martes, diciembre 11, 2018

No tengo tatuajes

No hay marcas seleccionadas con esmero que reflejen y a la vez oculten aspectos excéntricos o exquisitos de lo transcurrido o de mi personalidad.

Tengo sí, cicatrices, esas huellas involuntarias, incluso a la experiencia que se imponen a la estructura física contra lo que uno desea.

Digo esto, que pensé ayer, hasta que me crucé con una mujer con un muñón. Ahí es cuando lo de uno resulta efímero y mirar duele. Hay que llevar semejante indicio del dolor imborrable, ¿no?

Volviendo a lo más banal y simple, los puntos cocidos que se anticiparon a las arañas, nombres de familiares, flores o corazones sangrientos (por qué no dragones), recuerdan situaciones mundanas, concretas, inolvidables.

Hay tres cerca de una ceja cuya leyenda viaja al jardín de infantes y a un escalón en punta. Debo haber llorado un montón, dicen que la cara y las manos sangran mucho. De aquella derramada entonces en ¿1969?, ni memoria. Lo mismo que el tercer ojo, casi perfecto en la frente, después de recibir a los 10 en un recreo un certero piedrazo, consecuencia del lanzamiento criminal de Hernán Cruz. Amigo en ese momento no tuvo sin embargo clemencia, con la impunidad que nos da la infancia.
"Guacho" fue una de las palabras que me enseñó éste "Eso no tenés que decir", ordenó la voz materna. "Significa que no tenés padre". A veces la verdad irrumpe o llega, aunque no se la busque.
en aquel momento.

A los 13, después del avatar que significó entrar en la adolescencia y el desamparo de empezar de nuevo en un colegio lejano, resurgió el tercer tatuaje no deseado, precisamente con trece puntos. Una salida escolar también, a empujones, me arrojó a la trompa de un auto de la calle Belgrano en Avellaneda, que (para darle un carácter bien dramático) nunca se detuvo.
Ahí estaba yo, confirmando la hipótesis de la sangre, con un tajo similar a Mate Cocido, esforzándome para no manchar el uniforme, con la que sería mi flamante cicatriz. La visita posterior de mis compañeros de ese momento a casa, con el chorizo blanco de algodón en el bocho, sería el mejor e inolvidable consuelo.

Ah, me olvidé de los once (9+2 internos) en mi brazo izquierdo. El anecdotario describe el corte con un vidrio del portón de mi vecino después de resbalarme e intentar sin suerte, apoyar mi mano en el marco de la muerta. La inercia dibujó otro lindo tajo al que intenté apaciguar al grito de "una curita".

Una toalla más grande sirvió para llegar a la salita de los bomberos de Sarandí en mejores condiciones. Tenía once.

Las marcas formales recuerdan el último corte a los veintipico durante un partido de fútbol, en la pera, diríamos sin demasiados eufemismos. "Le rompí la cabeza al arquero", pensé en ese instante, alardeando mi potencia de la esporádica condición de goleador de ese momento. Error: el lesionado fui yo.

En este desarrollo, recordé otras lesiones no tan corpóreas, pero no por esto menos imborrables. Fue también el fútbol, por ejemplo, o mejor dicho una desgracia de cancha de papi, la que obligó a demorar o postergar mi casamiento. Fractura de mi brazo derecho tras una caída, yeso por 40 días, cambio de fecha en el registro civil.

¿Se puede incluir como propio dolores ajenos? Por qué no. La operación de Gabriela, por ejemplo (la primera) nos remitirá por siempre al recuerdo, gracias al palo que se pegó Rodrigo la misma noche de su internación. El fuego que invadió su cuerpo en la sala del hospital después de la anestesia y mi impotencia al respecto fue suficiente como para comprender por qué ellas siempre son más fuertes que nosotros.

Su segunda intervención (después de dos partos por cesárea) lastimó mucho más, no me dejó droggy, pero sí en latente estado de alerta. ¿A ella? Difícil hablar del asunto.

