jueves, junio 01, 2017

Me gusta debatir los setenta

El debate sobre los Setenta: Blaustein vs. Caparrós y sus secuelas, me inspiró a escribir algo. Lo comparto, pero sería bueno que lean antes los dos artículos que refieren al tema.
Abrazo.

https://www.clarin.com/politica/culpa-generacion_0_HkdOtGi-Z.html
http://www.so-compa.com/politica/todos-somos-culpables-de-todo/

Primero euforia, después tristeza, pero hablar de los setenta, siempre me estimula. A veces me apropio, aunque sé en verdad, que los setenta refiere al período que va del sesenta y pico, más cerca del principio de esa década y quizás, hasta esos tres años de gracia que tanto dolor de huevo le generó a los poderosos.
No por nada,al texto polémico que tiró Martín Caparrós desde The New York Times, Clarín lo ilustra con Isabelita, el Pocho y el tío Cámpora; no así la publicación americana, que optó por Perón y Eva en el balcón. El gran diario argentino, ratificó su posición, como para explicar que el mal o la lepra de aquel tiempo, hoy perdura y queda pegada a los imberbes deskiciados, millenians irracionales.

Decía que me gusta debatir los setenta, como quien quiere recuperar a un hermano mayor.
No tan mayor, en el 73, por ejemplo, yo tenía nueve años y mi familia estaba lejos (mi papá más por separarse, jaja) bien lejos de mandarme a repartir panfletos a la salida de las fábricas o acompañar actividades en alguna unidad básica, ni que hablar de leer Noticias o vitorear a la tendencia. Igual, cada vez que pienso en ese período, dibujo a los valientes y militantes de entonces, vecinos de 14 o 15 años, como baluartes del mejor rock. En vez, de verlos con la pastilla de cianuro o armados, prefiero calzarlos llenos de long plays incunables.
Ya sé, no es verdad. Pero como dije que se trata de una suerte de hermano mayor, los veo así. Con lo bueno y lo jodido que puede ser contar con alguien que tenga más peso que un padre y que te diga lo que tenés que hacer. ¿Por qué qué es un hermano mayor si no eso?

Por eso cuando quien supo instruirme desde los tomos de la Voluntad y desde su prédica narcisista, ratificada ésta por Blaustein, pero de fácil confirmación por cualquiera de nosotros que haya cruzado o entrevistado al talentoso escritor y periodista-, cuando este hermano me dice que la culpa es suya y que los que lo siguieron también seremos o somos responsables del maldito devenir argento, no me queda otra que enojarme.
Por supuesto que si alguien es menor y no supo degustar de la maravillosa música vanguardista ("aunque varios nos sabemos algunas canciones como 'con los huesos de los gorilas, vamo a hacer una escalera, para bajar desde el cielo, nuestra Evita montonera'), lo más probable es que se quede corto para refutar tal hipótesis. Después de saberlos poniendo  el pellejo, de escucharlos compartir el insoportable dolor de ver "caer a los nuestros" en múltiples y perversas formas, al punto de que la saña y la venganza del sistema haya dado como naturalidad el hecho de hacerlos esfumar en el aire (por que sí, por malditos) ¿qué planteo podemos hacer quienes vinimos después?
Es como si tangueramente se acercasen y con contundente sabiduría nos dijeran "¿pero de qué me venís hablar vos, pibe, si no tenés ni la más putísima idea de lo que es la revolución?

Y mi hermano, setentista él, todos, tiene/n razón.
¿Cómo puedo equiparar los balbuceos que me dejó atravesar la dictadura en el secundario o viceversa si ni siquiera sabía un joraca de Marx, de Santullo, de Galimberti?
¿Con qué derecho puedo aportar algo si me alimenté de ese brebaje curativo de la publicidad oficial? No sólo la de "derechos y humanos", si no aquella de "el silencio es salud". Sí, esa que cantábamos en la cancha para hacer calentar al rival cuando callaba, como quien goza de los beneficios del acomodado, ante un tipo que queda destruido o relegado. Pensemos festejando en la calle a los gritos, en contraste con los hermanos que estaban chupados.

