectáculos, Lewis interpreta a Bobby Axelrod, un multimillonario que, a priori remite a Mark Zuckerberg. Probablemente el pibe de facebook se haya encargado en amedrentar su repercusión y bajarle el interés global a la historia.
Además, el relato expone como pocas veces el entramado e inescrupuloso mundo de los CEOs financistas lavando dinero y mutando en sucesivos negocios, entre inversiones "solidarias" y fundaciones de beneficencia.
La historia simple indica que hay un fiscal  Chuck Rhoades (Giamatti) que intenta hacer un minucioso seguimiento de los movimientos de Bobby intentando atraparlo. Curiosamente en la compañía de éste, Axel Capital, trabaja la esposa del jurista Wendy (Maggie Siff), como psicóloga de la firma. 
Hay sexo poco convencional, espías cruzados (entre el gobierno y las empresas) y, por supuesto, un debate acerca de los alcances de la justicia y la doble moral, condimentos que vuelven a la propuesta fascinante.
No cuento más pero quiero detenerme en una escena, la analista debe bajarle las ansiedades a uno de los empleados despedidos, a fin de evitar que éste exponga los negocios de Axelrod. Con clase la mujer le recuerda un caso similar de quien tras alejarse intentó exponer a su ex jefe, conclusión, el hombre no pudo reinsertarse en el ámbito laboral. "¿Sabes que hace ahora, preguntó Wendy sin esperar respuesta, tiene un blog".

Admito que la estocada dolió. Certera me dolió. No sé por qué vino a mi mente un forzado o forzoso paralelismo, buscando una comparación tan contundente.
¿A qué puede ser equiparable el hecho de tener un blog?
¿Sabés qué hace ahora?, tiene un cuaderno, escribe un diario, sólo piensa en su equipo de fútbol, se retiró a cuarteles de invierno, conserva una huerta, viaja dos horas para hacer una tarea que no le gusta, vive el día a día. Abandonó la competencia en su profesión. Se consuela mirando series, películas o releyendo libros.
Justamente ayer, mi amigo Jorge Prinzo, me envió un fragmento de una entrevista que aprovecho para compartir. Antes debo decir que la vara de Billons para referirse al éxito, pasa por el sueldo anual de los beneficiados (tanto de los empleados, como de los empresarios top) Es ese el paradigma a considerar.
Incluso el sueldo de la psicóloga, está muy por encima del fiscal oficial, lo que ya denota un latente problema en la pareja. Sabemos cómo se pone la cuestión cuando el salario de ella supera al del "hombre de la casa".
Lo cierto es que la falsa dicotomía, por ahora suele enmudecernos.
Invito a los eventuales amigos que pispean este blog, a exponer alternativas que representen una ¿solución? (o mejor dicho síntesis, en el sentido dialéctico), más concerniente a lo posible.
Si se puede.
(que no es lo mismo que sí, se puede!!)

* (de mi amigo Jorge, extraído del blog Eterna Cadencia)

Marta Sanz, escritora española que vendrá en unos días para hablar en el FILBA, dice en una entrevista:
Respecto a las nuevas tecnologías, yo aspiro a no ser apocalíptica, pero a la vez me molesta esa posición claramente empresarial, con la que muchos usuarios se sienten identificados, de recibir todas las novedades tecnológicas como una especie de maná.
—¿Qué es lo que cuestionás?
—Me molesta que se tilde de reaccionario a cualquiera que no diga amén a todo y me inquieta la pérdida de libertad y la estricta vigilancia, en un momento en el que los usuarios, sin embargo, sienten que son más libres que nunca porque pueden dar su opinión sobre la política exterior rusa o el culo de Kim Kardashian. Me estremecen las películas de Jason Bourne y la sustitución de los vínculos fuertes por los débiles. Sobre todo, como te decía al principio, en la política y en el ámbito amoroso. Lo confieso. Además con las redes nos hemos convertido en opinadores profesionales, estilistas, politólogos, cocineros, pero sobre todo nos hemos convertido en publicistas de las propias redes. Les hacemos el trabajo gratis: a las redes, a Internet y a las empresas de moda que consiguen que la gente se haga fotos para mostrar al mundo lo bien que le sientan unos pantalones vaqueros de una determinada marca. Vivimos en el peligrosísimo filo de confundir la democracia con la demagogia, despeñarnos por el barranco de la oclocracia, el linchamiento y la orgullosa exhibición de la propia ignorancia. Vivimos en una sociedad donde estamos emparedados entre un concepto de libertad de expresión que se confunde con el insulto y una sangrante doble moral, pacata e intolerante, que se solapa no pocas veces con el eslogan de lo políticamente correcto. Todo cambia de un modo muy vertiginoso que nos envejece y nos hace preocupantemente nostálgicos. Como si viviésemos en una vertiginosa elegía.

Crítica de la serie para los que se interesen en ella (está en Netflix)
http://www.elantepenultimomohicano.com/2016/04/critica-en-serie-billions-temporada-1.html


jueves, septiembre 22, 2016

Rivera, ahora traslasierra

Ayer nomás, terminé "Hay que matar", viendo a su protagonista Byron Roberts, o Nadie, o el comisario de El Sur del Sur, montándose en lo que reconoció como su patria, rumbo a un ineludible final.

Hoy, en horas liquidé "Traslasierra", otra novela corta del 2007, confirmando que con su escritura austera, Andrés Rivera logra muirnos en conflictos trascendentes, capaces de reducir a lo efímero razones existenciales. ¿Será el germen marxista? Lo ignoro, pero el tipo desborda las ideologías, las razas, la psicología, con mano artesanal.
Por eso quiero compartir otro párrafo. El libro alude a los 70, a esta Córdoba maldita que banca en silencio las voluntades de Luciano Benjamín Menendez, pero fundamentalmente al recuerdo en voz alta de un nazi barilochense, sobre su pasado, su mujer abandonada y ultrajada en la Moscú roja y el de su hija Rebeca. Ella también exhuma interrogantes complejos.
Enjoy it

...Mi padre, que es uno de los jefes de la Colonia Dignidad, y uno de sus fundadores, allá, en el sur de Chile, me bautizó con el nombre de Rebeca. Rebeca Schrader.

Mi padre,

Gerhard Schrader, coronel de la Wehrmacht, fue uno de los miles y miles de oficiales del ejército alemán, de las SS y de la Gestapo que retrocedieron de Stalingrado a Berlín, diezmados, masacrados, mutilados miles de ellos, por un rabioso Ejército Rojo. No perdonaron a nadie, los bolcheviques, escuché decir a mi padre, en un largo crepúsculo chileno, y tan nerudiano como se le podía antojar a la adolescente que yo era.

Quemaron, con lanzallamas, aldeas enteras, molinos, galpones con mucho trigo y muchas vacas. Las quemaron hasta que las cenizas oscurecieron la luz y las reverberaciones de la primavera de abril. No perdonaban los mongoles.

