martes, noviembre 27, 2012

Torpeza infantil

Tengo notoria debilidad por ese período donde la infancia y la adolescencia se (con) funden. Y no por haberla pasado particularmente bien; si hasta recuerdo la inmanejable angustia de la previa a los 13 como quien sabe que la pelea cotidiana va camino a profundizarse.
Y sin embargo, todavìa me gustan los guiños del olvido de los deberes, del partido ignorado para caminar por la cuadra o por los andenes de trenes abandonados. Las bromas que sacan a relucir nuestro rubor y el ajeno. Las preguntas incómodas por lo espontáneo, no como las de ahora, cesudas, maliciosas, psicopateras; sino las frescas las que pueden desatar la calentura ingenua u obligarnos al silencio por el simple hecho no saber qué retrucar, o no tener las ideas claras para expresarlas en palabras.


Las torpezas infantiles, entiendo, como tantas otras torpezas, a esta altura no son otra cosa que virtudes plenas. Cada día que pasa o queda, comprendo que no existen mejores cosas que los equívocos. Las verguenzas, los complejos (pero combatidos)... bueno en la lista terminan colándose cuestiones que poco o nada tienen que ver con la infancia y mucho con el discurso impuesto (impositivo me gusta más, en realidad), que refleja instalarse en la adultez.
Y, entre este divague que surge del "deber escribir algo" para un blog de resonancias esporádicas, rescato el cruce de miradas, familiares y ajenas. Las horas libres o liberadas de obligaciones efìmeras; los sonidos reiterados a merced de cualquier canción-obsesión para reproducirla de la noche a la mañana y así hasta el infinito.
Las líneas rectas y curvas del garabateo, las bicicleteadas sin destino fijo, los sueños amorosos con mujeres imposibles, aunque cercanas; las jugadas probadas sin aprender con el fracaso merodeando y sus ganas de estigmatizarme en ese rol. Pero sigo, las siestas del pilón de historietas, las escondidas barriales, las peleas con bandas ajenas, los proyectos voladores o viajeros.
Torpezas infantiles o si quieren, alientos vivos.