sábado, marzo 11, 2017

Nuestros libros

No toda la vida de un libro está necesariamente sujeta a su propio contenido.
Hay momentos en que su influjo corresponde a otros sentidos, quizás donde quede más graficado sea a la hora de compartirlos.

Hay libros que operan cual secretos, uno los cita, refiere a una situación del texto buscando la complicidad de quien escucha y sabe que si la respuesta es correspondida, ahí hay un código.

Es cierto que con el cine, las series e incluso la música podría suceder lo mismo, pero el valor íntimo de leer en soledad ciertos párrafos, ciertas circunstancias, le otorga un carácter privado, cuya aceptación puede desembocar en un estímulo nuevo para los sentidos, entre los lectores involucrados.

Hay libros que son como prendas, tesoros que se guardan o dejan en lugares donde podrán o no ser exhibidos. En este caso el sujeto lo suelta y la tapa, el sepia de las hojas comienzan a operar cual gualicho, también por supuesto inciden el título o la memoria de quién se pregunta cómo llegó ese manuscrito intruso a ocupar un lugar en el hogar.


Son libros con olores, con nombre y apellido. Ahí, para leerlos, ahí para el olvido.

Hay libros que funcionan como llaves, en este caso, uno los comparte con un propósito, a veces lo admito, manipulador, a veces, con la intención de ayudar a algún lector/ra distraído/a.
No hace tanto, compartí uno con una colega que me confió su crisis familiar (o creí ver eso) acepto que al tiempo me enojó saber que ni había intentado hacer el esfuerzo por leerlo. En su indiferencia o falta de voluntad por espiarlo, interpreté que su queja continuaba intacta, lejos de ser una llave, el libro cual candado, seguía vaya a saber uno por qué, en algún lugar dormido.

Hace unos días, después de atravesar un problema de salud, me dijo que lo estaba terminando.

Durante muchos años, el libro supo ser objeto de culto entre los amigos.
Celosos los conservábamos, cual monedas de oro y dudábamos con soberbia sobre quién era y quien no, merecedor de recibirlos.

Hoy, Jorge y Marcelo, por ejemplo, me enseñan a desprenderme de ellos; soltar no es para cualquiera, pero conociéndolos celosos también en la lectura, supongo que detrás de esa generosidad, los tipos deben tener otros cometidos.
Es que nadie sabe realmente hasta qué punto inciden en el Cosmos algo tan pequeño e insignificante como es ese miniladrillo de papeles prolijamente atados.

Hoy todavía me pregunto dónde habrá ido a parar el que le di a Néstor, nuestro amigo recientemente fallecido. Asumo ¿perversa? o concienzudamente que cuando le di "En cinco minutos levantate María" (Pablo Ramos), era consciente de que no iba a tener chances de recuperarlo,
Supuse que la historia de la mina, lo abrazaría en las horas finales de su dolor, que la muerte y sus formas conversarían con las angustias internas del Cabezón para sortear o llegar a sendas respuestas que se asemejen a esa calma espiritual que puede transmitir, a veces, un exquisito personaje de ficción.

Hay libros que te pesan aunque parezcan cortos.
"¿Por qué tenés que terminarlo? ¿Por que es Saer?", me preguntó Capi ayer a propósito de "La Ocasión". Yo le expliqué que el libro me estaba acompañando a medias en este particular presente en trance. Y sin embargo, ayer desde temprano, la frase del santafesino descubierta en el subte D, empezó a taladrarme la cabeza.

"...perdido en pensamientos que le hacen chispear de rencor los ojos"
Estaba yo en Belgrano pispeando por tercera vez una casa de frutos secos, a la espera de no sé qué gesto amoroso, cuando decidí abrirlo y leerlo por enésima vez.

Ven, eso es lo que sucede con los libros, uno quisiera chorearse ciertas voces del autor, cierta construcción y cargarla consigo mismo para siempre. Pienso en su sentido demoledor, en qué parte de Saer me alcanzó o afectó en relación a mi historia personal. Pienso en la genialidad de un escriba al descubrir que un texto de sólo un par de líneas puede ser trascendente, aunque ese libro no se haya vendido una mierda.

Pienso en tantos tesoros ocultos y en los escasos ojos para mirarlos, bocas para contarlos, oídos que sepan escucharlos, acaso hoy más distraídos por la negrura de las noches chatas, o la incandescencia de las miles de pantallitas encendidas de sol a sol.
Pero guarda, atenti, Nuestros Libros, igual que los universales o los malditos, tienen su influjo.
Sépanlo y cuídense.
Quizás un par que estén a su alcance y, a pesar suyo, ya empiecen a lograr su objetivo.