viernes, junio 27, 2014

Ganar sin Diego

Por enésima vez y, separando las aguas de la discordia, ratifico mi desprecio a las arbitrariedades de Don Julio. Sin embargo, creo que nunca como en este mundial queda tan en evidencia el posible fin de ciclo de Diego Armando Maradona. Ensalzado por todos, castigado e indultado y vuelto a castigar hasta el infinito, entre quienes intentamos recuperar desde lo más profundo de cualquier piedra el adn de nuestra argentinidad, debo decir sin embargo, que ningún momento es más propicio que éste, como para abandonar su devoción y darle paso al hijo pródigo
Porque a esta altura y después de sus caprichosos castigos y respaldos a los muchachos, no caben dudas de que Diegote quiere toda la gloria para sí. "El éxito argentino es mío o de nadie", debe pensar el hombre, entre la recuperación de Ojeda, los mimos de Rocío, los dólares de Venezuela y el beneplácito oficial.
Si todos los que defenestramos a Pelé por su obediencia casi servil y silenciosa pensamos que los gritos de Pelusa pasan desapercibidos estamos equivocados. Por eso el rey del embrague (por citar una de sus charlas con el presidente Correa, en cada balbuceo de dezurda), hoy insiste en perpetuar la gloria argentina, sólo a su nombre. No corresponde maestro.
Ya operaste en familia contra tu ex yerno, lo que derivó (aunque Giannina se haga la tonta) en su lesión (física y mental), ahora condiciona al potencial de Lavezzi, ningunea de a ratos al crack del Barsa y hasta dice que Fideo Di María se pasa de rosca.
Autorreferencial, se pega al rol de víctima de Luis Suárez para aprovecharse del falsamente analógico desenlace de su adiós en el 94, con esta sanción merecida, aunque exagerada, en contra del delantero del Liverpool.
Acaso, para los devotos de la iglesia maradoneana, sería bueno ponerle fin a la credibilidad sumisa de sus caprichos y dejar que otros referentes de estos tiempos, como Manu Ginobili y el propio Lio, tomen el cetro de una nacionalidad distinta. Esa que puede lucirse sin cancherear, ni morfarse de los otros. Una, silenciosa que privilegia el buen juego, pero también el entrenamiento comprometido y la inteligencia, sin descuidar la picardía, pero también sin ningunear el esfuerzo colectivo.
Que sea Messi o lo que venga. Que nadie interprete una mirada sesgada o discriminatoria, apenas pensar que se pueden proyectar nuevos modelos deportivos en la tan mentada y buscada identidad nacional.