Podría incorporar a esta lista de rústicas heridas o lastimaduras en modo cincel, otros desencantos amorosos, los fracasos o, mejor dicho, los sueños incumplidos, las muertes de nuestros imprescindibles. Y por qué no sumar, las palabras no dichas o mal dichas en su momento, los actos de cobardía que moldearon esta cicatriz integral que es uno.

Acaso por esto, vuelvo a decir que no tengo tatuajes. Sé que duele hacérselos, pero son divertidos, exóticos, seductores o ridículos. No me pertenecen. A veces respeto aquellos tumberos (Mi abuelo Jesús tenía uno, creo que lo conté bien enigmático: Una monja cuya imagen era cruzada con la palabra "amor"); otras, admiro los perfectos que me recuerdan a Escrito en el Cuerpo de Greenaway. Los tatuajes de hoy, en su myoría me fastidian. Por moda, por obvios.
Pero bueno, ¿no son obvios también las cicatrices tontas de un sujeto licenciado en torpeza infantil?


jueves, diciembre 06, 2018

Instant of the hour after

That's enough
Out of you
Tonight
My darling
This show is over for now
The monkey is dead
I detest all this drunken brawling
Now let's see if you can make
It into this bed

How I love you
How I loathe you

It's a sharp, quick love
I feel
My darling
You're not as drunk as you seem
So why pretend
On your cheek, that sweet
Shadow falling
The pulse in your neck, how I'll
Know it, right to the end

How I love you
How I loathe you

All you can say is:
"Reverberating acuity."
"Lousy simile."
"Vacant majesty."

In the instant of the hour after

Well right now
It's you and me. My darling
Trapped here inside of this bottle
Drowning like flies
When the frenzy's over
We're crawling
Specimens
Spent and exhausted
We press to the sides

How I love you
How I loathe you

https://www.youtube.com/watch?v=xnHr-bKbsjM

sábado, noviembre 17, 2018

Pascual 100, 44 y 17

Es el día de la militancia, dicen efemérides y amigos.
Pero la noticia, en verdad, pasa por el Ara San Juan, el submarino hundido hace un año y un par de días atrás que se llevó 44 vidas, más especulaciones e interrogantes y que fue descubierto casi 30 horas después que the cat prometiese encontrarlo y homenajear a sus héroes como corresponde.

Pero para mí hoy es 17 de noviembre y mi héroe de cenizas se llama Pascual.


Mi abuelo hubiese cumplido cien años, si no fuera por una puta operación de rodilla que le distrajo el bocho casi tres décadas antes de este honroso aniversario y que le borró el aura.
¿Por qué no imaginar que ciertos desvaríos, acveses o como se llamen no son más que embrujos del destino que arrojan a las mentes y las almas a un laberinto infinito?

Pero volvamos, no voy a hablar del héroe que se perdió (y se hundió, si se quiere utilizar una metáfora simétrica con la jornada), si no del que militó la generosidad, al margen de su condición política.
Joden las fotos que encuadran a Rucci y su paragüitas como ícono de la militancia. En cambio, yo me quedo con la memoria del viejo, recreando en un relato su regreso de Ezeiza después de que los fachos del peronismo lo cagaran a tiros, junto a sus jóvenes compañeros.

A propósito de esto, hace poco un pariente me habló de la ingenuidad de Pascual en la planta de Rigolleau. El hombre, sabio dirigente gremial pero ubicado en el ala "lógica" de los compañeros duros, lo había escuchado con sabiduría cuando él ya maduro laburante de moldería, hablaba de la frescura de los imberbes.

-"Son buenos muchachos y tienen mucha energía", habría dicho el héroe de este post a su sobrino gremialista.
- Dejate de joder, Pascual, son zurdos, ¿no te diste cuenta?
A mi poco me importa si se avivó o no.
Los diarios de la asunción de Cámpora que  escondió y que se duermen desgajándose en su galpón hasta hoy, demuestran que tampoco a él le importó demasiado.



Todavía no entiendo cómo hacía para laburar en horarios rotativos (de 6 a 14 una semana, de 14 a 22, otra y la tercera de 22 a 6) y a la vez, sostener su afición por la huerta.