Mataron a mujeres, abuelas, chicos, perros, gatos, con saña e insaciable alborozo, al grito de “Alemania debe desaparecer”, hasta que Stalin, desde el Kremlin, dijo: “La historia indica que los Hitlers vienen y van, pero el pueblo y el estado alemanes permanecen”. Astuto.Muy astuto. Stalin había leído, con provecho, al judío Marx, y transmitía esa lectura a sus malditos soldados, hijos de perra.

Y llegaron a Berlín, los soviéticos, dijo mi padre, Gerhard Schrader, en San Carlos de Bariloche, en una de las hermosas cabañas de las hermanas Irina y Ángela Mangerdhorfer, cuando aún parecía tan sano, vital y eterno como las montañas andinas que había cruzado desde Colonia Dignidad para visitarme.

Una recomendación de Schrader bastó para que las hermanas Mangerdhorfer me adoptaran, de hecho, como a una hija. Eran, desde 1939, dueñas de una vasta extensión de campo, casi a la altura de Puerto Montt, en Chile, pero del lado argentino.

Melancolía en los largos, crudos inviernos del Sur. Pero Irina y Ángela me protegían, y también Otto, el único hijo de Irina, un hombre de trato exquisito, pero que podía matarte de un solo golpe. Yo desayunaba, almorzaba y cenaba en la casa de Irina y Ángela y, en algunas noches de ese invierno, dormí con Otto. Heilige Nacht, llamaba Otto a esas noches. No, no eran noches de paz, pero él y yo las gozábamos como si ésas fueran las últimas noches de nuestras vidas.

Las hermanas Irina y Ángela agasajaron a Schrader con una cena alemana, de esas cenas que Schrader disfrutó en Salzburgo, su ciudad natal, cuando él era un joven oficial de los ejércitos del Führer, en 1940, y lucía un hermoso uniforme y botas de cuero, que su asistente, “un pasmado campesino bávaro”, lo llamó Gerhard, lustraba por horas y horas.

No faltaron, en la cena de las hermanas Irina y Ángela, salchichas gruesas como jóvenes ramas de árbol, y cerveza negra y schnaps.

Schrader prendió su pipa y nos dijo que las hordas de Stalin rodearon Berlín, y sus cañones y sus tanques, miles y miles de cañones y miles y miles de tanques, bombardearon la ciudad noche y día.

Schrader fue destinado a ser uno de los pocos oficiales fieles que debían cuidar el búnker donde se habían refugiado Hitler y Eva Braun.

Schrader guardó silencio un largo momento.

–Nosotros confiamos en la blitzkrieg.Y nos dio resultados espléndidos en El Alamein, en las Ardenas, en Europa. Ellos, los asiáticos, en el fuego del cañón. Aprendieron de Kutusov que, en 1812, enfrentó a Napoleón y lo venció con una desvencijada artillería.

Schrader sabía, en ese búnker, que generales de la Wehrmacht habían establecido contactos, en Suecia o en Suiza, con jefes militares y diplomáticos americanos e ingleses para lograr una paz por separado.Y dijo que, así, quizá, se evitaría la disgregación de Alemania.

–Buen tabaco, el americano –dijo Schrader, y largó una bocanada de humo–. Del sur de Norteamérica, ¿se entiende? –Y ése fue todo el comentario que le escuchamos acerca de las negociaciones con los representantes de Roosevelt, Churchill y Eisenhower.

Le pregunté a Schrader, esa noche, en la casa de Irina y Ángela, por qué yo llevaba un nombre judío.

–Por qué yo me llamo Rebeca –le pregunté.

Irina, Ángela y Otto me miraron en silencio, turbados, tal vez, por lo que, probablemente, consideraron una herejía.

Schrader sonrió. Eso creo. Que sonrió. Eso creyeron Irina, Ángela y Otto. Pero nunca hablamos de qué hubo en la cara de Schrader en esa cena de invierno u otoño, en San Carlos de Bariloche.

Schrader dijo que el ejército alemán ocupó Polonia. Y que él comandó uno de los regimientos que entraron a Varsovia con el consentimiento y la aprobación de los nobles y los aristócratas de ese país que aún recordaban a Trotsky y los patíbulos que levantó en su marcha de semita petulante hasta las murallas de la ciudad. Lo recordaban con sus anteojos de intelectual y su arrogancia. Recordaban su cargo de comisario de guerra de los soviets y sus gestos de un exegeta de Danton.

En el gueto de Varsovia, Schrader, sin custodia alguna, caminó por sus estrechas, malolientes calles. Olía a orines, a pescado podrido, a bar mitzva. A mierda, nos dijo el hombre que era mi padre.

Entonces, la vio. Rebeca era una muchacha de pelo rubio, de ojos azules o, quizá, grises: ¿qué importa qué color tenían sus ojos? Pero, eso sí: una cara perfecta y un cuerpo perfecto.Y su altura era la de una muchacha de las juventudes hitlerianas. De las más distinguidas entre las distinguidas de ellas. Botín de guerra.

Schrader le ordenó que juntase sus cosas, si es que poseía algo que apreciara. Rebeca no se inmutó: le respondió a Gerhard, en una mezcla de alemán tosco pero comprensible e idish, que con lo que llevaba puesto le alcanzaba.

Schrader la llevó a un hotel polaco 5 estrellas, fuera del gueto, qué duda cabe, y la anotó como Rebeca Schrader...

martes, septiembre 20, 2016

El imperio, la república, nosotros, ellos, matar

Mientras los colegas se acomodan en el amplio puff otorgado por este confortable gobierno de alternativas periodísticas que espanten cualquier posibilidad a la crítica o a la sospecha - léase resucitar a José López, invocar a la justicia para sumar otra estaca al pasado reciente o apelar al drama carniceril a fin de recuperar la moral por mano propia y...sin culpa- yo me cruzo con el maestro Rivera y su libro "Hay que matar"
Y mientras Mauri propone desdramatizar con el tema Malvinas y se jacta de la justicia global del nuevo imperio (feliz de pertenecer de nuevo), leo como el viejo escritor de se la vio venir.
No es una circunstancia circular, si no los males en El Sur del Sur, que nunca terminaron de irse....


