domingo, junio 04, 2017

Sueño de precipicio

No tengo la dicha de soñar en colores. Tampoco soy de los que recurre a momentos oníricos para producir cosas o sacar conclusiones psicoanalíticas. Y eso que tengo más sesiones que Charles Mason.
Sin embargo, ayer soñé.

Soñé con la convicción de que había padecido esto antes, atravesándolo más de una vez.
Nada del otro mundo: Yo, en lo más alto de un edificio, intentando hacer pie entre una cornisa y la pared.
Obligado a dar un paso y después otro, para llegar hasta una orilla lejana e inalcanzable.
Uno y otro. Uno y otro. ¿Se lee fácil no?...Suena sencillo. Pero no.

La convicción de mirar hacia abajo, la profundidad de un abismo que concluye en suelo y una segura muerte, en caso de equivocar el ritmo, angustia. Mucho.
Si vas firme hacia adelante, todo bien. Pero si los ojos se opacan con el abajo, la altura parece envolver como un imán. No cualquiera, si no de esos, de asustar.
Bambolearse, queda clarísimo, es caer.
Allá, incrustado como Olmedo.
Mi mirada hacia el precipicio, atrapa mis movimientos y me hace temblar.
No es como la chance del juego en cualquier cordón de la vereda. Nada que ver.

Ese espacio, inmenso, realzan lo pequeño de este -o aquel del sueño - mi cuerpo miserable.
Estoy convencido de que en alguno de mis pasos voy a trastabillar.
¿Alguien sabe lo que es el vértigo desde arriba en un edificio de diez pisos?

Y les aseguro que no puedo quitarle la vista al falso fondo que parece convertirse en destino inevitable.
Y encima esta pared al lado, esta puta pared que me limita.
Uno cree que podría ser de ayuda para hacer equilibrio, pero no.
Un rato después del sueño, consideré que sin ella, sin la pared, a lo mejor mi habilidad para caminar, se mejoraba.
Como quien recorre una soga, una baranda, un caño de pasamanos en cualquier plaza, o un subeybaja.
Pero no, ahí estaba la pared y ya buscando despertarme, empezaba a odiar más ese cemento, que sirve de sostén, pero que acota mis posibilidades, que lo que parece representar mi ya factible muerte segura.

Quizás, en los años de mi niñez, cuando pedía un deseo al atrapar a alguno de esos panaderos o después de sacar un boleto capicúa, sirvieron para hacer fuerza y sostenerme frente a tan asfixiante y demoledor sueño.
De chico, siempre pedía volar.
Ya sé, soy uno más de tantos.
Acaso influenciado con tanta revista de superhéroe, con eso de mirar hacia el cielo.
Buscando respuestas, o, para mejor decir, tal como Silvio en Me veo Claramente : "haciendo preguntas que ya conocías, con indiferencia ante el ya crecerás".
¿Habrá ayudado tanto deseo inútil para salir de este entuerto, un ordinario domingo de madrugada de un junio cualquiera?

Volvamos al sueño que estuvo ahí de ser pesadilla.
Admito que, si bien no soy de pasar seguido por estas experiencias, como dije, siempre pude colarme y salir de algunos entuertos. Algo así como decir, bueno basta, fue. Quiero salir de acá.
Y salí.
No caí, ni volé. En el acto, se cruzó llamar a emergencias freudianas, por una puta vez en la vida o escribirlo textual, sin acotaciones, enviándolo a la correspondiente escucha, esperando una urgente respuesta.
Ahí vino lo del peligro, pero sin pared, como alternativa para no caer y entendí que con esa salida estaba mintiéndome.
¿Quién sobrevive a un doble vértigo con dos precipicios separados por una mísera baranda?
La asociación barata podría colar el presente lidiando entre lo firme y la muerte.
Lo falsamente seguro y la nada.
Yo sé que estuvo jodido y no se lo deseo a nadie...salvo a quienes hayan acumulado boletos y panaderos.
Por ahí sí, zafan.
Como yo.