lunes, julio 29, 2013

Post museo de barrio

La caminata accidental por Bera nos llevó primero al De Vicenzo, donde la muni convocó a algunos artesanos a otra iniciativa como de artistas/artesanos para crear, embellecer, examinar o indagar acerca de materiales y estética. Asombrados queríamos llevarnos a casa todos los mini azulejos, mosaiquitos multicolores, como quien tiene libertad para robarse los caramelos del mundo. Pero no, allì, entre pastinas, caños largos, piedritas y tinta, las mujeres, algunos jóvenes y hasta pibitos ("Esto va para la Esma", revelaban un par, orgullos de su pequeña obra), trabajaban sesudamente sobre estas suertes de altas chimeneas devenidas en totem ciudadanos o barriales.
Paréntesis: tentador análisis político pero en apenas 24 horas, la escena me llevó a la Mitre y un paredón enorme que divide Ezpeleta de Quilmes. Mural artístico hecho por gente común. El pantallazo también me acercó a mi Sarandí, donde suelo cruzarme, con ese Viaducto muribundo y penoso, hoy reconvertido en un espacio recuperado.
Vuelvo, vuelvo al San Francisco y allí, Alicia, una maestra que oficia de museóloga (más museóloga que nunca) reparte como un volante perfecto del fútbol, sus conocimientos sobre su amada ciudad. Entonces, Egipto, Italia, el vidrio y nosotros, nos entreveramos en una misma historia, en miradas complementarias.
Rigolleau aparece como la infancia añorada, la cristalería, los sopladores, una mujer mostrándole sus habilidades, un polaco creando entre la jornada laboral y su tiempo libre.
Una siambretta con volantes en el piso, simboliza el pedido de Autonomía, de la ostentosa Quilmes de los sesenta. Hay fotos de la primera estación, de tamberos, de quintas que todavía cerca del río y de la Avenida Calchaquí, según la generosa Alicia indica, siguen alimentándonos.
El museo es una casa que es un almacén que hoy funciona como escuela del Vidrio. La planta baja, guarda un celoso armario de reliquias que en este mercado tecnológico, apenas costarían dos o tres celulares exquisitos, pero cuyo inestimable valor, arrancaría lagrimones a abuelos y nietos memoriosos.
Un caño atraviesa la cocina que lo antecede, de dónde colgó alguna vez una cortina para tapar vajillas sucias.
Luego, tras las impactantes joyas vidriadas del artista polaco y la mujer talentosa, el subsuelo guarda algunas expresiones más contemporáneas de concursantes que moldearon su intrepretación en obras varias. Saverio elige una de un hombrecito del noble cristal, llamada "Visionario". "Gastón Rigolleau, a los 14, informa la guía celebrando la azarosa elección de mi hijo".
La panzada y los relatos dejavuquianos retorciéndose en mi mente, me recuerdan por enésima vez que mi referente inmediato lleva su séptimo mes sin nosotros. O mejor dicho, nosotros sin ella, mi abuela. Los apellidos que esta mujer del museo recita con suficiencia no tendrán el correlato familiar a nuestro regreso, por la ausencia de la mujer que alcanzó los 94.
En 15, también volveremos a votar y quien supo ser berazateguense, mucho antes de que esta ciudad blanqueara formalmente su nombre, no podrá ser trasladada a una escuela para exhibir con orgullo el documento que guardaba el primer voto femenino en nuestra historia y el último, sellado tras su paso cansino al cuarto oscuro.
La vuelta barrial, en definitiva, son como esos barridos de cuentos con apertura, desarrollo y cierre. Cierre desprolijo de un sábado cualquiera de unas vacaciones de invierno, en un pueblo barrio que creció a la vera de sus fábricas, de su gente, de su arte.