Y sí, cosas de hijo verdulero. O de verdulero a secas.
Hace poco, leí un artículo de Verbitsky donde confiaba que alguien cercano del entorno de Mauricio sostenía que cuando se vengaba era lo más parecido a un verdulero calabrés. Me jode tal comparación. 
No lo vi vengarse al abuelo, aunque le sobraron razones.
Sí lo escuche decir una, dos o varias veces que "Evita tenía más huevos que Perón".
También lo vi jactarse de su pepino, en guarra e infantil metáfora a su cultivo y obvia alusión al órgano sexual. La ocurrencia era celebrada sin distinción de género ni auditorio.
Supo bancarse a mi padrastro y a mi vieja, quien lo consideró como su segundo padre (escorpianos los dos), con respeto y hasta sostuvo el doloroso silencio que generó la evidente pero insostenible distancia con su hijo, viviendo en el exterior y que seguiría hasta el fin de sus días.
Mi padre se murió meses más tarde, con lo que especulo que la angustia fue recíproca.

En esto de buscar un buen lugar para los héroes, llevamos con mi abuela sus cenizas a Quilmes y entre el río y la cercanía de una tubería semejante a una desembocadura cloacal, allá fueron volando Piel, hueso y madera devenida en polvo, quedaron cortejados con rosas lindantes.
Allá volaron sorteando los sábalos muertos de una rivera ajena.
Negras, rosadas y blancas, vecinas a la quinta del viejo y alimentadas por la sabia dedicación de Dora, la otra heroína silenciosa.

Tengo varias fotos del viejo: en la fábrica, en el fondo (su fondo, su quinta, nuestra ahora), riéndose, contento con esa alegría abierta que obliga al contagio del humor.

Alegrías que destruyen o desgastan la pena. 
A aquella sonrisa, no había con qué darle.




Gran Via, 94

Llueve en la Gran Vía. Nos tenemos y esto nos pesa.
Llegamos, saltamos el charco acá tan lejos de lo impensado pero igual nos enojamos.
Faltan días para mi cumpleaños.
¿Peleamos por encontrarnos solos o por la distancia de lo que dejamos atrás? ¿Será como una suerte de pánico por llegar a lo soñado?
Salimos del hotel que se asemeja más a un departamento familiar que al formal hospedaje.

Hay un sujeto decorando las paredes callejeras, cuyos ojos enormes nos invoca.
Está difícil descifrarlo.
Ni idea de dónde proviene, si es oriental, si lidera una banda piel roja, del tipo tomahawk.
Después nos enteramos que se trata de Björk.
Nada tiene que ver con la chica-duende islandesa, más bien se enlaza una especulación metalera. Eso es lo que se representa en el imaginario prejuicioso que uno trae desde los noventa sudacas.

Los madrileños trajeados van al cine y la segunda mujer convertida en afiche, Juliette Binoche, se adueña de la cartelera de este martes a la noche.
Su azul de fondo a futuro resultará memorable a la hora de enunciarla a ella, la actriz y al entrañable, desaparecido pero no por esto menos necesario Kieslowski.
Dicen entonces que por una ley nacional todo film extranjero deberá sí o sí ser doblado al castellano. Feo suponer el "oye tío", en boca de la francesa.
Pasamos, mejor verla al volver a casa.

Caminamos con la tentación a cuestas de las benditas tapas, pero hay que hacer cuentas y recién llegamos, ni empezamos a recorrer esta travesía.
Refugiados en las ofertas de Mac Donald, sorprende, mejor dicho perturba, el skinhead que resuelto lidia con su Big Mac, solitario en mesa para cuatro.

Salimos, nos perdemos por la confiada, invernal y "hospitalaria" capital de la hispanidad universal. Todavía no sabemos qué día volaremos a Tánger, pero francamente la preferimos, quizás porque es más próxima al mundo propio y que nos cobija llamado tercermundo.
Nosotros le decimos conurbano a secas. De hecho, en noviembre 2018 parece cuestionable el término que entonó Fito y sin embargo, el sinónimo que describe a la patria bonaerense, rota y distintiva sigue más fresco y vigente que nunca.

