miércoles, febrero 04, 2026

Una vuelta más con Héctor



Domingo denso de enero.

Hay que salir a caminar como sea, aunque esto implique el recorrido habitual largo hasta Ducilo, con par de vueltas a la fábrica incluidas, más la adicional de la plaza San Martín a modo de cierre.

 

Esta costumbre surgió medio acordada con Héctor; en realidad calculo que él venía poniéndola en práctica mucho antes. Pero era una manera de juntarse para charlar y exorcizar sobre los fantasmas de este mundo, algo más saludable que compartir el clásico café o una refrescante cerveza. 

 

La amistad con Héctor Islas o José Rodolfo, como gustaba llamarse en redes surgió desde la práctica deportiva.

 

No sé cómo la disputa del papi y las notorias diferencias futboleras decantó en el vínculo tardío: diferencias de edad, colores y origen (él berazateguense de pura cepa, yo retornado en 2002) pero digamos que de aquellos enfrentamientos en el club Los Marinos, a partir de la invitación de Luis, (primo postizo), el ritual de los martes y  jueves, alternó en torpes gambetas, siguió con reflexiones de confianza hasta mutar en el afecto sincero.

 

Por ahí andaba yo, advenedizo en una ciudad pueblo que figuraba en mi DNI pero que tardó un par de décadas largas hasta hacerse terruño propio, tras mudarnos con Gabriela y mi primer hijo a la casa paterna.

Distinto el caso de Héctor que parecía conocer la ciudad del vidrio como la palma de la mano. En su paso vertiginoso durante la caminata ("no parés, no parés, recomendaba") era capaz de recitar las directrices de los primeros planos de la ciudad, alternando los viejos nombres y números para indicar de qué manera la inmigración europea se fue adueñando y enamorando de éste nuestro conurbano profundo de laburantes testarudos, gallineros fructuosos y memorias multicolores.

 

Antes de sumergirme en todo esto, con el afecto por Berazategui de mis abuelos, empecé a buscar recuperar el tiempo por no ser NAC (Nacido y Criado), dejando que el fútbol allanara mi nuevo camino.

 

Medio perdido y torpe en el juego, rasqueteaba mis últimas armas de falso nueve, entre desconocidos de buen pie. Ahí Héctor confirmaba la picardía de los que saben jugar sin necesidad de correr.

 

Asumo que mi modo de envejecer condicionó tales atributos. Algunos lo vinculan con la cantidad de torneos en el barrio, otros sin eufemismos dirán "saber ser vivos", los menos vuelteros lo llaman con razón "tener calle".

 

El tipo bostero, de prolijo bigote y cabello ¿eventual gomina? ofició de guía de este servidor paracaidista.

 

Más saludado que Mussi en Berazategui, peronista, fanático de Toto Lorenzo y los Beatles (Paul, su estrella excluyente), devino en el primer amigo genuino de esta región.

 

De tranco largo y veloz (lo que obligaba a apurar el paso para seguirlo), Héctor marcaba el ritmo a la vez que se animaba a hacer en simultáneo una lectura de los tiempos que iban tocándonos en suerte.

Los debates sobre las formas de hacer política de Cristina. El daño que generó luego el macrismo, "Mauricio no es sólo Macri, su origen es Blanco Villegas", recalcaba casi separando en sílabas como recordarnos la ambición desmedida de nuestros terratenientes ganaderos. Y el daño suscitado por el último payaso surgían como disparadores de fuertes debates respecto de la Argentina, su lastre y fundamentalmente su inexorable y difuso destino.

 

A Héctor me lo cruzaba todo el tiempo aunque no era el único ciudadano con tal privilegio. En realidad solía pasarle en simultáneo a decenas de vecinos con quienes el hombre se detenía respetuosamente a intercambiar comentarios entre su potente carcajada y entusiasmo.

En dos o tres sugerencias, el tipo desplegaba un compendio de saberes y soluciones simples, cerrando la cuestión con una sonrisa o palabra de aliento.

 

Devoto de los suyos, su adorada Marta, la singularidad de sus hijos y la familia como matrix esencial de la existencia, Héctor distribuía su tiempo entre la demanda filial y sus retoños (atento a las necesidades de hijxs y nietxs), el interés por lo social en general, pero también con la capacidad de  buscar sus espacios y momentos para despuntar el placer por el arte en todas sus formas.

 

Así, dentro y fuera de la ciudad, celebró cada encuentro al que pudiera asistir para escuchar algún artista, un orador inteligente o sencillamente contemplar la habilidad de los músicos. Con Victor Hugo se vio en más de una ocasión, retribuyéndole su admiración, pero también intercambiando impresiones sobre la obra o el show que los hizo coincidir en suerte.

También bregó por ayudar a otros en su crecimiento profesional. Así fui testigo de cómo alentó a cantantes de bajo perfil, procurando desinteresamente difundir su obra.

En El Patio, la Biblioteca Manuel Belgrano, yendo por la 148 el hombre recreaba sus universos a prueba de inflaciones y de las marcas del tiempo. En este sentido, desde sus relatos creí descubrir lo más parecido a una adolescencia feliz. De madraza generosa y padre carnicero, con encuentros de familias de mesas largas y bromas precisas, Héctor halló su propio tesoro en un combinado que se le instaló con una música indescifrable que lo transformaría para siempre.

