sábado, marzo 04, 2017

Para contar

Me levanté colándome en una historia de Carver, ahí estaba el vaso de whisky en el piso, la casa americana entre lomas desérticas, la mujer tirada en la cama y el tipo con su insoportable resaca ahogado en sus angustias y consciente de que lo que se le está por venir.

Después salté al andén solitario y frío de una estación suburbana, cual Arlt y la mina llorando desconsoladamente por las amenazantes advertencias de su madre.

No conforme con esto, me refugié en la narguila del advenedizo  viajero y su extremadamente ingenua mirada respecto de las bondades que otorga el magrebí a quienes se desesperan por gastar su dinero en experiencias nuevas.  Seguramente Bowles lo pasará por las armas.

Salí corriendo con mi mochila entreabierta, orgulloso tras haber esquivado a la policía de la guardia, aunque algo ridículo con la ropa blanca y las pantuflas.  ¿Adónde puede rajarse un tipo, después de escuchar el peor diagnóstico? No quiero suponerlo, se lo dejo al maestro Burgess, sabio en resolución de bolonquis.

Eludí la psicología de la sexagenaria mareada en el shopping y espiada por Kundera.
Me sentí satisfecho por todos los referentes de la literatura y revisé titubeante otros que dejé afuera. Y sin embargo, a todos ellos los sentí lejos, como si en pocos días, la literatura se me hubiese convertido en un arte inútil.

En tren de buscar argumentos para descifrar tal vacío, me sueltan sencillamente que “fuimos malditos”, “nos hicieron un trabajo”. Me río, mucho, pero no estoy precisamente en sintonía con creerme los maleficios, ni pensar que el diablo volvió a meter la cola.

La terapia me está enseñando en serio a no victimizarme.

Y de golpe, las voces de siempre resuenan como un hit de radio repetido hasta el hartazgo. Me dan ganas de salir a tomarme un vino, a aguantarme en una plaza sin miedo, la llegada del amanecer, a enrostrarle a la lluvia que no me jode si no todo lo contrario. Con buena onda, me acusan de adolescente y el deber ser y el tipo modelo, comienza a comprender el pavor del padre difunto frente a una potencial ventana devenida en cárcel.

Y celebro, aún a riesgo de que el premio divino se transforme en nada, celebro digo, esta travesía. Ese barco del que hablé el día de mi cumpleaños. Sí, 53 es el barco, me digo y empiezo a entender algo que había escrito  hace un par de meses a pesar mío. A veces la literatura, como el inconsciente, puede ser anterior a los hechos.
A veces lo impredecible incluye una liviandad similar a la felicidad. Entonces vuelvo a los autores, a las canciones, a las películas que me enseñaron.



Moverse también es sinónimo a estar vivo. Aunque duela.