Igual la cosa es en la Gran Vía de ayer que se hace ahora en el teclado.
Almodóvar ya es establishment y el Corte Inglés, el mejor reflejo de nuestra difunta Gath & Chaves
Mengua la bronca incomprensible compartida. Acaso haya sido el hambre. Como ahora.
Tengo la certeza de que todos los enojos vinculares de hoy se generan por la guita.
Ya sé, dije una obviedad (Te creíste que podías tener un presente digno, parafraseando a los yellowss)

Aquella lluvia aún se huele más que ésta.
En  cambio los enojos se asemejan.
Igual como dije, los de entonces duraron un rato.
Nada que ver con el dolor de la Binoche, tras aquel accidente fatal
Ni que hablar de la ceguera de la otra chica afichera, en manos del macabro Von Trier, haciéndola bailar en la oscuridad.
Tábamos lejos, decía, allá en la Madre Patria, faltaba comida y respuestas vagábamos como acá.
Bah, un poco más.
Y no nos faltaba nada.
Atravesamos esa calle que parecía familiar, aún entre desfiles de blazers Ives Saint Laurent y ojos esquivos.
La cama del hostal doméstico nos albergó el cansancio.
Primera cuenta saldada.
Habría más
(final que obliga al continuará...)





miércoles, noviembre 07, 2018

Zamba del Sueño















Junto a una puesta de sol
Cubriendo amor
Tu vientre
Baja un rocío casual que no se va
Sin verte
Baja un rocío casual que no se va,
Mi amor sin verte

Carteles rojos neón
Y la ciudad en viernes
Suelo mirarte pasar
Andando entre la gente
Suelo mirarte pasar
Cuando volvés
Entre la gente

Fuego en la piel
Fuego en el alma
Sueños que vi
Mi amor en llamas
Sueños que vi, Porque se ven
Mi amor en llamas

Solos perdidos de amor
La carretera hierve
Y un recorrido que va
Desde un color ausente
Y un recorrido que va
Desde un color mi amor ausente

Fuego en la piel
Fuego en el alma
Sueños que vi
Mi amor en llamas.
Sueños que vi
Porque se ven,
Mi amor en llamas.

(Orozco-Barrientos)

viernes, noviembre 02, 2018

Lucio V. Mansilla (Canal Encuentro)

Una pausa en la playa

No confundir con detenerse


(de Déjala que Caiga, por Paul Bowles)





La playa era muy llana, ancha y blanca; dibujaba un semicírculo perfecto hasta llegar al cabo. Fue paseando por la franja de arena dura que la marea había descubierto; era un húmedo espejo que favorecía al cielo, intensificando su luminosidad. Cuando hubo dejado atrás la hilera casi kilométrica de cabinas y bares cerrados, se quitó los zapatos y los calcetines y se arremangó los pantalones. La playa había estado completamente vacía, pero ahora se aproximaban de frente dos personas y un burro. Cuando se acercaron  más, vio que eran dos bereberes muy ancianas; iban vestidas como si hiciese un frío polar, con prendas de lana a rayas rojas y blancas. No le prestaron atención. Como allí no  había colinas junto a la costa, soplaba una brisa penetrante que helaba cualquier superficie que estuviese a la sombra. Delante de él, se veían ahora una serie de barquitas de pesca, varadas una junto a otra. Se acercó. Habían sido abandonadas hacía tiempo; la madera estaba podrida y los cascos, llenos de arena. No había rastro de seres humanos en ninguna dirección. Las dos viejas y el burro habían salido de la playa, adentrándose, por las dunas hasta desaparece. Dyar se desnudó y se metió en un bote que había medio enterrado. La arena llenaba la proa y descendía de nivel en el centro de la barca formando un lecho perfecto y orientado hacia el sol.

Fuera, el viento soplaba; dentro no se sentía más que el martilleo abrasador del sol sobre la piel. Permaneció tendido un buen rato, intensamente consciente del agradable calor y sumido en un estado de voluptuosidad autoinducida. Cuando miraba al sol sus ojos se cerraban casi del todo y veía los entramados de un fuego cristalino que cruzaban lentamente el mínimo espacio existente entre los párpados abiertos, mientras sus pestañas hacían que los vellosos haces de luz cr4ecieran, disminuyeran, o volvieran a crecer. 