 

Vagamente me contó aquella anécdota donde el simple de la manzanita sonaría una y otra vez, después vendrían los elogios a George Martin, la defensa a ultranza de los escarabajos al nivel de Mozart o Beethoven. Paralelamente, en alguna de las caminatas, recordaba a ese profesor que minó su cerebro con literatura y hasta cierta curiosidad por el teatro. Todo esto más o menos en línea con sus recuerdos formales, hasta una tarde en que reveló su propósito.

 


Entonces, Paul Mc Cartney ya había tocado un par de veces y quien por años había optado por evitar el flequillo, probablemente fuera de época, hizo un pedido que sonó a orden o decreto. "Tengo que pedirte un favor, necesito tener dos o tres minutos para conversar con Paul", explicó. Héctor sabía de mi laburo en Espectáculos y su misiva me resonó con la inocencia de quien supone el fácil acceso al Hyatt o al Four Seasons.

"Quizás pueda hacer algo para conseguir una entrada al show, propuse, pero lo del ingreso al hotel lo veo complicado", comenté.

"Bueno, está bien", accedió ni corto ni perezoso a la propuesta.

Por supuesto que mi sugerencia era otra complicación, pero tuvo suerte. La foto que compartimos acá corresponde a aquella tarde soñada en la que Islas volvió a tener el doble de aguante de los picados, mientras uno observaba el embrujo de la banda que vuelve jóvenes a los históricos e incrédulos a los escépticos.

Primer cometido de Héctor, quien días más tarde agradeció la invitación con uno de sus tesoros guardados: un habano cubano, supuso, era lo menos que me merecía, después de monumental evento.

 

De todos modos la historia no quedó ahí. Un par de años más tarde, insistió con aquel pedido "necesito comentarle algo". Por entonces, Posadas y 9 de julio fue escenario de su segunda proeza. Claro que para esta ocasión, Marta se encargó de hacerle el aguante. La pareja llegó temprano (vaya uno a saber cuántas horas se bancó la susodicha para que su amado concrete el sueño) pero después de desencuentros y esquivar al piberío, ahí estaba nuestro beatle conurbanense haciendo honor al maestro de Liverpool.

Si la familia conserva el video (entiendo que sí, gracias a las habilidades de Marta inmortalizando la escena) se lo puede ver a Paul siguiéndole la vista a Héctor, luego de que este lo invocara entre tanto griterío.

 

Más divertida, sin embargo, fue su explicación, luego de esa increíble faena. "Yo sabía que iba a poder hablar con él", me confió caminando por la 144 rumbo a la Calle Varela. "¿Sabés cuál fue la verdadera razón? Todos gritaban desquiciados y yo fui directo 'Paul lo llamé' ¿entendés? El tipo se sorprendió porque vio a alguien de su edad convocándolo con su nombre, preciso, por eso se asomó del auto y me saludó directamente".

 

Ese testigo y aventurero es Héctor. El mismo que accedió acompañarme a ver al Rojo con respeto. Aún entre chicanas futboleras, sabía hacer una evaluación de mi equipo o el suyo, siempre preservando sus colores de la crítica. Por ahí, contaba contento cómo la había pasado con su hija tras un partido. La cita incondicional familiar permitía imaginar un ida y vuelta a la cancha envidiable.

Se hacía espacios para charlar temprano con Alejandro, antes de que éste encarara sus responsabilidades, celebraba la madurez e independencia de la mayor o comprendía la inocencia de Gustavo, el menor, con quien supo tirar paredes en aquellos partidos de allá lejos.

 

La última vez que charlamos fue antes del Boca- Riestra. Estaba contento con haber visto junto a Marta a Nacha Guevara junto a Favero y no tardó nada en retribuir con emoticones esa invitación.

 

Un par de meses antes, contemplé al matrimonio sostener en respetuoso silencio el dolor por la pérdida de nuestro intendente en el De Vicenzo. Allí nos cruzábamos siempre en la feria del libro, en las de las colectividades y (no estoy seguro), incluso un Bera Rock. En más de una oportunidad, lo pensé con el Negro Mussi juntos, pateando la ciudad e intercambiando roles. Sí, Héctor intendente ¿por  qué no?

Vengo pateando este texto hace diez días. Lógicamente imaginé el pesar de su hija con Boca de local ante Ñuls. Ojalá haya ido igual a la cancha, calculo que Héctor lo hubiera querido. Todavía no volví a conversar con Marta. Aún cuando uno labura con palabras, soy consciente de lo estéril que representan elaborar frases nuevas, sin lugares comunes, sin clichés de ocasión.

 

Me quedo con él poniendo orden el lugar donde reposan sus padres y pensándose con ellos. O, para los que lo preceden, con el cura campechano que en Cuellas reforzó la idea de que Héctor está entre nosotros. Siempre es así, los afectos, la buena gente, los tipos como él, se vuelven viento, olores, preguntas, conversaciones solitarias o colectivas.

Razones y broncas. Todo eso junto.

 


En estos días retomo las caminatas y, aún consciente, dejo que la mirada se pierda en el tic de buscar al lungo que viene a doscientos metros de frente. Remera azul, paso largo y firme, extendiendo los brazos para saludar con las manos, diciendo "acá estoy, vamos por una vuelta más. Pero la última que tengo que relevar a Marta y después al mediodía tengo que buscar a mi nieto. ¿Cómo está la familia? ¿Para qué está el Rojo? ¿Cómo seguirá todo esto?", indaga y yo, mientras comienza a caer el sol, le cuento.      


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