viernes, abril 21, 2017

Castelao, Van Eyck...lapiceando

Desde hace un tiempo, no mucho, cuando la atmósfera se torna densa y las palabras ensordecen todavía más lo cotidiano, elijo dibujar.
O mejor dicho, copiar.
Esta suerte de catarsis para depurar y silenciar las ideas, comenzó un par de años atrás con una libretita, motivada por los trazos de Alfonso Daniel Manuel Rodríguez Castelao, ese pariente de mi abuela que le sugirió tener un segundo hijo (mi vieja), "porque si se te muere uno como me pasó a mi, el dolor se hace insoportable", aconsejó en su momento aquel republicano gallego.











Médico, escritor, militante e ilustrador, quien se destacó como embajador de sus compatriotas en el exilio, refleja en un trazo sutil, sintético y despojado, la vida de los desclazados.
Y así está uno, lápiz y papel en mano, para reproducir el sueño de un guarda de tren, dos viejos sentados o uno, vestido de gala, saludando, sombrero en mano.






Ayer intenté ir algo más lejos en esta terapia solitaria, con una enciclopedia sobre la Historia de la Pintura. Aunque sea lo suficientemente consciente de mis limitaciones y asuma que este palo ya no será mío, intentar bosquejar algunos cuadros ayuda a pensar la energía desde otros aspectos ¿Perspectivas? Digamos.
 Y así un tipo dentro de un sol (si no es {él propio febo humanizado), pintado por William Blake en 1794, The Ancient of Days y lanzando rayos, obliga a aprovechar el sombreado del grafito para separar luz de oscuridad.

Claro que en el fondo, yo sabía de otro cuadro atrapante de este manual,  El Matrimonio Arnolfini, de Van Eyck. Como neófito, cometí el error de arrancar por la cabeza del mercader, Giovanni para empezar a copiarlo. En el acto cambié por lo que parecía más básico, la ventana. Y ahí, la primera sorpresa. El cuadro, les recuerdo es de 1434 y si se observa con atención, la luz que ingresa a la oscura habitación, aún en un espacio reducido, cuya iluminación da tal realismo que podría confundir ese espacio con cualquier foto digital de estos tiempos.



El retrato de don Arnolfini y su esposa Giovanna Cenami está plagado de simbolismos que un día de estos sumaré para deleite nuestro.
Por ahora prefiero quedarme con el increíble talnto del pintor flamenco para enlazar vestido y brazos a tal punto de volverlos indisolubles. Bah, a lo mejor, tal percepción, no hace otra cosa que ratificar mi ignorancia en este rubro, lo que puede convertirme en un admirador fácil.
Al menos, dos lápices ordinarios y una decena de A4, ayudan a hacer de lo pesado, liviano, lo rutinario, singular, lo esquivo, posible. Nada mal para primeros torpes (pero nobles) trazos.
Saludos.