Llevaba mucho tiempo tendido desnudo al sol. Recordaba que si uno permanecía así el tiempo suficiente, los rayos solares acababan por absorber todos los pensamientos de la cabeza. Eso era lo que quería, cocerse hasta quedar seco y duro, sentir cómo las nebulosas preocupaciones se iban evaporando una a una , saber finalmente que todas esas pequeñas y húmedas dudas y vacilaciones que cubrían el suelo de su ser se elevaban formando espirales y muriendo en el gran horno solar. Después se olvidó de todo esto, sus músculos se relajaron y dormitó despertándose de cuando en cuando para asomar la cabeza sobre la carcomida borda y mirar a un lado y otro de la playa. No había nadie. 

Finalmente abandonó incluso esta actividad. Momentos después se dio la vuelta quedando boca abajo sobre la apretada arena y sintiendo cómo la capa abrasadora del sol se depositaba sobre su espalda. El rumor de las olas, suave y regular como el de unos cimbales, parecía la lejana respiración de la mañana; este sonido, tamizado por los innumerables compartimentos de aire, llegaba a sus oídos mucho después. Cuando se volvía para mirar directamente al cielo parecía más remoto que nunca. Sin embargo, se sentía muy cerca de sí mismo; tal vez porque, para sentirse vivo, lo primero que el hombre debe hacer es dejar de pensar que va a alguna parte. Es preciso detenerse del todo, olvidar todos los objetivos. 

Hay una voz que dice "espera", pero normalmente no la escuchamos, porque si le hacemos caso podemos llegar tarde. Por otro lado, si nos detenemos, tal vez al ponernos en marcha de nuevo descubrimos que vamos en una dirección distinta, lo que también resulta una idea aterradora. Porque la vida no es un acercarse o alejarse de algo; ni siquiera es un movimiento del pasado hacia el futuro, ni de la juventud a la vejez, ni del nacimiento a la muerte. 
El total de la vida no equivale a la suma de sus partes. Equivale a cualquiera de sus pares, pero no hay suma. El adulto no está inmerso en la vida con mayor profundidad que el recién nacido, su única ventaja es que tiene ocasión alguna vez de tomar conciencia de la sustancia de esa vida y, si no es tonto, no buscará razones ni explicaciones. 

La vida no precisa ser clarificada ni justificada. Desde cualquier punto que enfoquemos la cuestión, el resultado es el mismo: la vida por la vida, el hecho trascendente del individuo vivo. Entretanto comemos. Así que él, tendido al sol y sintiéndose próximo a sí mismo, sabía que estaba allí y disfrutaba al saberlo. Podía fingir, si quería ser un norteamericano llamado Nelson Dyar, con cuatro mil pesetas en el bolsillo de la chaqueta que había dejado sobre el asiento de poa del bote pero sabía que aquello era una parcela remota e irrelevante de la verdad completa. Ante todo, era un hombre tumbado en el interior de una barca destartalada y cubierta de arena, un hombre cuya mano izquierda llegaba casi hasta dos centímetros del armazón caldeado por el sol, un cuerpo que desplazaba una cantidad de aire caliente de la mañana. Nada de lo que había penado o hecho nunca había sido pensado o hecho por él, si no un miembro de una gran multitud de seres que actuaban como lo hacían, sólo porque iban a alguna parte desde el nacimiento a la muerte.

Ya no era miembro: habiéndose comprometido, no podía esperar ayuda de nadie. Pero si un hombre no iba a ninguna parte, si la vida era otra cosa enteramente distinta, si la vida era una cuestión de existir, durante un instante largo y continuo que era todo uno, entonces, lo mejor que podía hacer era acostarse y existir, y ocurriera lo que ocurriera, todavía existía. Fuese lo que fuese lo que un hombre pensara, dijera o hiciera, el hecho de existir seguía en pie inalterado. ¿Y la muerte? Presentía que algún día, si lograba anticipar bastante su futuro, descubriría que la muerte tampoco cambia nada.