Argentina, por los años en los que Byron Roberts fue comisario de policía en El Sur del Sur, vendía carne y lana al reino de Gran Bretaña.
Es decir: Argentina que le vendía carne y lana a Inglaterra, se las vendía al mundo civilizado, y no tanto, desde antes de que los ingleses escribieran, en libros de gastronomía, las primeras y austeras recetas que les dictaba su protestantismo.
Es decir: el reino de Gran Bretaña era el mundo civilizado, y no tanto.
Inglaterra era el ferrocarril.
Inglaterra era el telégrafo.
Inglaterra era el vapor.
Inglaterra era un reino democrático, sin apelaciones a la letra de una Constitución.
Es decir: las mentiras, en Gran Bretaña, no se escriben ni se juran.
Argentina es una república: eso se sabe.
En El Sur del Sur hubo un imperio. Y se conoció por los nombres de las cabezas de ese imperio. Cabezas no coronadas porque, se sabe, la Argentina es una república.
Las cabezas de ese imperio eran uno de los nombres de la riqueza.
Eran el nombre de El Sur del Sur.
En nombre de esos nombres, los jueces y los policías, los doctores y los maestros, ultrajaban, curaban, enseñaban.
Los pobladores de El Sur del Sur tenían escritos sus destinos en los libros de contabilidad del imperio.
Generales y almirantes, soldados y marinos, porteros, torturadores, giles, saludaban la bandera de la república en las fechas patrias. En El Sur del Sur - dicen las lenguas viperinas- en el día en que se conmemoraba el matrimonio de las cabezas del imperio.
El imperio no se disolvió: tiene otros nombres, más impersonales. Pero todavía dicta la ley. Todavía mata.

*Estracto de 'Hay que matar' (A. Rivera)

Y sumo un par de tuits compartidos, referidos a otros estractos del hombre en el mismo libro.
Saludos.
#andresrivera #hayquematar "Byron se dijo que tierra y animales y casa no le interesaban. Eran una trampa que no quería tenderse a si mismo.
#andresrivera y en particular su libro #hayquematar con vastas definiciones para el deleite: "Reconozco una patria: mi caballo"

El Carver piadoso que rescató Saccomanno

Valiosa nota del periodista y escritor en el último Radar del domingo...

RAYMOND CARVER
CARVER, EL NUEVO
A partir de los años ochenta, Raymond Carver fue leído esencialmente como un maestro del cuento breve norteamericano, representante, además, de un programa literario identificado con etiquetas como “minimalismo” o “realismo sucio”. En los últimos años, con la revelación de su obra poética y el acceso a las versiones más extensas de sus narraciones, que fueran atomizadas por el editor Gordon Lish, es posible superponer otro Carver al de la tradición de la short story. Un narrador y poeta que también incursionó en la misericordia tras el abandono del alcohol y la profundización en el ejercicio de la escritura.
  Por Guillermo Saccomanno
“Me desperté con una mancha de sangre reseca/pegoteada sobre uno de mis párpados. Un arañazo, /profundo, cruza transversalmente las arrugas de mi frente. /Sin embargo, últimamente, he estado durmiendo solo. /Y me pregunto por qué un hombre, incluso en un mal sueño/alzaría la propia mano para lastimarse la cara. /Esta mañana pretendo responder esta pregunta/ y otras similares, mientras observo en silencio/mi rostro se refleja en los cristales de la ventana”.
Este poema, “El rasguño”, es uno de los tantos desoladores que Raymond Carver escribe en tono autobiográfico. Un pico de dramatismo e impiedad mayor tiene uno que le dedica a su hija. Escribe: “Ya eres mayor, y encantadora. /Eres una borracha muy guapa, hija. /Pero eres una borracha. No puedo decir que me partas/el corazón. No tengo corazón cuando se trata/ de cosas del alcohol/¿No te servimos de suficiente ejemplo/tu madre y yo? Dos personas que se querían pegándose. /Golpeándose. Vaciando un vaso tras otro. /Maldiciones y golpes y traiciones./(…)/ Las últimas veces que te vi, lo habías dejado. / Un moretón en el cuello, o si no/ el dedo entablillado, gafas oscuras para esconder/tus hermosos ojos a la funerala. Un labio/ que un hombre besaría en vez de partirlo (…)/ Hija no puedes beber. /Te matará. /Como hizo con tu madre y conmigo”. En efecto, hay además de autobiografía, como en sus relatos, empleos mal pagos, errancia, desocupación, descenso y degradación en borracheras temibles. Desde las caídas sucesivas, Carver se levanta una y otra vez y hace su camino en la literatura y, mediante su paso por Alcohólicos Anónimos, se construye escritor.

El CRACK UP

Si bien se le ha adjudicado la maestría en el cuento breve, no es habitual que se le piense como un poeta y un escritor de relatos de más largo aliento, como lo fue John Cheever. Es leyenda: Cheever y Carver eran amigos, coincidieron en Iowa dictando talleres de literatura creativa y se la pasaron bebiendo. “Lo único que hacíamos era tomar”, dijo Carver aludiendo al semestre de otoño de 1973. “No creo que ninguno de los dos haya sacado nunca la funda de las cuatro máquinas de escribir que teníamos”. Como Cheever no tenía auto, Carver ponía el suyo para las escapadas alcohólicas. Les gustaba llegar al bar en el momento en que estaba abriendo. Cheever señaló en su diario que Carver era “un hombre muy bueno”. También era un tomador irresponsable que solía irse sin pagar de los restaurantes, por más que sabía que era la camarera la que tenía que pagar la cuenta de semejantes clientes. Debió acordarse de que su esposa a menudo trabajaba como camarera para mantenerlo. A la mañana temprano ya estaban, apenas abría, en la puerta de la licorería. Ninguno tocó la máquina de escribir en el cuarto.

No son contados los cuentos de Carver donde, luego del crack up, cerca del final, se produce en el personaje una toma de conciencia. Es decir, después del desastre inexorable sobreviene un rapto de lucidez, un insight. La temática del alcohol y su abandono no se agota siquiera en Si me necesitas, llámame, la selección de cuatro relatos inéditos publicados póstumos por su viuda Tess Gallagher, donde encontramos a un escritor que deja el alcohol y a su mujer, que alquila una pieza e intenta volver a escribir. Su ecuación personal es una constante: revelación, cura y el camino de la escritura.

Sus historias, por lo general, tienen como “héroes” a hombres y mujeres de clase baja, trabajadores mal pagos, desocupados, borrachos. No heroics, se tituló no casualmente una antología de su obra. Las mujeres suelen abandonar a sus hombres en medio o luego de combates donde la vajilla y las botellas vuelan en el espacio hogareño, que siempre acusa deterioro. Y los chicos, testigos impertérritos, observan las contiendas que desembocan en una separación. Ellas suelen irse con otro, que puede ser uno que ya pasó por AA. Ellos intentan recobrar lo perdido y cuando van a visitar a sus mujeres se encuentran con el reemplazante, y si intentan una reconciliación su porfía es torpe, desencajada, y no hace sino aumentar el deterioro. Humillados y ofendidos, pobres gentes, siendo este su material inspirador, resulta natural que Michael Cimino, director de tantos proyectos imposibles, le encargara –mientras escribía Catedral– el guión de otro de sus proyectos frustrados: Dostoievski. A grandes rasgos, este es el corazón de una literatura que, pasado su boom en la era Reagan, mantiene su vigencia.