¿Cuán importante podría ser nuestro aporte e inteligencia, si no vivimos nada? No obstante de ello, lamento decirles amigos setentistas, que fue a nosotros a quienes convocaron a Malvinas y nosotros (y en este nos los excluyo) los que un par de años antes, viajamos engañados a participar de la miserable y falsamente solidaria campaña "Marchemos hacia la frontera" (esa de los milicos ¿sería para justificar movimientos gendarmes y acaso amedrentar una posible contraofensiva subversiva)?, acaso para asustar a lo que fue quedando de las sombras de nuestra hermandad malherida, entonces moribunda.
Martín, Eduardo, la guerra también se nutrió de jóvenes, pero casi ochentosos.
Nosotros, los hermanos menores, si nos permiten, pagamos varios platos rotos, llegamos tarde. Siempre tarde y con honestidad brutal, lamento decirles que acaso a partir de ustedes, llegamos tarde a todos lados. Pasaron casi quince años para leer los autores peligrosos. Con culpa, esa sí fue culpa de verdad. Nosotros, fuimos instruidos en la culpa, la culpa por lo no vivido, la culpa de que nuestros familiares nos hayan instruido e instigaron en reglas duras para sobrevivir. Por las dudas.

Confiamos en un momento en la poesía del rock, si, pobre en relación a los gozosos y valientes sesenta y setenta, si de compositores se trata, pero bueno, fueron nuestros palotes sociales, entiéndanlo. Nada comparable con la audacia de Mario Eduardo, ni la lucidez de los hijos dilectos del Mayo Francés, apenas Serú, el Flaco, León, los pop Soda y ese delicioso engendro llamado Luca y legado por los Ricota, difícil de disfrutar para varios bonaerenses, pero gozosos para porteños abrillantados, en eso de gustos lisérgicos y por ende, caros.
Me fui al joraca, pero mi hermano mayor también. El dice que el destino de la patria es cosa juzgada y mete en la misma bolsa a cada coterráneo generacional, como hago yo ahora sumando a los hermanos menores directo (¿los ochentosos?) para tratar de dilucidar una respuesta que supere, el fácil desenlace de las culpas compartidas.

No voy a negarlo, perdieron, perdimos. Igual me queda una duda y es que quien ratifica la derrota lo dice desde lejos, con la higienizada distancia que te da el prestigio. Hay que respetarlo, desde el exilio supieron refrescarnos los ojos como pocos, algunas eminencias. Sucedió con San Martín, Piazzolla, hasta Borges se movía como pez en el agua y rescataba una Argentina imaginaria. También con los compañeros que, tras salvarse de las masacres, iluminaron denunciando desde el exterior.
Sin embargo, hermano, hermano del alma, te puedo asegurar que el afuera de ayer es bien distinto al de hoy. Es más, vos estás más adentro que nunca. Adentro es la ilustración, las bondades de las app, la manzanita, la supervivencia, la abundancia (de trabajo, de prestigio, de nombre). Adentro es el bien común, ese que se canta a coro, cual letanía y que todos los feligreses reproducen hasta el hartazgo, a partir de programas maurovialistas, para enseñarnos lo que es bueno. Acaso muchos de estos, hayan sido promovidos por otros hermanos mayores o mejores alumnos, hábiles en esto de inducir, sin preguntar.
Es que la tarima NYTimes, no da lugar a las preguntas. Se es culpable y ya. Nosotros (hermanos mayores), que somos otros (los que vienen después) pagaremos lo mismo. Una deuda interminable. Un dolor infinito.
Quizás por eso, a mi me gusta volver al pasado (lo dije más de una vez) y sortear los setenta, virar para los cincuenta, comprender los 30, la república española, los anarquistas, la asamblea del año XIII, el cabildo, el llano y el terruño.  
¿Qué ridículo, no, hermano? Y bueno, el "nos" tiene que ser superior al ego.







El nos, si se agota en nosotros (cualquier nosotros, el de Caparrós, Blaustein, el ochentoso, el millenian) carece de sentido.
Sentido, eso es lo que necesitamos Martín, no culpas. Sentido.