La agradable zambullida de ideas vagas en que se había sumergido su mente no le permitía ya mantenerse completamente inactivo. Haciendo un esfuerzo, levantó la cabeza un poco y giró la muñeca para ver la hora. Eran las doce y diez. Se levantó de un salto, se vistió rápidamente sin ponerse zapatos ni calcetines, y emprendió el regreso por la playa todavía desierta.




Nuestro Patrimonio


o lo único que nos queda

(de la novela Patrimonio, Una historia verdadera por Phlip Roth)



...Almorzamos en la habitación de verano, junto a la cocina: un cuarto rústico, grande, con aspecto de granero y suelo de piedra, que en origen fue la leñera de aquella casa labriega. Ahora, todo un lado de la habitación la cerraban puertas deslizantes, de cristal, con vistas al césped, los muros de piedra y los arroyos y campos que se extendían delante de la casa. en otros tiempos, ahí solía instalar a mi padre, en un sillón de mimbre, frente al espacio abierto y cuando hacía buen tiempo se pasaba la mañana tan campante, con el Times, leyendo primero las noticias de Israel y luego todo lo que se dijera del gobierno Reagan, lo cual le servía para mantener vivo su odio, al presidente durante lo que quedase de mañana.

Ahora que Seth y Ruth habían venido a comer y todos charlábamos de cosas insustanciales, en un día de verano tan luminoso como para darse puede, mi padre se hallaba totalmente aislado en el interior de un cuerpo que se había trocado en un recinto de alta seguridad, a prueba de fugas, una especie de cajón de matadero.

Cuando estábamos a punto de terminar de comer, apartó su silla y se dirigió hacia la escalera que lleva a la cocina. Era la tercera vez que se levantaba de la mesa, y fui con él para ayudarlo a subir. no me lo permitió, sin embargo, lo cual me llevó a pensar que se disponía a hacer un nuevo intento de mover los intestinos en el cuarto de baño, y preferí no incomodarlo con mi insistencia.

tomábamos el café cuando me di cuenta de que aún no había regresado. me levanté de la mesa sin decir nada, mientras los demás seguían hablando, y entré en la casa, convencido de que iba a encontrármelo muerto.

No estaba muerto, pero sí, quizá, deseando morirse.

El olor me llegó cuando sólo iba por la mitad de la escalera al piso de arriba. al llegar a su cuarto de baño encontré la puerta abierta de par en par; delante, en el suelo del pasillo, vi sus vaqueros y sus calzoncillos. dentro del cuarto de baño estaba mi padre, completamente desnudo, recién salido de la ducha y chorreando agua. la peste era insoportable.

Le faltó poco para echarse a llorar al verme. en el tono más desesperado que quizá le haya oído nunca a nadie, me dijo algo que no me habría costado mucho trabajo adivinar:

- Me he cagado.

Había mierda por todas partes, aplastada por los pies en la alfombrilla, ribeteando el borde y manchando la columna del lavabo, apilada en el suelo, salpicando el cristal de la ducha que acababa de abandonar, secándose en la ropa tirada. también en el pico de la toalla con que había empezado a secarse. en aquel cuarto de baño de reducidas dimensiones, que era yo quien utilizaba normalmente había hecho lo posible por salir del embrollo por sus propios medios, pero, casi ciego como estaba, y recién salido del hospital, al quitarse la ropa para meterse en la ducha lo único que consiguió fue extender la mierda por todas pares. vi que hasta las cerdas de mi cepillo de dientes, colocado en su colgado, sobre el lavabo tenían las puntas manchadas.

- No pasa nada- le dije, no pasa nada. en seguida lo arreglamos todo.

Metí el brazo en la cabina de la ducha, volví a abrir el agua y estuve jugando con los grifos, hasta obtener la temperatura adecuada. luego le quité la toalla y lo ayudé a meterse otra vez en la ducha.

- Agarra el jabón y empieza desde el principio- de dije; y mientras él, obedientemente, se iba enjabonando todo el cuerpo, yo hice un montón con su ropa, las toallas y la alfombrilla, fui al armario que había en el pasillo, cogí una funda de almohada y la usé de bolsa en que meterlo todo. Y le llevé una toalla limpia. Luego lo saque de la ducha y lo llevé directamente al pasillo, donde el suelo aún no estaba manchado, lo envolví en la toalla y me puse a secarlo.