Cabe apuntarlo: también en estos tiempos, los nuestros, aquí y ahora, en nuestro país devastado por el lumpen capitalismo económico, su vigencia abruma. En este sentido, el localismo de Carver, su “aldea” se vuelve extremadamente universal. El boom de Carver a fines de los 80 y comienzos de los 90 tiene una explicación: su literatura reflejaba un panorama de naufragio que, en nuestro país, cambiaría recién en la década siguiente. Pero hubo dos factores de confusión en su desembarco editorial por entonces en Argentina que no se pueden pasar por alto. Las cubiertas de Anagrama que presentaban a Carver tenían tapas glamorosas del hiperrealista Edward Hopper que no reflejaban con autenticidad lo que el mensaje de los libros traía a los lectores. Además, el Carver aquí leído en ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? había sido descuartizado por el editor Gordon Lish. Otro malentendido: la crítica le aplicó el mote de “minimalista” y “realista sucio”. Nada de eso. El estilo Carver tiene dos fuentes: por un lado, la tradición norteamericana de la short story, la vasta secuencia que va de Mark Twain a Hemingway pasando por Ring Lardner y Erskine Caldwell y recala, con una mirada personal, en Chéjov. Un eco pionero de esta clase de las revelaciones chejovianas se encuentra en el Hemingway de “Campamento indio”. Allí el jovencísimo Nick Adams acompaña a su padre y su tío en el cruce de un río para asistir el parto de una india. El indio, su compañero, no soporta el dolor y el sufrimiento del parto y se suicida. Poco después, cuando Nick está a bordo del bote que navega rumbo a casa tiene una convicción: “A esa hora temprana, en el lago, sentado en la popa del bote, mientras su padre remaba, Nick tuvo la completa seguridad de que nunca moriría”.

Los argumentos en favor de Carver nunca convencieron a Stephen King. Se despachó en el New York Times penetrando en lo doméstico a partir de una exhaustiva biografía del escritor de Carol Sklenicka (A writer’s life), aún inédita en español. “Si bien Carver era brillante y talentoso, también era el tipo de bebedor destructivo que toca fondo y luego sigue enterrándose”, señala, implacable, King. Y se pormenoriza: “Era Maryann Buró Carver la que ganaba el pan en aquellos años jóvenes y sin brújula mientras él tomaba, pescaba, estudiaba y empezaba a escribir sus relatos. El talento literario suele tener sus propias reglas, pero los escritores cuyo trabajo deslumbra por su profundidad y misterio a menudo son monstruos prosaicos en su casa. Maryann conoció al amor de su vida y su calvario. Carver parece haber sido ambas cosas. Cuando ella y Carver se casaron en 1957 le faltaban dos meses para cumplir 17 años y estaba embarazada. Antes de cumplir 18 descubrió que estaba embarazada otra vez. Durante los siguientes veinticinco años fue camarera en bares y restaurantes, vendedora de enciclopedias y maestra. Poco después de casarse pasó dos semanas envasando fruta para comprarle a Carver su primera máquina de escribir. Ella era hermosa; él era tosco, posesivo y, en ocasiones, violento. Carver consideraba que sus propias infidelidades no justificaban las de ella. Cuando Maryann incurrió en un “flirteo” luego de haber bebido un poco en una comida, en 1975 –época para la cual el alcoholismo de Carver se encontraba en su apogeo–, la golpeó en la cabeza con una botella de vino. Le cortó una arteria cerca del oído y casi la mata. Ray y Maryann estuvieron casados veinticinco años, y fue durante esos años que Carver escribió el grueso de su obra. El tiempo que pasó con la poeta Tess Gallagher, la única otra mujer importante de su vida, fue menos de la mitad. Sin embargo, fue Gallagher la que cosechó las virtudes de la sobriedad de Carver (dejó de tomar un año antes de que ambos se enamoraran), así como también los beneficios económicos”.

CUESTIÓN DE TAMAÑO

Tampoco es muy sabido que en 1972, cuando Carver conoce a Gordon Lish y acepta los tijeretazos de su editing. Maryann, todavía su primera mujer, lo llamó “puta” por venderse y aceptar los cortes. “Sklenicka reflexiona en su monumental biografía que no es improbable que Carver, como alcohólico, fuera proclive a agradar a los demás y, en consecuencia, asintió ante los cortes”, opina King. “Es probable que después de años de perdedor en editoriales chicas y publicar en revistas, admitiera astutamente los cortes de Gordon Lish con tal de verse publicado ahora con un status más prestigioso. Después de todo Lish estaba considerado editor de editores y había puesto en escena a varios escritores importantes”. De todos modos, si se comparan, como se ha dicho, los cuentos versionados por Lishen, ¿De qué hablamos…? con los relatos de Principiantes (Lish le había cambiado el título al relato) se puede apreciar el estropicio del editing. “Lish le quitó, nada menos, que humanidad” concede King. Carver dedicó ¿De qué hablamos…? a Gallagher en 1981 con la promesa de que algún día volvería a publicar estos relatos con su extensión original”, afirman los prologuistas de Principiantes William L. Stull y Maureen Carroll, de la Universidad de Stanford. Con su muerte prematura se vieron truncados todos sus intentos encaminados a cumplir la promesa.

El affaire Carver/Lish tuvo gran repercusión literaria. En 1999, atraído por el escándalo, el escritor italiano Alessandro Baricco viajó a Bloomington, Indiana, donde está la biblioteca a la que Lish había donado todos sus originales. En un polémico artículo en La Reppublica Baricco sostuvo: “Lo interesante es descubrir, bajo las correcciones, el mundo original de Carver. Lish debió intuir que la visión pura y simple de esos desiertos congelados era lo revolucionario que tenía aquel hombre en la cabeza. Y era lo que los lectores tenían ganas de que se les contara. Desde el punto de vista editorial, Lish tenía razón: construyó la fuerza de un verdadero y propio modelo inédito. Pero ¿es el punto de vista editorial el mejor? El punto que a mí me parece más interesante es otro. Es descubrir que uno de los máximos modelos de la cultura narrativa contemporánea, es un modelo artificial, nacido en un laboratorio. Y sobre todo: descubrir que Carver mismo no estaba capacitado para sostener esa mirada implacable sobre el mundo que sus cuentos ostentan. Más bien, en cierto modo él tenía el antídoto contra aquella mirada. La esbozaba, quizás hasta la haya inventado, pero después, entre líneas, y sobre todo en los finales, la refutaba, la apagaba. Como si tuviese miedo. Construía paisajes de hielo pero luego le venían los sentimientos, como si tuviese la necesidad de convencerse de que, a pesar de todo aquel hielo, eran habitables. Humanos. Finalmente la gente llora. O dice ‘Te amo’. Y la tragedia es explicable. Hay compasión por sus personajes y una comprensión de ellos, que consigue la insensata acrobacia de hacerte sentir de parte del malo. Yo conocía al Carver que sabía describir el mal como cáncer cristalizado sobre la superficie de la normalidad. Pero ahí era distinto. Ahí era un escritor que probaba desesperadamente encontrar un revés humano al mal, demostrar que si el mal es inevitable, dentro de eso hay un sufrimiento, un dolor, que son el refugio de lo humano –el rescate de lo humano– en el glacial paisaje de la vida.”

