jueves, abril 09, 2015

Lo público, lo privado, ¿o es al revés?

Después de las jornadas diwanianas, es justo hacer algún tipo de meaculpa.
¿Cómo? Si yo sólo estoy mirando lo que el tipo salió a ventilar, sin importarle nada.
Sucede que para quienes estamos afuera de la exposición mediática, nos resulta más que sencillo usar el dedito acusatorio señalando las barbaridades de la que pueden ser capaces algunas personas.
Aclaro que no voy a salir en defensa del macho despechado, nada más lejano uno de este exhibicionista de miserias.
Sin embargo, admito que hay reacciones familiares en las que uno se ve involucrado, donde el proceder no está tan distante respecto de hacer revelaciones vergonzantes.
De hecho, algunas reuniones, de esas donde se come y se bardea entre bocado y bocado, se puede llegar a lastimar a aquello que más se quiere.
En general, las charlas arrancan con esas "debilidades" de nuestro entorno, siempre contadas en tonos de broma, disfrazando o tamizando alguna crítica o defecto más profundo.
¿Se puede ser tan hijo de puta?
Podría preguntarse, algún purista al leer este comentario, dudando de la honorabilidad de quien escribe.
Y la respuesta queda en uno.
Quizás habría que revisar los momentos en que los chicos se nos van de las manos, o la pareja no atraviesa por la etapa dorada del entendimiento; las relaciones con madres, padres o suegros continúa tanto o más tirante que antes y se dificulta decirle a los amigos que tal o cual actitud no fue de lo más acertada.
Quizás todo esto lleva a que la visibilidad de los problemas salgan a la luz en las circunstancias menos ideales.  Bueno, siempre es así.
Entonces hay reproches por estudiar o no, por no acompañarnos en los mismos proyectos, por no entendernos o tratar de entendernos mejor.
Ahí, sí, la casa se convierte en un gran reality y que nadie ose venir con su índice a marcarnos nuestros karmas cotidianos.
Si uno pudiera equilibrar intenciones y deseos propios con los sueños ajenos, hacernos de abajo (frase que me encanta) sería aprender a convivir y a callar.
Aunque la tentación de nuestros Intratables de sobremesa, nos haya acostumbrado al remanido y dañino efecto de sacarnos los trapos al sol, por que sí.
Verguenza ajena debería darnos.
Bah, debería darme.
(En eso Diwan no tiene nada que ver)