jueves, marzo 24, 2016

24-40 en Jueves Santo

Entre resaca, post futbol, vacío y fritas y regreso a casa de madrugada, ya 24 de marzo de 2016, se cruzó pensar un almuerzo en familia donde uno pudiera compartir desde otro lugar la memoria de aquel día del golpe.
Las conversaciones en casa con los adolescentes, se vuelven cada día más espaciadas y hasta dolorosas. Me dicen que es la edad y "a bancársela", pero renunciar a la complicidad que nos acercaba un año atrás, deja heridas abiertas. Desolación.
Pero bueno, eso es otro cantar, lo que quería era que los chicos pudieran dimensionar aquel momento en el que colgadísimos celebrábamos la falta de clases por el golpe.
"A nuestros doce años...", especulé antes de contarlo, en la cama, armándome un speech pero siendo sincero, uno tenía dos chances: meta futbol en el potrero, o juntarse con los amigos a escuchar una y otra vez, alguno de los discos nuevos de los otros.
Programas que generarían envidia hoy quizás, entre tanto vértigo y conexión zombie.

Pero había que desarrollar algo más que la vuelta a casa del cole o el partido de Argentina-Polonia. Entonces, ver a la selección importaba poco.
En esa manera de bucear desordenada, me llamó la atención que un momento tan doloroso para nuestra historia coincida con el jueves santo. A los 12, la fe fue como un refugio por lo que uno tenía más que claro, además del rigor del ayuno, no comer carne y no sé cuantas misas, que el jueves era el día que mataban a Jesús.
Pensé y luego hice efectivo el combo en el almuerzo de sumar Jesús y golpe en el relato.
Mi hijo me provocó cuestionando su existencia y celebré su trapisonda.
"Es cierto,  si existió", lo corrí.
"Papá fue muy creyente", informó él a su hermana alardeando, "hasta que tuvo una gran frustración", replicó haciendo eco de un argumento de vaya a saber uno qué abuela.
Jaja, fui cristiano, ateo, peronista, futbolero, fanático de Spike Lee, de Kundera, por supuesto charlygarcista y entre cada ideología sumé frustración tras frutración (digamos, pa exagerar un poco)

Me acordé de la profesora de ERSA, hoy sería Construcción de la Ciudadanía, que nos amenazaba por jóvenes o adolescentes, "prenderlos fuego en la plaza", sugería sin mencionar a ningún en particular. Aunque todos sabíamos que era antiperonista.
Del día que la Wais, una profesora chiquita de matemática, nos ordenó tirarnos al piso en el ENCA (Comercial de Avellaneda) luego de un tiroteo callejero. Fusilamiento barrial.
Mi hija se enganchó con la anécdota como pudo y no la culpo.
¿Tienen que saber todo los pibes a los 12 años?, dudé, acaso justificando mi ignorancia de entonces, volviendo por Mitre y atravesando el viaducto, sin saber qué carajo significaba la palabra golpe.
¿Les cuento de los vuelos de la muerte? ¿de las mesas de tortura?
¿Del recuerdo de Felix Bruzzone cuando a su padre lo colgaron y le pasaron una plancha por el cuerpo? (lo leí hace un par de días en Anfibia y lo compartí en el post anterior, y todavía no se me borra de la cabeza) No, mejor no, aunque intuyan lo peor.

Sí creí bueno recordar otros aspectos más siniestros pero espaciados como la mención de alumnos en el aula, para ser retirados de la sala para siempre.
A modo de ¿homenaje? o de sentar posición sobre el dolor del Nunca Más, les conté de mi amigo Osvaldo, compinche de Toto, el hijo de Azucena Villaflor.
"Ella encaró a la policía porque se habían llevado a su hijo, una mañana fue a comprar el pan y no volvió más. Toto se quedó sin hermano y sin mamá".  
Gabriela sumó a Astiz infiltrándose en las reuniones de las primeras madres, para explicar cómo se desencadenó la desaparición de la mamá de Toto.
¿Entonces fue importante?, soltó mi hijo, tras enterarse de la calle de Puerto Madero que hoy la honra.

Después la rutina caracol dio por concluido el almuerzo.
Un rato antes, temprano, otro dolor caracol, nos había puesto cerca de la discusión a Gabriela y a mí, en relación al destino de nuestro país.
Obama es el fiel reflejo de lo que nos sucede siempre, "y siempre nos pasará", dedujo ella.
Y así, sacando cuentas, un golpe del 30, 15 años, el del 55, 7 años y después interrumpido hasta el 73, el del 76, ocho años. Los golpes y las conductas que nos obligan, nos fueron determinando.

Yo creo que tantos golpes fueron signado nuestro ADN. Cuando leo a los que ponen en la misma balanza a los montos o a la juventud con los milicos, especulo sobre cuánto de más de ese ADN que nos conforma, poseen ellos.
Sé que con la memoria no alcanza, pero la memoria también nos refiere, nos conforma como sujetos.
No quise ir a la plaza, no por temor, aunque con los amigos de ayer a la noche, sospechamos potenciales provocaciones. Pero aún guardo alguna vuelta un jueves perdido allá lejos, cuando la vuelta a la democracia era inminente. Fui solo, sin los amigos de la iglesia pero con la frustración de la complicidad de alguno de ellos para sumarse a esa cita. Quizás esa haya sido una de las primeras, mi hijo no se equivocó, en relación a la fe.
Como corolario, ayer en el laburo amplié todo lo que pude la tapa de un diario de entonces:  el 24 de marzo de 1976, cayó un miércoles, como debía ser.
El otro calendario habla de miércoles de cenizas, después vienen el jueves y viernes santo, sábado de no sé que (¿será el sábado el día del diablo, jaja) y domingo de gloria.
Ninguna gloria recuento en este repaso. Sólo espero que sean 40 años los necesarios, para trastocar ese ADN maldito que a mi generación nos fue amoldando, almidonando.
Y que en nombre de sostener a nuestros hijos en su supuesta inocencia (por silencio, por omisión, o simplemente porque es más fácil no contar lo doloroso que hacerlo), no terminemos de darle de pastar a las fieras del germen autoritario, del que fuimos/somos víctimas.
Ese que también forma parte de nuestra dolorosa argentinidad.

*http://labocadora.blogspot.com.ar/2015/12/azucena-villaflor-1970.html