Desde que deja el alcohol, el Carver que aparece en sociedad, las contadas veces que aparece, es un grandote huidizo, algo encorvado, que mira como desde debajo de las cejas, midiendo o desconfiando. Habla en voz baja, casi en un susurro. Se diría que ese tono de voz es el de una oración. Y así puede vérselo en varios reportajes. Esta actitud de confesión creo que tiene que ver con la zona en que plantea una metafísica misericordiosa. Si se lo prefiere, se trata de epifanías, manifestaciones divinas de una situación o visiones milagrosas, un suceso en el que de pronto nada es igual y todo adquiere asimismo un sentido. En este aspecto - y a su escritura me remito-, puede hablarse de dos Carver: uno, el impasible procesado por Lish y otro, muy distinto, el que puede leerse completo y sin cortes, que se busca y busca un sentido espiritual de la existencia y lo persigue –y cree encontrar– en la humildad, la comprensión. Este Carver misericordioso puede desencantar a los lectores que lo han preferido hierático a la manera Lish, pero si se revisan sus relatos largos se apreciará que no es menos radical pero sí más totalizador en su percepción de la realidad, la dialéctica entre individuo y sociedad.

TRES VERSIONES PIADOSAS

Basta releer unos pocos cuentos en la versión Carver de Principiantes para verificar la existencia del Carver piadoso. Tomaré tres ejemplos. El primero es “Algo sencillo y bueno”. La trama es conocida: una madre joven encarga a un repostero la torta de cumpleaños de su hijo, que cumplirá siete. El auto atropella al hijo y no se detiene. La vida del hijo, hospitalizado, se extingue. Sus padres se sumen en la angustia. Y mientras tanto, el repostero los acosa con llamados reclamando el retiro y el pago de la torta. El hijo muere. Los padres van al negocio en plan de venganza. El pastelero, al enterarse de la muerte del hijo, pela una bondad hasta entonces escondida. Se transforma, su furia se disuelve, conversa con los padres, los convida con bollitos. “Aunque estaban cansados y angustiados, escucharon lo que el pastelero tenía que decirles. Asintieron cuando se puso a hablar de soledad y de la sensación de duda y de limitación que le había venido en la edad mediana (….) Escucharon al pastelero. Y comieron lo que pudieron. Engulleron el pan oscuro. Bajo las largas luces fluorescentes, era como estar a la luz del día. Charlaron hasta primera hora de la mañana, hasta que las altas ventana se llenaron de luz natural, y en ningún momento pensaron en marcharse”.

Otro buen ejemplo, “Si ello te place”. Un matrimonio mayor va a un bingo. Él es un ex alcohólico. Ella padece una enfermedad grave que aún no ha descargado su aviso fatal. En el salón contrastan con una pareja joven, un par de hippies. El hippie trampea. Ganan. Celebran. La esposa acusa entonces una pérdida de sangre. El matrimonio debe retirarse. El hombre no puede sacarse la bronca contra esa pareja de hippies que son la antítesis de ellos dos. En su bronca hay un resentimiento acumulado, el resentimiento de una existencia mezquina de clase media que ahora se aproxima a su fin. Cuando llegan a su casa, él la dejará reposar y dormirá en otro cuarto. En soledad, recuerda cómo dejó el alcohol, su paso por AA, y su relación con el rezo. El miedo a la enfermedad de su esposa, el miedo a la soledad, lo impulsan al rezo. Reza por ella, reza por sus hijos. “Estaba con los ojos abiertos y oía cómo el viento golpeaba la casa. Sintió que algo volvía a agitarse en su interior, pero esta vez no era la ira. Siguió un rato sin moverse, yaciendo como a la espera. Y entonces algo lo abandonó y algo reemplazó ese algo que lo había abandonado. Se dio cuenta de que tenía los ojos llenos de lágrimas. Volvió a empezar a rezar, y las palabras y los fragmentos del discurso s le acumulaban en la mente como un torrente impetuoso. Aminoró la marcha. Puso las palabras juntas, una tras otra, y rezó. Ahora fue capaz de incluir al hippy y la chica en sus oraciones. Que siguieran así, sí, que condujeran furgonetas y fueran arrogantes y rieran y llevaran anillos, e incluso hicieran trampas si les venía en gana. Entretanto, hacían falta oraciones. También ellos las necesitaban: incluso las de él, de hecho sobre todo las de él.”

El tercer ejemplo, “Tanta agua cerca de casa”. Cuatro amigos en excursión de pesca encuentran el cadáver de una muchacha enganchado en la orilla donde decidieron acampar. Indiferentes, el hallazgo no perturba su objetivo. Acampan. Y durante tres días beben y pescan. Recién de regreso avisan al sheriff. La mujer de uno de ellos, al enterarse, toma conciencia de la gravedad de esa indiferencia y no sólo: salta la crisis profunda que viene socavando la conyugalidad. Una noche reflexiona sobre el asunto: “Hemos tomado decisiones, nuestras vidas se han puesto en movimiento y seguirán hasta que cesen. Pero si eso es cierto, entonces, ¿qué? Es decir, qué ocurre si crees esto que estoy diciendo pero lo mantienes oculto hasta que un día sucede algo que debería cambiar algo, pero al cabo ves que nada va a cambiar después de todo. Entonces, ¿qué? Entretanto, la gente que te rodea sigue hablando y actuando como si fueras la misma persona de ayer o de anoche, o de hace cinco minutos, pero tú estás atravesando una crisis, y tu corazón se siente lesionado…”

Estamos entonces ante un Carver que se parece más al que se expresa en los pequeños ensayos de Vida de mi padre. El último, “Meditación sobre una frase de Santa Teresa” es quizá el que resume la voluntad de cura del escritor y su idea de un mundo mejor. “Las palabras llevan a las acciones. Preparan el alma, la alistan y la mueven a la ternura”, escribe Santa Teresa. Carver señala la claridad y la belleza de esta frase y subraya lo que puede sonar a obviedad: la relación entre lo que decimos y lo que hacemos. “La palabra alma”, subraya, “que no oímos mucho en estos días salvo quizá en la iglesia y quizás en la sección soul del negocio de discos”. Otra palabra sobre la que llama la atención; ternura. “Se ha vuelto tan escasa como la palabra alma”, dice. Y pasa a recordar “El pabellón Nro. 6” de Chéjov, su escritor emblemático. En este relato, ambientado en una sórdida sala psiquiátrica de campo, rescata a un personaje, Moisekia, “quien ha contraído el hábito de cierto tipo de ternura”. Moisekia da agua a sus compañeros, los arropa cuando duermen, alimenta con su cuchara a los que están paralizados. “De alguna manera”, escribe Carver, “la escena de un hombre aislado que efectúa acciones amables sin expectativa e incluso sin darse cuenta permanece frente a nosotros como una extraña belleza que nos ha correspondido presenciar. Incluso puede arrojar luces sobre nuestras vidas pasadas con una mirada interrogativa”. Carver concluye con una apelación: “Recuerden esta palabra poco usada: ternura. No les hará mal. Y esa otra palabra: alma, llámenla espíritu si quieren, si así es más fácil la reivindicación territorial. No la olviden tampoco. Préstenle atención al espíritu de sus palabras, de sus actos. Ésa es una preparación suficiente. Y no más palabras”.

