"Primeros en la fila", describe la lógica vinculación entre el lugar generacional que nos toca y la muerte.
En concordancia, me gusta más la lúcida y reciente apreciación de un amigo, Charly Bernabei, a su médico: "la vida es eso que te pasa entre estudio y estudio". Whatever, en lo que va del verano cuatro personas de este modesto universo, cambiaron piel para hacerse recuerdo.
Una fue Mario, del post anterior que ya había dado muestras sobradas de supervivencia y, en verdad, era más grande que mi viejo.
Las otras, del "Pollo" y Frigeni, compañeros mayores de años adolescentes parroquiales en Sarandí, llegaron como mails difusos o noticias del estilo "qué barbaridad" vía wsp sólo para recordar la finitud cual vencimiento de impuestos o catástrofe climática.
No porque uno se interese menos, más bien porque el correr de los años ensanchó las coincidencias con el hoy, como un sepia inevitable.
Ayer, luego de una noche insomne, con varias preguntas sobre el sentido de asistir o no a un último adiós, volví a la Chacarita para despedir a Gaby Bruzos.
Colega y animal de trabajo cual discípula arltiana, por años y desde distintos productos periodísticos nos codeábamos en el asunto de despachar notas e intentar descifrar la lógica de Perfil y sus propósitos: desarrollar contenidos, vender publicaciones y cumplir con operatividades delirantes de negocios impuestos sólo para ratificar que la edición, las horas sillas y la amplia gama de crónicas y entrevistas, según las circunstancias, daba sentido a tanto esfuerzo.
Entiendo que la última vez que nos vimos fue un saludo seco pero cómplice. No del estilo "te acompaño el sentimiento" (perdón por lo inoportuno) si no más acorde a la actual premisa que hoy los desclasados mileistas aplican para todo "hay que seguir". Saludable consejo el suyo para que yo pudiera dar rápido la vuelta de página.
Entonces abandonaba por segunda vez la editorial, acordando mi salida para esquivar la oferta de Siberia, esa redacción fantasma, sin computadoras ni teléfonos hecha para desclasados.
Me habían dicho que mi labor de editor en Semanario concluía a pesar de sostener el producto, con esmero y, por qué no, bastante entusiasmo.
Una veintena de compañeros de distintas revistas en el edificio salieron a bancar mi función.
Bruzos fue una de ella.
Valiente, a su modo, cómo pudo. Sabemos que en la desigualdad de roles que imponen las empresas, a mayor responsabilidad, basta un "no" a los superiores para que te corran de escena. Para quienes se comprometen a cerrar notas, hacer un seguimiento de la edición, decidir sobre los roles de la redacción y "sostener el barco" (perdón lo remanido) cualquier empatía clasista conlleva a su certificado de defunción.
Pero Gaby bancó.
Sí ella. La velezana amante de dos Manu (su benjamín y Ginobili) vivió comprometida a su pasión y convicciones: el periodismo, la docencia, celebrar el recorrido de sus criaturas de Tea, bucear en la actualidad del mundo femenino eludiendo la hegemonía de lo frívolo para aprovechar los espacios de sus magazines con temas de preocupaciones concretas.
Ese sutil pero básico equilibrio entre lo atractivo y lo necesario a favor de los lectores, en su caso de sus lectoras fieles a través de Mujer, Mía o cualquier eventual desafío editorial.
Los puchos, su carcajada y sonrisa potente, el interés por el cine que ayer recordó en Chacarita Patricia Daniele a la espera de los Óscar para mirar contrarreloj todas las candidatas antes del evento, la explican. Atenta, inquieta, ávida del apetito que se abre por intentar saber más.
También el entusiasmo cuando con cierto rubor compartía la creación de sus alumnos. No sé si se llamaba “lunes” o “domingo” el mensuario de notas del staff que creó en su escuela, pero ahí sus pibes ponían toda la carne al asador y ella, rebosante de orgullo exhibía su criatura, recién salida de la imprenta.
Su vehemencia al momento de discutir puntos de vista (en nuestro caso, diferencias irreconciliables desde la política, entre picantes y divertidas), me hacía ruido ante un inentendible pudor que se imponía al momento de hablar sobre sí misma. Y eso que ella era capaz de alterar la rutina con alguna descripción explícita (zarpada) como dejando en claro que privacidad y represión no necesariamente son compatibles.
