viernes, septiembre 18, 2015

Bicicletas y senderos

Hace un par de días, antes de entrar al laburo, la imagen del pibe matando el tiempo con su bici en la cuadra me retrajo a años mejores:
"Vi a un pibe ir y venir en bicicleta por la misma cuadra y extrañé cuando la vida era de esa manera", solté vía facebook y lo que fue una falsa reflexión interna no falló: Amigos y gente querida de distintos tiempos comenzaron a acompañarme en esa foto imaginaria, vaya a saber uno por qué motivo, remitiéndose a un revival que terminó incluyéndonos a la mayoría.

Rebuscado, retorcido, ayer, vislumbré un pasado no tan grato, pero en esto de comparar uno supone que las infancias idílicas son las de uno y que dicha condición, de algún modo barre de aquel pasado a nuestros días, inventándose que salvo las hambrientas, todas las infancias de todos los tiempos aluden a la felicidad.

Lo concreto es que apareció un diminutivo que mi abuela solía utilizar para hablar de su papá, Angel Petracci. "Mi papito era un santo, era un tipo tan bueno", contaba Dora y uno ante semejante descripción no hace más que tomarla como irrefutable. Aún con ciertas reservas ("siempre colocaba una fusta detrás de su silla a la hora de comer, pero nunca la usó", juraba y perjuraba la susodicha, ratificando hasta en eso su extraña admiración), uno, decía, pensaba en qué momento el diminutivo se habrá adueñado de su lenguaje y en esa invariable y recurrente manera de recordarlo.

Sí, ya sé, esto no tiene mucho que ver con la bicicleteada, es más de aquel Angelito y su niñez, nada sé.
Lo que sí puedo jurar con certeza es que mi bisabuelo, se volvió loco.
De buenas a primeras, un día, se colgó de la lámpara de casa o algo así, para iniciar una suelta de disparates que terminaron trasladando al obrero de Rigolleau, a Open Door, sin escalas.

Hace muy poco, una funcionaria de Berazategui que sabe mucho de efectos colaterales y secuelas de la bendita fábrica de nuestra Ciudad del Vidrio, me confió algunos daños o consecuencias doloras entre quienes deberían desarrollar su labor a 600 grados de temperatura, entre soplidos de botellas, hornos toscos y una falsa miel asesina.

Y ahí anduvo el italiano, quince años o algo así haciendo de los senderos del loquero un camino de interrogantes, vaya a saber uno encapsulado en qué lugar de su memoria.

Y allá iban mis abuelos, cada fin de semana, si podían, de Berazategui a Open Door,  imagínenlos, utilizando su franco, resignando la huerta y las flores del hogar (sacrificando seguramente algunas), con una ollita de fideos y tuco, para alimentar al hombre ya sin fusta.

Ángel, me contó mi abuela sobre el final, mataba el tiempo cociendo los botones del resto de los huéspedes de ese hotel lleno de lunas y sin estrellas.

Mientras reviso mis equívocos recuerdos intento develar o hacerme alguna idea de cómo pudieron ser aquellas charlas entre Pascual y su suegro demorado. También el retorno de ellos al sur, con la caída del día y las idas y venidas de un tipo delgado con bigote al estilo Caparrós, durante toda la semana a la espera de la siguiente visita, mientras la influencia de un fuego silencioso latente continuaba trabajando por su cabeza.

Tengo entendido que después de mucho tiempo, salió, que vivió en Quilmes y que su final fue más desgraciado que aquel encierro.

Como un idiota, ayer se me cruzó googlear su nombre vinculándolo a la fábrica o al manicomio, a veces uno juega con la web y navega como si fuese un libro que todo lo ve, o que todo lo vio.

Pero como sabemos, aún con la escritura árabe, los días se viven de atrás para adelante y se escriben de aquí, para atrás y en tanto y en cuanto la máquina del tiempo continúe siendo una buena idea no descartable, todavía google tiene sus limitaciones. Por lo pronto, yo ya hice de la bicicleteada de un pibe de hoy, mi mejor recuerdo del ayer y del sendero en el medio del campo, un instante solitario, a modo de acompañar a mi bisabuelito. Aunque sus percepciones de entonces, ya no las descubra nadie.