domingo, agosto 21, 2016

En casa no somos de hacernos selfies

...guarda, no es de engreídos, ni de contreras, pero no nos da.
Por ejemplo, en el día del niño de esta fecha, que celebramos más pensando en mi sobrina que en mis hijos (hoy como buenos adolescentes se resisten al saludo, pero no a los regalos), no surgió el impulso de fotografiarnos. Simplemente no nos salió.

Aclaro que no es nuevo y que, el hecho de ser grandes y no contar con ese hábito, nos hizo perder muchas imágenes en el camino.
Y eso que guardamos muchas.
La mejor prueba la dio un viaje a Marruecos, los amigos pueden dar fe de que estuvo buenísimo, ahora no contamos más que con nuestra sesuda memoria para recuperar aquello vivido. ¿será algo de impotencia?
De España, por ejemplo, nos quedaron una tanda de fotos blanco y negro, sin entender demasiado por qué llevamos un rollo de ese tipo. Supongo de descuidados. Lo admito, de despelotado, yo solito.

También en Bolivia nos pasó algo parecido.
Igual hay una explicación. O una argumentación. Por momentos entiendo que la travesía te lleva a esa disyuntiva "o lo vivís o lo guardás" y uno, falsamente inmortal, en muchos casos optó por lo segundo.

Es que las cosas, los lugares, los momentos, se atesoran con todos los sentidos. Hay mucho de impostura en esto de frenar la vaguedad de pensamientos, una rosca o un enojo familiar, la observación del entorno, para amucharse a amildonar una sonrisa, que simula un instante único o magnífico.

Ahora con más frecuencia veo que estamos obligados a eternizar momentos inolvidables...sólo para nosotros. Como si uno perpetuara un halo de trascendencia en cada toque de pantalla.
Siempre existe el interrogante sobre el ser y el hacer. Hoy prima el estar y el parecer, el permanecer y evidenciar lo que ocurre, reforzando la noción de evidente. Pero sospecho que reducir esto a lo visual es falaz o tramposo.

Decía que en casa no somos de hacernos selfies. Igual no voy a ser ingenuo ni necio.

Hoy quiero guardar las carreras de Julia por el fondo, aprisionando florcitas, luchando con una caña, contra mi falsa espada.

A Cata, entre temerosa y curiosa pispeando el primer capítulo de Stranger Things y con ganas de más helado.

Gabriela sumando la segunda tanda de su boloñesa a mis ñoquis que salieron bastante bien, separando o relojeando piedras extrañas y caracoles de vacaciones pasadas.

Aldana aceptando no muy convencida el libro de Jane Bowles, pero devolviendo el gesto con una sonrisa amable.

Mi suegra compartiendo con Saverio el recuerdo del día de su boda, con los familiares "todos alcoholizados", aunque haciendo de aquel instante un perfecto cocoliche, para parodiar a su abuela.

Mi hijo revisando la memoria más reciente, el cumpleaños de una amiga quinceañera, impresionándose de toda la audiencia femenina y su capacidad para dialogar entre sí, pero sin soltar la tablet, iphone o sus variantes, ni una sola vez.

A mi madre, apuntando sus ojos al cañaveral vecino y la arboleda, haciéndole frente a la brisa sureña y gozando del sol "porque los departamentos te privan de estos momentos".

O a mi hermano, apurando a Saverio con los pokemones go, con el único propósito de robarle una carcajada, pero sin suerte. Y un posterior bajón que comprendo.

Demasiado cargado el combo como para alterarlo con una orden kitsch, instalada por la mágica palabra impuesta cual ordenanza "whisky".

Mejor seguir así, a confiar en la memoria, en las sensaciones a recordar, en el intercambio genuino de futuras charlas, entre balbuceantes sentimientos. Y, si pinta, de vez en cuando, una foto para guardar.