Así se comprende también que los cuentos, en su versión íntegra, mantienen una cohesión honda con la intimidad de su poesía a menudo tan desesperanzadora como la existencia de los desocupados. Queda claro entonces que Carver está proponiendo una coherencia entre vida y escritura, que la segunda es inseparable en la comprensión de la primera y viceversa. Su amigo Cheever planteaba que no se pueden arreglar en la literatura cuestiones que no están resueltas en la vida. Y Carver estaba de acuerdo.

Como para completar su comprensión, el último poema de Carver se titula “Último fragmento” y puede leerse como auto-epitafio: “¿Y conseguiste lo que/ querías de esta vida?/ Lo conseguí./ ¿Y qué querías?/ Considerarme amado, sentirme/ amado en la tierra”.

jueves, septiembre 15, 2016

Caprichosa combinación












Jugo de tomate
Manal
La tierra que te da la vida,
da un tiempo para decidir;
eligiendo inteligentemente,
todo el mundo podrá ser feliz
Jugo de tomate frío,
jugo de tomate frío

en las venas,
en las venas deberás tener.
Si querés ser un terrible vago,
todo el día panza arriba y a dormir;
o elegiste ser un tipo capo,
siempre serio y que da temor.
Si querés triunfar con las mujeres,
tener muchas que lloren por vos,
tendrás que ser muy poco inteligente,
tener dinero y buena voz.
Si querés ser un hombre importante,
que se hable todo el día de vos,
o querés inmortalizarte como héroe,
asesino o semidios.
Deberás tener: jugo de tomate frío,
jugo de tomate frío
en las venas,
en las venas deberás tener.


God Only Knows
The Beach Boys

I may not always love you
But long as there are stars above you
You never need to doubt it
I'll make you so sure about it
God only knows what I'd be without you
If you should ever leave me
Though life would still go on believe me
The world could show nothing to me
So what good would living do me
God only knows what I'd be without you
God only knows what I'd be without you
If you should ever leave me
Well life would still go on believe me
The world could show nothing to me
So what good would living do me
God only knows what I'd be without you
God only knows what I'd be without you
God only knows

domingo, septiembre 04, 2016

bolishopin

Desde hace dos o tres semanas, adopté una rutina medio bobona, sólo aplicable los domingos.
Me tomo una pausa en el laburo y camino dos cuadras para recorrer el bolishopin.
No, nada que ver con Bollywood, así rebautizaron por estos lares a la feria internada de la zona, donde las pelis, casacas de fútbol y chucherías varias ofician de espejismo capitalista para los que menos tienen.
Así, mientras cae la tarde, los trapitos que ofician de lavacoches con la última luz del día, comienzan a acomodar sus tachos, envainan sus secadores y revisa las monedas de la jornada.
Hay pibes gorritas en la entrada, cuyo vozarrón deviene en susurro, tal vez suponiendo que los ¿suculentos? manjares de picadas a la vista en el amplio canasto, lograrán por si mismos, capturar la atención de algún desmemoriado padre, urgido con la cena del domingo.
Sorprendemente, hoy encuentro más gente que otras veces. Bah, si al cuarto día de cobrar un mango la gente no accede a este paseo, ¿cuando entonces?
El pasillo bendecido por un plasma alto, elige a Maradona Junior y los debates del corazón, de advenedizas analistas.
El fútbol, se sabe, se resiste al imprescindible retorno. A veces los transeúntes se paran en la entrada para embeberse de un exagerado relato, ratificándoles la condición de hincha.
"Hasta el próximo viernes, si dios quiere", suplica la mujer a una colega que apila jeans y buzos estampados. Veo menos pibes que antes, supongo que la proveduría emergente ya no tienta a los conejillos de india de las tecnologías. Si no es una campera o zapatillas ¿habrá algún adolescente que quiera pasearse en el austero espacio trucho, a fin de conseguir dos calzones de oferta, un protector de celular o la última temporada trucha de cualquier serie?
Cruzo unas palabra pensando en mi botín de Jarmusch, será el próximo fin de semana. Me recuerdan que mi lugar de laburo es importante. No dicen que vende bien, porque esa es una preocupación interna. Más bien, que se ve bastante en todos lados. Me alegro, quizás por falsa pertenencia.
Salgo porque precisamente la obligación del segundo semestre me lo exige. La noche y el viento sarandinense son una invitación a caminar todo Mitre. Patearía 30 cuadras si pudiera.
Hay un vacío que se instala, sin asfixiar. No es un domingo suicida. Es un vacío conocido, personal que gozo tanto como la humedad bonaerense,  de esas bien nuestras.
Ya no hay trapitos, una familia juega con la falta de sincronización de sus pasos.
Y se ríe. La jornada, fue, pero a ellos nada los apura.
La tele de la noche, nos es ajena.