-Ha estado muy bien que lo intentaras- le dije-, pero me temo que no había nada que hacer.

- Me he cagado encima- dijo él, y esta vez sí que se echó a llorar.

Lo hice entrar en el dormitorio y allí lo dejé, sentado en el borde de la cama, secándose, mientras yo iba a buscarle un albornoz de los míos. una vez seo, lo ayudé a ponérselo y  luego levanté la sábana de arriba de la cama y le dije que se echara un rato a dormir.

- No les digas nada a los chicos- me pidió, mirándome desde la cama con su único ojo útil.

- No pienso decírselo a nadie- le contesté- Diré que estás descansando un rato.

-No se lo digas a Claire.

-A nadie- le dije-. No te preocupes. puede pasarle a cualquiera. no pienses más en el asunto y descansa todo lo que puedas.

Bajé la persiana para que no le entrara luz, salí del dormitorio y cerré la puerta.

Por el cuarto de baño parecía haber pasado un malvado ladrón que, además de robar la casa, nos hubiera dejado su tarjeta de visita. como mi padre estaba atendido, y él era lo que importaba, si por mi hubiera sido habría clavado la puerta y me habría olvidado del cuarto de baño para siempre. "Es como escribir un libro", pensé: "no se sabe uno por dónde empezar". Entre con mucho cuidado, mirando muy bien dónde pisaba, alargué el brazo todo lo posible y abrí la ventana. Ya era algo. luego bajé a la cocina por la escalera trasera y, procurando que no me vieran Seth, Ruth y Claire, que seguían charlando en la habitación de verano, cogí un cubo, un cepillo, una caja de Spic y dos rollos de papel de cocina y volví a subir al cuarto de baño.

Lo más fácil de eliminar era lo de adelante de la taza, que formaba una extensión de excremento más o menos continua. Cuestión de recogerlo, echarlo al váter y tirar de la cadena. Ni la puerta de la ducha, ni el alféizar de la ventana, ni las lámparas, ni la jabonera, i los toalleros fueron problema. Mucho papel d cocina y mucho jabón. Pero lo que se había metido en las junturas del suelo, estrechas y desiguales, eso sí que constituía un verdadero desafío. El cepillo lo único que hacía era empeorar las cosa. Al final, eché mano del cepillo de dientes y, mojándolo de vez en cuando en el agua caliente y jabonosa del cubo, fui limpiando una por una las junturas, palmo a  palmo, de pared a pared, hasta que el suelo quedó tan limpio como me fue posible dejarlo. Cuando llevaba quince minutos de rodillas, decidí que allí se quedarían para siempre las salpicaduras y partículas demasiado profundas, fuera de mi alcance. quité los visillos de la ventana, aunque parecían limpios y los hundí en una funda de almohada, con las demás cosas sucias. luego fui al cuarto de baño de Claire a buscar agua de colonia, con  al cual rocié abundantemente, con los dedos, como aguaba bendita, aquel recinto recién frotado y fregoteado. coloqué un pequeño ventilador de verano en un rincón y lo dejé en marcha; luego volví al cuarto de baño de Claire y me lavé las manos, los brazos y la cara. viendo que tenía un poco de excremento en el pelo,  me lavé también esa parte.

Volví de puntillas al dormitorio, y allí seguía él, durmiendo, respirando, aún vivo, todavía conmigo: un contratiempo más que superaba aquel hombre que yo llevaba desde siempre conociendo por padre. me había sentirme muy a disgusto que hubiera tenido que luchar con tanto heroísmo y tan poca fortuna por lavarse antes de que yo subiera al cuarto de baño; también comprendía su vergüenza, el bochorno que había tenido que sentir; y, no obstante, ahora que todo había terminado, viéndolo tan profundamente dormido, pensé que no habría podido pedir más para mí antes de su muerte: esto también estaba bien y era lo que tenía que ser. uno limpia la mierda de su padre porque no hay más remedio que limpiarla, pero después de haberla limpiado, todo lo que hay que sentir se siente como jamás antes se había sentido. tampoco era la primera ocasión en que comprendía esto: una vez puesto a un lado el asco e ignorada la náusea, una vez se arroja uno más allá de las fobias, fortificadas como tabúes, queda muchísima vida por apreciar.

