martes, julio 12, 2016

Desarmando un Jorgito

Por ahora la ola polar, ni pinta.
La caminata por Sarandí es a pleno sol y diez cuadras puedan dar lugar para aprovechar la ausencia del frío y de paso, darme el gusto de alguno que otro antojo.
En el quiosco de ofertas varias, hay Refresco, mis pastillas preferidas, siempre en aparente extinción y un bocadito Jorgito.
Que me hablen de derroche ellos, justo en el peor aprovechamiento de mi aguinaldo de toda mi historia laboral.
Pienso en esa especie de juego que significaba despegar la parte metalizada del papel ordinario. Supongo que a mi hija, poco o nada le interesaría intentar tal pericia, por esto de no separarse de la nueva tabla (de la ley) que la lleva a conectarse con el mundo y separarse de todo su entorno a voluntad. ¿Que hubiese sido de la madrastra de Blancanieves con un celu huawei? A lo mejor la piba de la manzana seguía con vida y los enanos, en su mundo.
Tampoco lo provocaría a mi hijo en este desafío inútil de solitaria habilidad. Esa de quedarse con el metalizado intacto, sin una sola quebradura. El flaco está en otra y ninguna nimiedad nostalgiosa, logrará encandilor o sacarlo de su embobado interés por las   enseñanzas británicas.
Después, pasando la escuela 22 y antes de cruzar Mitre para encarar directo al diario, calculo que en algún momento, los adolescentes de vista corta y obsesiones aplicables (hablo de la adolescencia en general) se prenderán con semejante pavada ¿antiestrés? con los papelitos dulces, del mismo modo que muchos pibitos celebraban jugar con maderitas, broches y envoltorios, en lugar de autitos a control remoto.
Qué se yo, autosanata consuelo será.
Por las dudas, el papel del bocadito Jorgito, todavía sigue en el bolsillo derecho de mi campera.