domingo, junio 19, 2016

Padre hijo / Hijo padre ¿capicúa o dominó?

Por años fue un día más. Como si no existiera la fecha. Con padrastro cerca y biológico lejos, lo más cercano a un rol querible, se relacionaba directamente a mi entrañable abuelo, que asumía ese baile con creces, a pesar de su cautela.

Con el tiempo, decidí adoptar a los mejores padres en la materia, según el rubro (música, literatura, deportes), espiritual (en mis años de catolicismo), ideológico (en los de convicción agnóstica) y toda alternativa que se cruzara en el camino, como para demostrar que, la ausencia no era otra cosa que lo más parecido a un circunstancial de lugar (o no lugar).

Despegándome de la adolescencia (con su consabida crisis) y adentrando a la adultez, supe jactarme de una falsa clarividencia en cuando a mis propósitos vinculares. "No sé si seré un buen esposo, pero sin discusión, me imagino y me veo como un buen padre", predije canchero.

Así y todo, renuncié por años con mi pareja a esta posibilidad. Acaso tal futurología narcisista, estaba más en sintonía a una imaginación ignorante que a una circunstancia concreta.

Hoy, algo más de quince años de transitar el baile de ser padre, me alegro por no sostenerlo solo, pero lamento que el tiempo vuelva a sopapearme, en un falso formato capicúa domino (todo viene, todo va)

Añoro esa tarea primitiva y elemental que representa acompañar a los hijos desde la infancia, los primeros sonidos, gestos, vocales.
Las reacciones a tientas (ensayo/error), las miradas fundidas en un mismo punto, las canciones a coro, el valor de tomarse de la mano, de revolear el amor apuntándole al cielo para atajarlo con increíble maestría.
Aprender de los nervios chiquitos de aquella que intenta una primera coreografía, o de las lágrimas de odio, con el primer penal pateado.

Ser padre de adolescentes resulta tan denso, como ser hijo adolescente.
No hay pregunta que se resuelva con una sola respuesta precisa, ni consejo suficiente como para evitar cualquier dolor, cualquier daño.
Padres e hijos/as estamos ahí, para probarnos, para aprender, para pifiar, para volver a no saber.

Y es así, cuando se mira la historia de la humanidad, primero, la del árbol genealógico, después, por fin la de los seres queridos en el entorno, la que te cuenta alguna revista, a fin de salir de la deriva, con manotazo de ahogado.

Y mientras mi hijo canta a Robert Plant, como para enorgullecerte y la muchacha resuelve en una pirueta todo su encanto; mientras un collage improvisado de dibujitos a las apuradas, sanea la falta de regalos,  uno entiende que ser padre hoy es gozar de todo esto, pero con dientes apretados.
No sea cosa que se den cuenta de la alegría y acallen cierto entusiasmo, con uno de esos reproches, que supimos conseguir, ahora, cada vez que nos pelean; que supimos expandir, en nuestros tiempos mozos, heridos allá lejos por adolescer.
Como sea, a evitar el capicúa que empantana el rol y relación y a confiar en el dominó, que enlazará nuestra función primaria (de padre-hijo-padre-hijo) hacia este inevitable devenir.