miércoles, octubre 31, 2012

Heladera, Sandy, del Cabo y preguntas de clase que no suelo hacer

La heladera que no cesa...con su ruido intermitente, o latente reclamando urgente el cambio o la renovación, en siglo de freezer y aguas portátiles. Por fin, me digo, un temporal que no nos tiene, vaya a saber hasta cuando, como protagonistas. Mientras el querido conurbano se recompone a fuerza de voluntades silenciosas y curtidas, el barrio porteño continúa hundiéndose en sus persistentes miserias y de negar la fecha de vencimiento de su cascoteada arquitectura.

Por azar, nuestra tormenta menor, coincide con las imágenes de Sandy en Nueva York; una y otra refuerzan la idea compartida de pequeñez. Semejante mote con sonoridad a postre, elegido vaya a saber por qué meteorólogo desalmado, resulta un chiste sin gracia. Viento, mucha agua buscando su curso prepotente y casas destrozadas en N Jersey, surgen como el inicio del film catástrofe más esperado.
Pero no hay víctimas, ni lágrimas.
Ratifico una vieja idea que resurge cada vez que espío tragedias diversas: las agencias de noticias son más permeables y pudorosas al de exhibir las miserias de países privilegiados. En el trabajo, con acierto, Nancy sugiere que allí, como en el barrio de Belgrano, las prioridades no están en los sujetos sino en sus bienes materiales. Es cierto, autos nuevos abroquelados por alguna oleada o amontonados en estacionamientos, árboles caídos entre rascacielos de calles desiertas, llevan a imaginar un efecto neutrónico impensado.
Y sin embargo, la gente está, guardada, oculta a las variantes digitales, prestas a esperar la autorización del alcalde (allá sugirió abroquelarse un par de días, hasta que la bella intrusa aminore su fuerza bestial) para salir a la superficie.
Acaso el dolor de los vecinos del mundo de las finanzas no sea suficiente como para conmover a la audiencia virtual. De hecho, los reporteros parecen más curtidos en esto de escrachar a niños, jóvenes o adultos morenos con sus mundos devastados o heridos de muerte producto de miserias menos catastróficas pero criminalmente mundanas y notoriamente efectivas al momento de sumar páginas.
La reflexión madrugosa me devuelve al programa que vi antes de dormirme. Un pantallazo de españoles en el mundo, ciclo efectivos si los hay en esto de contrastar culturas y vivencias con cambiar de patria por el amor y el trabajo. El caso sucede en Ciudad del Cabo, donde una m
mujer asturiana, creo, cambió su aburrimiento europeo para dedicarse ciento por ciento al pueblo de Mandela. La lucha del líder en la cárcel y sus enseñanzas, no bastan para el legado en el país del Apertheid. Las cifras que la doctora cita en sincro con el entorno elegido para trabajar, refieren a una injusticia divina, aunque espirituales y religiosos intenten decir lo contrario. Ni que hablar cuando el segundo testimonio transcurre en el ala rica de la ciudad. Allí, otra compatriota hace culto de la ostentación entre hoteles fastuosos y diamantes morbosos en valores y calidad.


El mundo ha vivido y seguirá haciéndolo equivocadamente, pienso, aludiendo al negro Fontanarrosa, pero sin motivos de risa. Entonces lo circular impera nuevamente en el bocho. Ese trip que va hacia ningún lugar y que ningún comunismo, está para modificar. La lógica del mínimo reparto para igualar las cosas parece que continuará como simulación. La brecha, si naturaleza no dice lo contrario, irá prolongándose hasta más ver. Quizás acabe por cambiar de heladera en algún momento para que esta ocasional posición clasemediera, me haga creer que progreso y confort son lo mismo. Ni así alcanza para dormir tranquilo. Como debe ser. Como sea, consuelo de lugar de tránsito, el ruido no cesa. Y está bien.