miércoles, agosto 31, 2016

Una revista más, una redacción menos

Treinta y siete años, días más, días menos separan aquella tapa con Pinky del primer número, fijada en un panel de corcho de una oficina caótica, todavía en mi recuerdo.
Una receta "médica", cuasi milagrosa como segundo título de importancia, farándula y, de ser posible, el concepto de cien notas por número, concibieron a Semanario, copiando vaya a saber qué formato yanki, promovido por el clan Fontevecchia.
No tan chico y con el profundo deseo de abandonar la fábrica de Molinos SA y un puesto de administrativo para sumarme a las huestes de este enjambre de delirantes y desclazados periodistas, me colé a la aventura de colaborar, pagando tooodos los derechos de piso habidos y por haber.
Minga de 29 días y efectivización automática. De hecho, todavía guardo una fotocopia ampliada donde figura mi nombre en el staff, regalada por el plantel después de un largo año de ser ¿evaluado?
De Semanario aprendí que los desafíos de la profesión son equidistantes a los logros, si la publicación queda obligadamente emparentada con Costa Pobre. Un karma que siguió con ella desde que se gestó hasta su reciente defunción.
Desafío a cualquier protagonista de su existencia a que me demuestre lo contrario.
Suculentos ingresos por su rápida masividad, aunque despreciada por el niño Fonte, presuroso por ser considerado el Dustin Hoffman del periodismo nacional (aquel Carl Bernstein de Todos los hombres del presidente), aún bastardeada internamente, Semanario llegó para quedarse.
Dirigida a fines de los ochenta, por un hombre austero pero apasionado como Andrés Soto, la revista, como buena redacción abusaba de delirantes y malbichos y se sostenía por el apetito, siempre saludable de los que entendían que la vocación y el oficio estaba por encima de las ventas o los planes operativos.
En mi caso, recuerdo sujetos despreciables pero indispensables para tamaña tarea.
El Cuis Novoa, visionario a su tiempo, fue capaz de ganarse el odio y la sonrisa de sus colegas, en cuestión de segundos. Su humor e inteligencia sobrellevaba las dificultades físicas que atravesaban su humanidad pero acrecentaban su talento.
Lauchesco, de ahí su apodo, guardaba sin sonrojarse los restos de pollo en su ambo, de secundario, durante los eventos. Robaba como nadie una carcajada de las cronistas de Play Boy, con metáforas "chanchamente adorables", - ¿Te acordás Pedrayes?-para las chicas (incluso reclamándoles a gritos alguna prenda interior) y se troncaba con sus pares a la hora de dar instrucciones. En ese baile, Norma V oficiaba de archienemiga.
Curiosa la vida de esta mujer cuyo parecido físico remite a otra editora de Perfil. Iguales de truchas, iguales de chotas.
El hoy referente de Caras Brasil, entonces supo ser cronista estrella. Claudio supo cargar con sacrificio, la más importante temporada veraniega en la historia de las publicaciones del corazón. Aquella que derivó en una doble e inolvidable tragedia, la muerte del Negro Olmedo y el crimen de Carlos Monzón.
Los dos hechos conmocionaron a la opinión pública y multiplicaron las ventas de las revistas baratas.
Semanario, claro está, era una de ellas.
Aclaro, sin embargo, que llegué un par de años después de esa etapa.
Los nombres de Semanario a cualquier lector de este blog, le sonaría como la lectura de un boletín escolar borroneado. Todos, sin embargo, como en cualquier laburo, pusieron su impronta.
De Simone, por ejemplo, además de una envidiable memoria nos corría con una frase densa, pero no por esto sincera: "me preocupa la tapa". Jefe de redacción, era consciente que un paso en falso, significaban miles de ejemplares menos.
Dos maestros del periodismo, entre el tránsito más complejo que da la vida, sí la vejez, tuvieron su lugar como para hacer de su experiencia, casi una estudiantina. Ahí estaba Michi Ruiz, esa especie de Chandler gallego, puteando en voz baja y cerrando páginas en minutos milagrosos. Titulero de diarios como pocos ("Hoy hay box", era su caballito de batalla cuando una vez lo apuraron con un título de 3 de 3), me resumió la que para él fue una fallida película negra de los Cohen. Sin escrúpulos sentenció "Barton Fink es una mierda".
Pepe de Thomas, era el otro. Más vago y lejos del vértigo del cierre, el viejo era inclemente al momento de las calificaciones. Las mujeres, entonces sin #niunamenos, inspiraban a quien lucía como un falso galante.
"Esos porrones mamarios" y "hacé así -torciendo su índice para abajo, cual gancho-y por ahí se viene la cotorra", en relación a las feas, obligaba a disimular nuestras carcajadas, ante su zarpado y desfachatado vozarrón.
En lo personal, Semanario me dio tantas alegrías como desencantos.
Hubo derecho de piso, pero también algunas tapas, la boda de Diego (que me permitió conocer en el fango al gran Ezequiel Fernández Moore, compartiendo la misma tarea), la muerte de Monzón (corriendo como nunca para que los rollos de fotos, lleguen a Buenos Aires antes que nadie) que derivó en el número más vendido en toda la historia de la publicación superando los 300 mil ejemplares, la boda de Tinelli con Paula en Baradero, la primera escena amorosa del Chueco con Araceli en la banda del Golden Rocket, la muerte de Carlos Junior, cuya larga cobertura derivó en la confianza de Zulema "Cómo andás mamita, solía preguntar en San Nicolás, la ex del Carlos) Y otros temas más densos.
El levantamiento carapintada, que me colocó como testigo directo de los balazos a Fernando Carnota y Jorge Greco "¿Ves, si a vos te hubiesen disparado, hoy tenías cuatro páginas?", me provocaron los de archivo, con la ironía bien negra de nuestra labor.
Vi a Maugeri dándole mil formas a los deseos de Susana, primero desde Semanario y luego en Caras.
Me codée como pude con mi amiga del alma Gabi Balzaretti, desafiando los logros externos y sobreponiéndonos a los caprichos internos. Tiré paredes con Pablo de la Fuente, Norberto Chab y Carlos Piro (bueno, este no la devolvía tan redonda) en un torneo interno que ganamos y en las coberturas más jugadas. Me reí del ruso Chab, jactándose de su tijera cortapirulos y levantando notas ("siempre realzando los descubrimientos y avances de científicos israelíes para colarlos en espacios libres"), celebré los logros de Pablo Gorlero, como colaborador y en sus luchas personales más duras.
De hecho, ya como prosecretario aprendí y mucho de los que intentaron ganarse un lugar adentro de este barco sin rumbo fijo y gasolina a cuentagotas. "Gentileza Silvia Montanari", fue la máxima aprendida al momento de pasar viáticos y todos la adoptamos para protegernos de los tacaños tesoreros.
Aprendimos del Gordo Paladino, que siempre hay alguien que se embarra por demás y por la empresa.
Celebré que se sume al staff, el tipo que supo sacarle en Caras el flequillo a Balá y compartí la frescura de ese hincha de Chacarita, entonces más proclive a las preguntas que a las almidonadas certezas. En tanto, Gabi Bruzos le bajaba los humitos, a puro humo.
Bancamos a Sandra López con sus delirios, pero más tras sufrir el acoso del progre Romano (Gerardo)
"Voy para allá", será la tristemente célebre del editor guapo de palabra, que nunca llegó a defenderla en aquella fallida nota. Su sola mención alcanza para robarnos a todos una sonrisa, sin necesidad de escracharlo.
Conocí a Marcela Korsenievsky y su sesudo interés por nuestras celebridades, además de su inteligencia inconsciente, depurada con esa suerte de mujer salida de algún conflicto woodyallnenesco.
Estrené zapatos para entrevistar a Asumpta Serna, me colé en el Borda para ratificar las paupérrimas condiciones del hermano de Susana. Y de paso, Marcelo Escayola me adoctrinó en esto de preservar el material fotográfico de guardias y custodios. Me peleé con Darín por su auto importado y Passarella reveló su dolor por la pérdida de su hijo, ante la absorta mirada de los sumisos colegas deportivos.