Aunque, bueno, esperemos que con esta baste, añadí, dirigiéndome mentalmente al cerebro dormido que el tumor cartilaginoso estrujaba: si tengo que hacer esto todos los días, puede que se me pase bastante la emoción.

Fui al piso de abajo con la apestosa funda de almohada y la metí en una bolsa negra de basura, para luego cerrar ésta, arrastrarla hasta el coche y meterla en el maletero, para posterior traslado a la lavandería. y no podía tener más claro por qué todo aquello estaba bien y era lo que tenía que ser, ahora que el trabajo estaba hecho. de modo que esto era el patrimonio. y no  porque limpiarlo simbolizara alguna otra cosa, sino precisamente porque no, porque no era sino la realidad vivida que era.

Este era mi patrimonio: no el dinero, ni los tefelines, ni el cuenco de afeitar, sino la mierda.





jueves, octubre 18, 2018

The Affair y Better Call Saul x 4: cierres ventana


Después del cierre de Better Call Saul retumba una y otra vez en mi cabeza la letra de The Winner de ABBA. "Las series ayudan a comprender mejor el mundo", aseguró no hace tanto su mentor, Vincent Gilligan y creador de Breaking Bad, aquel que supimos ser y éste que nos sobrevive.

 Al menos en este cierre de temporada, un superficial karaoke me hizo revisar la letra del tema de los suecos. El contexto entre Jimmy y su hermano Charles acaso buscando razones de por qué el ganador se queda con todo, sirve para pensar en aquellas circunstancias donde somos partícipes activos o secundarios acerca de las disputas de egos.

Peleas que no sólo se circunscriben a los malos de turno, sino también a familiares o amigos.
A mí, por ejemplo, el Jim que será Saúl me resulta todavía indescifrable y no termino de saber si quiere redimirse para pelear de verdad contra su naturaleza de hijo de puta o si siempre querrá ser un ventajero, sin medir el daño que eso le genera a los suyos.




En este sentido reconozco que últimamente algunas ficciones, tal la teoría de Gilligan me ayudan a reflexionar mejor que las charlas cotidianas.

La casualidad, por ejemplo, también sirvió para que esta serie coincidiera casi con el cierre de la Cuarta de The Affair. Ahí no hay sarcasmo, pero sí mucha culpa y dolor frente a las consecuencias por tomar la decisión equivocada. Errores que van más allá de una aparente relación infiel y sí tiene mucho de karma a la hora de pensar y suponer por qué elegimos a quienes elegimos como compañeros de viaje y de qué nos perdemos en tal aventura, en relación a quienes preferimos dejar ir.

La muerte circunda durante ambas hsitorias, en una más dramática e impensada que la otra.
La falta de indicios por dónde atravesarán los personajes su futuro, es lo más cercano a la vida ordinaria. Hecho que genera empatía y las hace rebuscadas, pero que también daña por lo incierto de su desenlace (bastante tenemos con nuestra realidad al momento de proyectar alguna salida ¿no?)


La frase cierre-ventana pretende ir más allá del juego de palabras y la oferta ambiciosa de una búsqueda fortuita en google sobre sus protagonistas intentando ver más lejos de lo que la ficción les permite.
Es que hay una trampa en esta noción de "cierre ventanal". A veces el contraluz del vidrio podría imaginarse como un principio de perspectiva nueva donde reflejo y horizonte comparten una proyección unívoca buscando un más allá.
Sí, ya sé, la frase es pretenciosa y por ahí medio boba.
Sucede que algunas ventanas no necesitan de barrotes para ratificar elencierro.
A Jimmy le servirá entonces, reinventarse para darse una chance más como un sujeto nuevo. ¿identidad mata esencia jodida?
A Alison, la cautivante y desnuda Alison, acabará con la angustia (de alguna manera), si no median nuevas explicaciones y respuestas a su destino.

A uno, pensar que hay algo más allá del reflejo y no necesariamente hace falta romper vidrios para comprenderlo.

¿O sí?