O al menos así sonaba cuando hablaba sin red. Quizás tuviera que ver con mi sesgo machirulero.
La cagada de compartir tantos años naturalizando el día a día de las redacciones es suponer que tales hábitos conllevan a una segura inmortalidad. Con un amigo solíamos bromear sobre lo que queda de nuestra existencia. Sarcásticos coincidíamos "pasan las minas, pasan los afectos, la ropa, los deportes, las familias, sólo queda el trabajo". Comentar esto dos décadas después parece chiste de mal gusto.
Pero personas como Gaby dan cuenta de una admirable dedicación a lo suyo, tanto apetito por plasmarlo a pesar de todo. Ponerse la camiseta y darle para adelante.
Bruzos cumplió 65. Parca injusta para quien hizo de su profesión un ejercicio de vida. Sin embargo, años antes había dado algunos indicios de bronca y desencanto al compartir vía facebook la desazón de un colega suyo, a raíz de abandonar su rol de profesor. De algún modo absorta, con tal posteo Gabriela daba algunos indicios de mortandad de un periodismo que envejecía frente al flamante modo entretenedor de comunicarnos, con pibes embolándose en las aulas y maestros balbuceantes frente a la mágica e inminente dictadura de las redes. "No la veían".
Los contemporáneos, aun ni la vemos.
Sé que lo innombrable se coló y expandió en el cuerpo de esta mujer siempre con cara de nena y anteojos lectores. Me hubiese gustado previamente discutir sobre mi tara de estos últimos años acerca del significante lacaniano. Del simple devenir o de cómo repercute lo no dicho en nuestras almas.
Los dos heredamos y coincidimos también en la cuestión gallega aunque creo, por alguna eventual revelación suya que como mujer padeció probablemente más daños de la cuenta.
Ayer, mañana gris si las hubo, la figura de Gardel o la tumba de Celedonio Flores quedaron relegadas en el crematorio de Lacroze. Hacía rato que no atravesaba el lugar. En el camino vi dos raquetas abandonadas en un nicho, pasto artificial en rectángulos de 1 x 2, frases para la posteridad selladas en marmoladas sepulturas, adoquines húmedos y hectáreas de verde esponjoso, intercalados en el GPS interno. Además por supuesto de ciento de cruces de testigos históricos y silenciosos.
En esta instancia también hubo momentos breves para intercalar balbuceantes reflexiones con colegas. Gente querible que pelea el día a día, fuera de likelandia y revisando las últimas horas y los días de la amiga querida.
El hermano de Gaby, también colega, exorciza los "dos últimos meses de mierda" realzando la impronta de una mujer que “peleó por la verdad desde y para siempre”, destaca.
Julio Petrarca, uno de los compañeros de vida, se conmueve a contramano de la rigidez que lo caracteriza respecto de su trayectoria en la dirección de medios.
Manu no para de agradecer en nombre de su madre. "Hoy son tantos los que vinieron para vos. Vos que tanto disfrutabas de la soledad", dice refrendando otra virtud de Bruzos desconocida.
Hay alumnos que hoy se destacan en medios y redes que dejan que las lágrimas sigan su curso. Una chica sostiene una guitarra y otros más jóvenes dejan en claro que las clases sobreviven a los mandatos de Musk.
Hay aplausos insuficientes como para tapar la agonía de lo inexplicable.
Hay preguntas sin respuestas, cual disparador de crónicas, conversaciones e hipótesis. Ayer intercaladas en este camposanto porteño pero antes, no hace mucho, promovidas desde redacciones, bares, cafés de máquina, pasillos y ascensores.
En esas circunstancias, Bruzos prendería un pucho, se quedaría pensando cuál sería la mejor opción para una nota a doble página y de qué modo se podría ilustrar. Luego podría excusarse para volver a su escritorio y teclear argumentos y formas.
Como nosotros ahora, buscando explicaciones y recursos para retrotraerla al presente, sostenerla, mantenerla cerca. Como sucede con la buena gente que enseña y perdura, más allá de las divisorias arbitrariedades de la existencia.
Qué hermoso y esclarecedor texto para celebrar a nuestra querida Gabriela. Cuánto dolor su ausencia. Abrazo, Adrián.
ResponderBorrarGracias, Adrián
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