viernes, marzo 06, 2015

Rituales que extraño

Caída la tarde, después de transitar un día franco que poco tiene de viernes venerado del pasado o de canciones exitosas, de la nada reaparecen las ganas de lo que parece ser ya un viejo vicio por fumar pipa. Extraño la ceremonia del hábito que adopté involuntariamente, acaso emulando a algún escritor o como fallida aproximación a una voluntad intelectual, que poco y nada tiene que ver con uno.
Eso de fumar y escribir, o después de comer, o de horas tempranas cuando la ansiedad se anticipaba al arranque diario. Hace poco, en el galpón, ordené viejas latas que ahora funcionan como recipientes de semillas envejecidas. Latakia, Peterson, son nombres del tabaco elegido en hebras.
Me acuerdo que darse el gusto por conseguir una, era como quien reserva las monedas para un postre, un disco, o una revista.
Y enseguida, encadeno un ritual anterior que remite a mis historietas.
Mientras hoy me cruzo (o puteo) a mis hijos colgados a sus vicios tecnológicos en la puerta de su adolescencia por esto de no aprovechar el tiempo, rememoro otros viernes más benditos, donde la feria de barrio oficiaba de biblioteca.
El dos por uno del canje de revistas Tony y Fantasía, más las de los superhéroes de Editorial Novaro, me permitían hacerme una panzada a la hora de la siesta con la obligatoriedad de leer al menos ocho ejemplares antes de estudiar o salir a la calle.
Entonces, El Fantasma, Mandrake, Roland el Corsario, por qué no Pepe Sanchez, se colaban entre Canario Negro, Atomo, Fantomas, Lupín, Isidoro y hasta el zarpado de Piturro. Ya sé, los más afortunados se jactaban de Manara, pero a nosotros nos quedaban las chicas ampulosas que el morocho sabía apretar. Suficientes cuadritos como para dispararnos el deseo.
No van a encontrar acá el ritual de ir a bailar los viernes, porque no daba la guita para eso. En todo caso, tal salida constituía una increíble ocasión, como más tarde lo serían los ahora añorados recitales. Viajar, en ese caso y la previa, tenían más de aventura e ilusión, que de "entonarse para gozar el durante".


Ya de grande, el deambular por Corrientes fue un ritual obligado. Si la Acción Católica y Sarandí, sirvieron para la actividad social en sincronía con la amistad, las caminatas solitarias por el Centro, con las consabidas y reiteradas visitas a librerías, disquerías, espiar carteleras y por supuesto, no perder de vista a las muchachas en igual trance.
Aclaro que no es nostalgia, parafraseando a Vicentico, sólo un momento. Por supuesto que surge la tentación de reprocharse dónde quedó todo esto y cuesta esquivar el foco de responsabilizar al matrimonio, a los hijos, al laburo. No necesito sostener la solemnidad del ritual, la vida lo confirma.
Obviamente que algunas reuniones se extrañan.
A veces filosóficas, otras (la mayoría) referidas a boludeces; ayer, en una entrevista telefónica para el diario Montaner, contaba que cuando viene "A la noche me voy a cenar con amigos y nos quedamos hablando de cualquier cosa, menos de nada importante", buena síntesis para reflejar saludables hábitos extinguidos.
Algunos rituales, sin embargo, están ahí latentes por emerger. La libretita y las ideas a punto de efervescer (por más que el término no exista o sea considerado vulgar) abre puertas e interrogantes.

Abro paréntesis: antes de los rituales, después de charlar con un conocido mecánico, volví a lamentar ese lugar que da la formación social, en contraste con los oficios. Después de los cincuenta, uno sólo es lo que es y entiende que para lo único que sirvió estudiar tanto, no fue en un sentido práctico, sino para sumar más y más y más preguntas. Paradójicamente en la mayoría de ellas, las respuestas poco importan o no satisfacen. Cierro paréntesis.

El ritual de bicicletear, se va recuperando, lo mismo que caminar.
Extraño las lecturas vertiginosas de los comics, aunque por suerte, siempre hay un libro a mano para compensar primero aquella formación preadolescente y recompensar después hasta el momento de cerrarlo.
La salud, o mejor dicho la tos, las alergias, el aire, me privó del hábito de pipas italianas (más económicas), del sobrecito de Dolar (tabaco en tiempos de crisis) y de fumar a la intemperie y en soledad (para evitar el lugar común de "fumás pipa ché", más las consabidas y arbitrarias explicaciones)
Aún conservo varias, menos revistas (las Humor las doné a la biblioteca Moreno de Berazategui), tengo lapiceras pero no sobran, aunque de libretas no me puedo quejar. Siempre digo y me prometo arrancar. Hablo de escribir, no fumar. Bue, ¿si se da?