Yace en su cuerpo, la pena
inminente. Profano pero
infinito
como lo evidente de un amor
prohibido que fue mítico,
popular y por ende,
analítico.
Hay pesar en ese último
abrazo
que será sin tiempo como la
desilusión por perder lo más
preciado.
No hay lágrimas en ella,
ni hedor en el sujeto que
dejó de ser
niño, varón y ahora cuelga
y ampolla como fósiles manos
devenidas en ramas secas.
Fuiste hijo, descuido, pecado
acción y destierro.
Creciste madre, sosiego,
voluntad,
comida y amparo.
Y así lo dos que fueron uno
él, ahora ausente, ella
liviana,
paradójicamente, aunque con
la
angustia de volverse,
inexorablemente sola.

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