martes, enero 15, 2013

94-49 o lo que sea

Entre decenas de afectuosos saludos; virtuales, telefónicos, sintéticos, el mensaje de texto de Gabriela llega para anunciar lo esperado, quizás deseado. El día de mi cumpleaños 49, parece que será como se preveía. No por tener que laburar en un día de cierre, pero convengamos que desde poco antes de que arrancara el 2013, las ganas de celebrar estaban en suspenso. La causa esencial es la salud de Dora, mi abuela, la madre de mi padre. Sí, esa que recién con la llegada de sus bisnietos dejó de confundir mi nombre con el de su hijo Rubén. Escribo a menos de cinco horas de su muerte. En casa, mi mujer que tiene los ojos más rojos que nunca interrumpe mi divague: "Vos decís que es un roble? Sabés que de la nada en el fondo crece uno? Lo vamos a trasplantar informa. Un rato antes hizo un repaso de la amabilidad cosechada en el día: la enfermera de Emeca, la doctora que explicó casi con dulce frialdad "no hay que preocuparse por lo que pudieron hacer y no hicieron, hay que pensar en lo que supieron hacer", enseñó o algo por el estilo. Yo, que de golpe, en la cochería debuto anunciando por cuestiones de trámite mi edad flamante y ahí, con el 49 en el formulario, descubro su capicúa karmático y familiar. La abuela tiene 94, hay que buscar un local de quiniela", propongo consciente de su enésimo signo mágico de generosidad, pero con la convicción de que a las 21 horas, no habrá un puto lugar que ratifique el saludable embrujo.
Y después sigo resistiéndome a hablar de esta mujer que no me saca lágrimas porque simplemente no salen, no fluyen o sólo evito dramatizar el momento. Su imagen como el grito de Munch se quedará fijada en la mente por toda mi eternidad. Difícil digerir el trago de "quédense un rato con ella", para despedir a esta mujer dura con la boca gritando a modo de reproche a todas las divinidades sus demoras para acabar con esta historia. Asumo que la parte de mi padre se esfumó definitivamente. Gabriela hace cuentas otra vez y piensa que mi abuelo Pascual también partió en el 94. En cambio, yo asocié ese año dorado, con nuestra travesía marroquí.
La lista de Dora, esa seria en las fotos ("siempre salgo mal, con la boca abierta", se quejaba, por lo que terminaba optando por la pose menos simpática), se fue con un tendal de regalos que desde antes de mis cincuenta, desaparecerán de la lista de privilegio. No, no hablo de calzones y medias (de hecho, mi vieja para sacarse el compromiso de las compras y de mi cara de fastidio por sus yerros, ya promete tomar la posta nonagenaria), si no de aquellos obsequios que Visa no puede explicar, ni contar. A saber:
- adiós al matambre salvador (de comidas austeras, de cumples improvisados, de navidades guarangas)
- chau a las cintas rojas (rociadas con harina y extendidas a lo largo de una mesa aireada por un refrescante ventilador)
- chaus te de menta, alóes mágicos, dulces de frutillas, tomate, uva, kinotos, tutti frutti.
- goodbye fritas y milangas (¿otro huevo?, preguntaba después del segundo)
- adiós a las berenjenas en escabeche, al chinchón con sus fanfarrias triunfalistas (sumado a las anécdotas de sus encuentros ganadores con su amiga Lidia)
- chau rivalidad riverplatense, sus exagerados modos de cuidar al abuelo en la debacle, las historias de su adorado hijo, degustador de la lengua verde (plato que siempre detesté)
- nunca más los mates lavados por ella a conciencia (se para y se sienta, se para y se sienta, para atenderte)
- los caramelos de miel y menta- sus envidiables y precisas puteadas a quien osara criticarla
La compilación, resuena gastronómicamente hablando, la abuela Dora, será abuela de todo el vecindario, de quien quiera adoptarla, de quien la necesite, de su papá en el loquero, de su madre agresiva, de su hijo esquivo, de su nuera inmadura, de su nieto disperso, de su nieta preferida, de sus bisnietos adorados. De la inquilina cercana eventual a quien, alternando, criticaría, sin dejar de darle lo que no tenía, sólo por recibir a cambio, un par de elogios con sus plantas, sus tortas, su encanto y su sabiduría.
Mi abuela, no era precisamente sabia, bah, no como entendemos ahora ese talento. Y, sin embargo, sabía captar los momentos. Para callar, para maldecir a solas, para entregarse sin permitir un acto cariñoso de reciprocidad. Dora, supo ser De Paulo, mientras compartió sus 56 años con su compañero,  Petracci, ante un sindicato que le aguó la ilusión de la patria peronista cuando se menemizó y convertirse en Dorita, para todos los habitantes de buena voluntad.
Pensamos que las cenizas, a diferencia de su esposo, (a quien los dos llevamos al río con sendos claveles) bien podrían ser esparcidas en el fondo de casa. Entonces, los tomates, sí saldrán con más fuerza. No, como hasta hace un tiempo. Cuando me los ojeaba.