sábado, mayo 14, 2011

Porque dios no estaba...

Asombra esto de lo efimero, por eso me preocupa cuando la idea de perpetuidad de los recuerdos corren peligro de quedar sumidos a la nada, por que sí. Hay un tema de León Gieco, con una cantante que siempre me conmueve, evito escucharlo seguido para que conserve ese efecto. Es sobre una nena (pinta, clásico o versión de tema extranjero), que pierde, o uno intuye, perdió a su mamá. La melodía, serena, los compases discretos, imágenes campestres que van de la belleza a la desolación, por la ideada latente donde se confronta la inocencia de la piba que ignora ese final, con la brutal pérdida de su ser querido. 

Siempre asocio esta imagen a hijos de padres desaparecidos. Sin embargo, hay una cuestión primera que tiene que ver con mi angustia. Por un instante, recordé a mi abuela Vicenta contándome en su infancia, la muerte de su madre. Una madraza, según su descripción. Por lo que comentaba mi abuela, que llegó a vivir hasta los 95, su mamá que había creado o impulsado un negocio familiar de pesca, o algo así, con los hijos, que había arriado a su Galicia, la ilusión de hacerse fuerte tras una visita relámpago por Argentina (entonces Vicenta tenía tres años). Que había partido de Buenos Aires, después de aprender los secretos de la comercialización, por estos lares.

Esa mujer, un día murió. Vicenta, se quedaba sola en ese momento con apenas 10 o nueve años. La vieja que se recordó niña, corrió y corrió por el campo de Tanxil, prometiéndole y suplicándole al Supremo vaya uno a saber qué intercambio, para que la devuelva a su mamá a la tierra. “Esperé y esperé, hasta creí haber visto algo, pero nada. Entonces, dejé de creer. Ahí aprendí que no había nada más”.
Por supuesto que con el correr de los años, al margen de cuestiones de fe y promesas incumplidas (recurrente característica de mis respectivos referentes de mi árbol genealógico), Vicenta siguió yendo a misa, casó a una de sus hijas (mi madre) por Iglesia y rezó el Rosario hasta sus últimos días en el geriátrico. A aquel vacío, le siguió una mujer infranqueable que sedujo al padre de la apresuradamente madura Vicenta, separando como en las malas novelas, pero a veces reales historias, al sostén del hogar, de sus hijos. “Se hizo millonario y se olvidó de nosotros”, me confirmaría después mi abuela para explicarme su vuelta a la Argentina, como polizón de un barco, bajo la protección de tío Luis. Los dos no llegaban a los 18 años.