Norma Vega y De Simone hicieron una colecta para mi boda, lo que me permitió sumar MDQ a la luna de miel y varos choris para la fiesta en un club de barrio. Casi todo el plantel de Semanario estuvo en el festejo.
Así como la escuela, es verdad que el laburo en determinado momento de la vida se vuelve tu segunda familia.
Descubrimos a la mujer de Sandro, revisé las crónicas de Marcelo Polino, me enojé con los impensados ascensos de advenedizos (sí, ya sé, puede pasar) Me clavé en centenares de cierres. La mitad, por que sí.
Recibí la carta que anunció la muerte de mi padre en uno de ellos. Y el permiso a retirarme antes. luego de que mi mujer se acercara a la redacción para contármelo.
Nos fuimos.
Aunque él ya estaba en otro estadío, a miles de kilómetros de distancia de mi hogar y a añares de haberlo visto. No estuvo tan mal, esa noche de viernes, Ricardo Bartis presentaba El Corte. Decime si no había obra más oportuna que esa.  
Conoci APTRA y formé parte de ella. Me peleé con su arbitrariedad por años, pero ese es otro tema. De hecho sigo. Aún.
Entretanto, Piro y Martita, la diagramadora se casaron. También Gabi (María Laura) Palumbo y Juan, Andrea, la chica Mía y Escayola. La choriceada dio sus frutos.
La salida de Pronto había generado mucho antes una sangría que por supuesto JF curó aplicando cirugía sin anestesia, a su producto marrano. Achicarse para crecer, fue la frase que apañaban los fallidos pasos de los 90. Caras, Noticias y luego Fortuna, Perfil Diario, ahí estaba la clase media, ahí la plata.
No obstante, por años sostuvo otra prima segunda de Semanario, Tal Cual, aquella que le abultó el bolsillo en tiempos de Malvinas y que Norma Vega y otros colaboradores, Omar Mendez, Adrián Soria y un sumiso y calentón Javier Manes, sostenían, junto con Alegría, la revista de La Bailanta.

Contemplar a la competencia rica (Gente, Caras y Pronto) se volvió obsesión, tanto como la idea de que Semanario tenía los días contados. Abandonarnos a nuestra suerte y mirar cómo la cosecha de las revistas berretas (así nos llamaban) era transferida al potencial Periodismo Puro, sin el espíritu aventurero ni el apetito compartido me llevó a animarme al salto al vacío y dejar Perfil antes del !º de mayo del 98.
La buena relación con Willy, uno de sus últimos editores y las ganas de retornar a las revistas, después de pasar por La Nación, hacer radio, iniciarme en los portales digitales y acrecentar mi trabajo como docente, me devolvió no a la calle Sarmiento y su encanto (Corrientes, las librerías, el Lugones, la Giralda), si no a Chacabuco. Los ojos de José Luis en la entrada (quien hizo sus primeras armas y varias temporadas veraniegas para Semanario) y el Muro de Berlín, distaban de ser el mejor ingreso a u lugar acogedor.
Ciertamente la diagramadora, devenida en jefa de arte, me lo hizo saber más de una vez. Igual, el fin de Semanario se dio en Barracas, no en el microcentro.
Volví, decía, pero como...competidor de Semanario, para la revista Semana. En otro experimento del émulo destructor de Operación Valkiria, la idea era contar con dos revistas "baratas" que pelearan entre sí para desgastar a las otras del mercado.
El chino no resistió. Pero fui aprendiendo, a hacer cuentas, a entender la relación costos y colaboradores, a prestar atención en la distribución, a que se hiciese carne aquello de "me preocupa la tapa", para reconvertirlo en "me preocupan las ventas, me preocupa la revista, me parece que cierra".
Espectáculos de Diario Perfil, fue un camino diferente, pero el destino me devolvió en Semanario.
En el medio supe que Willy había sorteado antes de Semana, otra batalla económica, Piro y Tarrio se hicieron cargo de apichonarse hasta que aclare y que otro sueño de laboratorio: Libre, me daba la chance a mi de volver a casa, para hacer lo que fuese necesario y mejore las ventas.
Me reencontré con Diego, más maduro después de Semana, él como subeditor y yo a cargo. La última etapa en la era digital, tuvo más pruebas de ensayos que razones. La ex de Rial despechada, dio alguna chance al que fuera ícono revisteril de la farándula, sumamos columnistas que atendieran más el apetito en estilo cholulo (esotérico, consultorio sexual, etc) pero también nos animamos a otras voces y otros talentos suficientes como para demostar que por barato, no necesariamente, significase burdo.
Tuvo un costo. Que yo resumo en el número homenaje dedicado a Spinetta.
Alejado de Perfil, supe que quien quiso abaratar en precio la revista hasta donde pudo, a riesgo de perder lectores, perder redactores y calidad, se fastidió con esa tapa, aún cuando la prueba no resultase un rotundo fracaso. "Estaban haciendo Artaud en Semanario y lo disfrutaban", había sido la crítica del tal González.
Tamaño elogio para guardarse en la mochila del oficio.
Increíble es la cantidad de personajes que atravesaron este medio. Algunos lo asumen con nostalgia y alegría, otros lo degluten obligados, cual carozo. Los entiendo.
Ahí están, la turca Molero y sus excéntricas entradas, más acá la Bullorini incorporándose pero esquivando las grasadas. Allá lejos el loco Mónaco y Pablito Vazquez tiroteando con sumarios varios y el corresponsal cordobés prometiendo vaya a saber uno qué buzón para ganarse un billete durante la temporada. O Dieguito, el colaborador racinguista, tan necesario para las guardias como para los partidos entre editoriales.
Comprender la necesidad de trabajar en tandem con los fotógrafos para lograr la mejor nota, eludir la cola de los medios privilegiados para sortear los obstáculos impuestos por prenseros y sus celebridades y atender las sugerencias de la gente de arte, me ayudaron a internalizar que ningún proyecto periodístico sale adelante sin espíritu de equipo, sin un sueño colectivo.
Así, antes de alejarme descubrí que no hay medio que salga adelante sin lectores (Semanario sostuvo un correo extenso, tan delirante como su estilo, como necesario para aquellos que buscan compañía, que siguen presos, que se enamoran), sin publicidad, lo sabe la grossa de Gabi Bruno (pongámosle el término microemprendedores pensando en esos avisadores identificados con el formato), sin canillitas que se encariñen con el producto, sin personajes de manual para las notas("extraordinarios en situaciones ordinarias y viceversa")
Y sin vocación.
Ese plus que aún luego de 37 años, no comprenden ni contadores, ni imprenteros.
A quienes les tocó cerrar el cajón, les queda la convicción de haber hecho lo imposible por extender al máximo el respirador de un producto más cercano, paradójicamente a las hemerotecas que a la chance de una fozada app.
En definitiva, como en los proyectos, como la amistad y por qué no el amor, para sostener lo que se quiere, simplemente hay que hacerlo. Alguna vez lo leí.



Este y cien temas más, los tenías en Revista Semanario.