jueves, febrero 23, 2017

Tener suerte

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“Nunca me acompañó”, “siempre me esquiva”, “lo bueno le pasa a los demás”.
La lista de argumentos para describir aquello que termina por transformar un momento impulsado por la tan codiciada suerte, racha o fortuna, escasea en el diccionario de la vida.
Igual a no quejarse, sacar número bajo en la previa de la colimba durante los años malvinescos, sin dudas significó mucho más que haberse ganado un trasatlántico.
También sentir la dicha de amores correspondidos no figura en ningún bingo.
Pero eso es otro cantar.
Sin embargo, hay una jornada que quedó grabada en mi retina y a la que debo remitirme más atrás que aquellos jóvenes, torpes y titubeantes dieciocho años.
Ocurrió en la escuela 24 o 15 de Sarandí, del número no tengo idea pero todavía la veo a mi mamá chiquitita y nerviosa con su suplencia, bancando la parada del hogar e imponiéndome un faltazo, para acompañarla durante la larga jornada de sus primeras clases.
Debía ser agosto o el mes en que entonces se festejaba el día del niño. Aquellas celebraciones parecían más un mimo generacional de padres inquietos y ocupados buscando dejar una señal en sus crianzas, que el efecto comercial y marketinero de los últimos años.
Lo concreto es que en esa escuela, el día del niño tendría premios varios y uno mayor.
Calculo que rondaría mis ocho años entonces y que, cual mascota del aquelarre escolar (¿hay alguna  otra manera de describir a un grupo de maestras cacareando a coro?) era el más indicado para la noble y sana tarea de sacar papelitos de adentro de una bolsita de celofán.
Supongo que a los dos primeros ganadores, les habrá correspondido sendos libros. Afortunado el tipo que pudo sortear los obsequios. De recibir El lazarillo de Tormes o Platero y yo, lecturas obligadas y odiables, en ambos casos hubiesen impulsado desde el desprecio por las letras al chico más voluntarioso o acrecentado el perfil aburrido de la mejor traga, tal como describíamos a las pibas inteligentes de dudosa belleza (perdón niunamenos).
Sé que, en estas circunstancias, yo conservaba un numerito, el dos y que todavía faltaban un par más hasta entregar el máximo galardón.
Las históricas comandaban el acto y alternaban la mirada entre alumnos y autoridades, como un actor que olvida la letra y busca desesperadamente la ayuda de su apuntador.


El premio soñado no era nada del otro mundo, visto desde acá, ninguna play, ni monopatines, tampoco una bici. Pero gustaba. En un envolotorio gigantezco, la gran palangana bordó cobijaba autitos, pelotas, ladrillitos y muñecos, envuelta con el consabido moño rojo, presto para abrirse, apenas se conociera el resultado final.
La ausencia del primer citado, desembocó en una confusión extraña.
Así me vi sosteniendo al mismo tiempo, mi codiciado 2 y, revolviendo impune los números de la bolsita, bregando por una urgente coincidencia. Después, con la inocencia correspondiente de entonces, deposité el número retirado en la mano de quien supongo, era la directora.
Ella, altiva, enérgica y convincente gritó: “El ganador es el dos”, mi cara de angelito distaba y mucho del flequillo criminal - no a lo Balá, si no a Raimundo (el pibe del instituto de menores que enloquecía a Hijitus)- pero sostuve mi rostro serio cuanto pude extendiendo la mano.
Mi vieja me alzó feliz y pensó que el azar podría ayudar a acallar sus años vergonzantes por ser una prematura esposa separada y que la suerte, finalmente seguiría conmigo.
La trampa prescribió como la inocencia, en un solo día gané y perdí.
Gané la palangana aunque la alegría no fue completa, a pesar de que entonces no supe decir por qué.
La suerte estuvo de mi lado aquella única vez.
Igual, todavía no pierdo las esperanzas.
Por ahí el dos vuelve y me ayuda solito. A mi pesar.
* (la nota surgió a partir de la sección Crónicas timberas del suple de Diario Popular)