Ya hay mucha reflexión y artículo en el eter y tampoco quiero anteponer una forzada visión personal sobre su legado.
Sí creo que pronto haré foco en el fenómeno masivo y su repercusión mediática.
Dicho esto, durante los últimos días, con tooodo el peso digital (IA y strolleo instagramero mediante, sumado algoritmos, etc.) volví a pensar en la importancia sobre el papel en el presente.
Debo decir que desde hace unos años se sostiene la muerte de este formato, el caso más emblemático antes que los libros, se posa sobre los diarios, algo que me afecta directamente.
Así estamos todavía, calculando este tironeo entre su desenlace fatal y si me alcanzará llegar al final de la orilla con la consagrada jubilación del otro lado del horizonte.
Cuando hay que agarrarse de los sueños e ilusiones, uno se inventa salvavidas. El mío es precisamente el libro (o cuaderno) que imaginó George Orwell en su consagrada novela.
Cada vez que se la aborda, todos se detienen en la majestuosidad del Big Brother y el sistema policíaco, si no se remiten hasta el hartazgo sobre sus inspirados y expansivos múltiples realities. Luego, quizás más exquisitos, eligen ver al mundo pergeñado por Baudrillard, Sadin, el mismo Han, tratando de hurgar respecto de las pantallas y nuestros consabidos comportamientos secuenciales a sus brillos y vibras.
Pero volvamos al cuaderno. Quienes son memoriosos recordarán al protagonista de la historia y su felicidad por descubrir “un libro” que en verdad no es más que un cuaderno en blanco, desde donde relatará entre las sombras ese presente que lo atormenta. Es decir, entre los huecos en donde no puede ser vigilado o donde resulte expuesto, redactará aquello que lo desborda y que, por lógicos motivos, no logra compartir. De hecho, los latidos de su corazón denotarían sus emociones lo que podría ser fatal. Algo así como pensar un diario en medio del inminente apocalipsis.
Si no estoy delirando, recuerdo que ese cuaderno será motivo de enlace o vínculo amoroso con la segunda protagonista de la historia. Como una sofisticada carta de amor, en modo notario Rivadavia.
Lo cierto es que entre este elemento compartido, a tientas, ambos prueban comunicarse por afuera del sistema. Encontrarse, también como sea, es otro de sus recursos que los contiene y les permite proyectar una potencial forma de supervivencia.
Y ahí sumo interrogantes referidos al presente. Hoy estar hipermediados por las pantallas nos obliga a repensar el qué decir.
Ya hay gente que confía sus síntomas a Gemini, pregunta por sus posibilidades laborales al chatgpt o le pide una dieta mensual a Claude buscando en la organización virtual, una salida para sus problemas alimenticios.
Por diversos caminos leo que la palabra escrita continua siendo vital para agilizar nuestro cerebro, a diferencia de los monocordes movimientos de nuestros dedos sobre el teclado.
Con los recuerdos, pienso en el desprecio o los viejos cuestionamientos a una letra desprolija, a los balbuceos durante los encuentros con gente, el costo de la timidez o la falta de elocuencia u originanlidad en medio de las reuniones. Las dificultades para animarse a por falta de talento o buen gusto. El temor a desentonar cuando uno canta, a no hacer foco con una cámara, a grabar ruidos, a titubear sobre una decisión.
Pienso en los errores como un factor humano. Fuera de lo perfecto.
Pienso en lo genuino de la torpeza. Y ahí, paradójicamente veo un camino.
Como otras veces vuelvo a un concepto que me gusta y de algún modo también tiene que ver con los entrenamientos personales (o colectivos) equivocarse de nuevo, equivocarse mejor.
Conservar el cuaderno sería entonces como preservar lo identitario. ¿Y si la escritura o el deseo territorial, artesanal y alejado de lo tecnológico representara lo más parecido al alma humana?

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