martes, diciembre 23, 2014

Selfie, confundir lo mismo con lo propio

Esa fascinación por autofotografiarse o anteponer la imagen de uno por encima de lugares, tiempos, afectos, genera cuanto menos algunas preguntas sospechosas.
Porque estoy convencido de que así como la sola mención publicitaria "be yourSELF" no desencadena necesariamente el hecho de serlo, tampoco el acto sincronizado de pulgar e índice, nos vuelve protagonistas por un simple clic.
Y la mención de "lo mismo" (self), salta directo a cuestiones filosóficas que podrían aludir a la mismidad del ser.Acaso influenciado por lo que en antaño uno pudo recorrer a tientas entre palotes del pensamiento a partir de textos de Heidegger, o al acuñar la hoy remanida frase sartearna respecto del "ser y la nada".
Dudo en que haya una cuestión profunda dentro de la pose digital surgida en principio por las celebridades y hoy expandida, cual muletilla global.
La discusión acerca de "Por qué es el ente y no más bien la nada" del filósofo alemán en nada se parece a la de las adolescentes posando en un baño, o las de Obama y Merkel, para hacer de un acto solemne o ceremonial en un gesto pícaro y cómplice. Y sin embargo, uno que sospecha de "las tendencias que llegan para quedarse", hoy desconfía hasta de los dedos en V (dude que emulen al peronismo o a la paz  mundial de años hippies) o de las lenguas inclinadas a un costado. En este sentido, la web alude a sacar la lengua como un acto diabólico que va mutando en todos lados, emulado en estatuas antiguas y fortalecido en íconos rockeros como, obviamente los Stone, Kiss y otros. Igual, no me cierra esta teoría, pero dicha hipótesis la dejo stand by.
Lo real es que el acto reflejo de posar parece anteponerse a los momentos como si cada sujeto fuese protagonista de la humanidad. Trascender es mirarse fotografiándose. Raro.
Fue desde el Oscar donde se coronó o, mejor dicho, se amplificó el nuevo ritual a partir de Hellen DeGeneres. Claro que esto no es nuevo.
Se sabe que los yankis son expertos en esto de industrializar las imágenes. Si años atrás los japoneses se expandían en todo el mundo anteponiéndose a piezas artísticas y paisajes, con la incorporación de los eventuales turistas en una foto, los norteamericanos, doblaron la apuesta en esto de perpetuar su consolidación imperial: alcanza con un plano corto por encima de la Torre Eiffel, el Taj Majal o cualquier pueblito perdido para dejar en claro quién es el verdadero (si no único protagonista de la escena).
Ya en la guerra del Golfo, lo habían hecho los sacrificados valientes soldados, junto sus enemigos vencidos y torturados, pero ese es otro tema. Igual, sería muy loco pensar qué hubiese ocurrido en la Argentina si al Tigre Acosta o el ángel Astiz, les daba por un ataque de narcisismo y contaban con celulares o smartphone para eternizar su "heroica batalla".
Como sea, hoy por hoy todo es fotografiable, siempre y cuando ocupe el merecido lugar secundario. Así, por ejemplo, una colega contó que la gente se puede fotografiar con Francisco (o para ser claros, Francisco con la gente), por sólo cinco euros; el viejo de José Mujica, decían los diarios hace poco, se va desasnando en la técnica del selfie y no hay maestro, gerente o laburante que se resista a compartir la escena teatral de apretarse para contar con ese lugar privilegiado que abarca 8 x 11 cms cuyo rebote quedará guardado hasta el infinito cual pintura rupestre de Lascaux. Si nadie la deletea antes sin querer, claro.
En síntesis o en principio, no creo que sea casual que el gesto que tanto seduce a las masas, provenga de referentes mediáticos consagrados. El mito de Cenicienta ahora se contagia con la ilusión capitalista de suponer que la tecnología termina igualándonos.
Por ahí, una selfie nos hace sentir a todos que somos parte de lo mismo. Lo propio, en cambio, todavía excede la imagen. Aún cuando lo privado no resulte tan redituable, o en apariencia, represente un nolugar.