sábado, enero 28, 2012

Gordo

Leo por ahí que se cumplen 15 años de la muerte de Osvaldo Soriano y pienso que acaso haya sido él, uno de los últimos escritores argentinos populares que nos movió un poco las tripas. Convengamos que a Fontanarrosa lo quería todo el mundo, en cambio el gordo tenía la virtud de alterar el amperímetro sobre ciertos temas. El tipo estaba ahí para dividir las aguas, con el fútbol, con el peronismo. Con, si se quiere, el rol del padre (a quien ensalzaba y criticaba desde un lugar, tan sincero como incómodo para él). Soriano fue uno de los pocos escritores buscados por un pope de la tele como el Negro Olmedo y eso lo hace aún más grande. Qué artista argentino sería capaz de pensar un autor nuestro para llevárselo al séptimo arte?? Sus gatos, su hijo, la condición de cuervo, las frases memorables que nos tentaron al convertirlas en títulos para sus libros. Ese antihéroe de "A sus plantas...", la mirada del gordo y el flaco, los partidos memorables que se hicieron manual de estilo para cualquier número 9 (o fueron estímulo suficiente como para intentar defender esa posición por encima del diez exquisito).
Soriano se rió del insomnio, del chau pucho (de lejos parece una cuestión sencilla), de los defensores del escudito y de los periodistas modelos. Desde aquí, aquel tono ocioso que distingue a los buenos periodistas de los prolijos administrativos de la información, se nota que con él también partió el género de un trabajo más rico en balbuceos y charlas de café, que las metodologías prolijas inspiradas desde el ámbito audiovisual. Porque si algo Soriano reivindicó a fuerza de obstinación y autocrítica (acaso como Arlt y Walsh) fue la palabra escrita. Esa que como hijo de laburantes suele costar el doble. Palabra que prescinde del charme o el preciosismo académico pero que siempre termina colándose en el cerebro de quien, cual león, intenta la mejor definición para describir encantos y miserias.


El gordo ya no está y desde este siglo, se entiende por qué los relatos nos fueron embruteciéndonos, demorándonos, haciéndonos, acaso, más fríos y previsibles. Acaso con sus gatos, el tipo se llevó parte del sentido de la ternura. Ternura ausente en un mundo de sentimientos preestablecidos y previsibles.