domingo, abril 19, 2026

El "los quiero" de Mónica

Extraña impresión había dejado el último encuentro con Mónica. 

Fue como buscar todo el aire posible por sentise ahogado. O quedarse medio zombie después de tropezarse, con el piso susurrando "pará, quédate un poco más acá”, dejando la duda de si será suficiente el envión al momento de levvantarse para seguir con lo de siempre. Caretearla entre quienes nos conocemos demasiado no iba a ayudar.

Entonces, llegamos con el Bocha y Sandra a la casa de su hijo Tomás. Allí recostada, entre dolorida y molesta, nuestra amiga esperaba sin tanta convicción respuestas y razones que le ayuden a comprender las incongruencias para entender los límites del daño de su salud.

Algo bajoneada y cansada nuestra amiga de secundario aguardaba, no tan convencida, soluciones vagas o motivos convincentes como para dar pelea y borrar un evidente e insoportable dilema: ¿hasta cuándo?

 Qué decirle, cómo alentar ilusiones, de qué modo convencerla de que aquello que la atravesaba solo a ella, a su cuerpo, a su certidumbre, podría definitivamente irse del mismo modo en que vino. 

Había enojo, fastidio, desdén y cualquier lugar común o frase hecha terminaría por empantanar del todo nuestra balbuceante conversación.

 


Distinto fue el ánimo del reencuentro, aunque no por esto menos sencillo. Había sucedido años atrás, a raíz de la visita en grupo a Néstor en esa suerte de hogar-refugio que, además de albergar a nuestro amigo de secundario, reunía a adictos en recuperación. En esa tarde opaca del barrio sureño de Bosques, apenas salimos nos inventamos una alegría. Había que sanear la angustia del cabezón viéndolo hacer malabares contra lo que era un inminente diagnóstico mortal.

Surgió de la nada ir a la cancha para tamizar una pena que permita menguar nuestra preocupación latente. Entonces Mónica sonrió como una nena con chiche nuevo.  “Vamos”, accedió decidida sin medir si el futbol del Rojo lograría dar vuelta la carga de la jornada.

Su gesto espontáneo me retrotrajo a su frescura adolescente. La ex novia de Néstor, pero también la del Bocha, esa morocha que subyugó a un amigo, ratificaba su atractiva timidez indescifrable, pero también algo de audacia que en la memoria la distinguía del resto.

Eventual bailarina de un lento en cumpleaños de quince y cómplice en esto de transitar familias disfuncionales o dolores solitarios, Panza (el apellido se imponía en la cotidianeidad) compartió una amistad prescindente de palabras y de expresiones elocuentes.

 

Aquella que con Moniquita devino en dúo dinámico inclaudicable, una longilínea, en tándem con su amiga histórica más bajita, rebosaba esa tarde noche futbolera de entusiasmo haciendo que los recuerdos (su casa cerca de Pavón, Piñeiro, el viaje a Bariloche, algún eventual cruce porteño, etc.) resurgiesen para sentirnos, al menos por dos o tres horas, bancándonos las horas en un aula desabrida de 3ro primera del ENCA.

 


Calculo que a Mónica, Marcelo y a mí, testigos del Libertadores, el encuentro nos dejó algo de frustración. Resultado que sin embargo compensamos a la salida con pizza terapéutica.

La cena sirvió de repaso de la jornada entre el relato esperanzador de Néstor y las voces tribuneras de nuestro amargo y querido club y cierto sarcasmo por un reencuentro no tan juvenil.

 

Más tarde, otras reuniones sirvieron para descubrir la devoción de la muchacha por su hijo Tomás (que estuvo a nada de hacerla pincharrata), su gusto por la soledad y la negativa a volar y hasta vacacionar. Porteñaza, que le dicen. Sumamos conversaciones que remitieron a un perfil que supuse entre gótico y rockero. En vano vi cómo inevitablemente los ochenta fueron ampliando una distancia más acorde al circunstancial de vida que a posibles diferencias de pensamiento.

 

Del día a la mañana Mónica Panza se volvió pieza clave del Dream Team, grupo de chat creado antes de la pandemia con ella, más Sandra, Bocha Capi y Susana. Con ésta última no faltaron cruces, aunque de esa contienda devino el querible “Monimoni” inventado por la Su, parodiando sobreelogiosos comentarios del sector masculino del team a la morocha. Chanza de celos por reírnos un rato.

 

Juntarse durante los años del encierro fue agua en el desierto. La casa del Negro ofició de reducto mágico con debates banales y existenciales. Las pausas de éste y Mónica para fumar tanto en el departamento como en eventuales pizzerías, daba a Panza cierta clase que remitía a modelos de la infancia.

En la memoria seguía latente esa piba tímida, algo chicata y atractiva, de sonrisa pícara y gesto porfiado frente a compañeros cancheros o alumnas engreídas.

Típico de quien sabe por demás, sin necesidad de hacer alarde de eso.

 


Durante el último año, fueron dos, tres a lo sumo, las reuniones del Dream devenido en quinteto.

A Mónica le pesaba el futuro inminente verse jubilada, sin tener que ir al trabajo. Sin embargo la continuidad dentro de la empresa que la vio crecer le dio cierta tranquilidad.

No se pensaba haciendo largos viajes o buscando destinos demasiado complejos. De sus preocupaciones hablaba sólo si le preguntaban. Esa distancia lindante con un pudor extraño. Protector acaso o tal vez denso. Imposible saberlo.

Igual ingenio no le faltaba. Como cuando su departamento la dejó sin agua y eligió anotarse a un gimnasio cercano, donde las duchas compensaran la irresponsabilidad de la administración de su edificio, frente a la demorada reparación.  

-        -  ¿Y hacés gimnasia?

-         - Maso, me da fiaca, confiaba risueña.

 

“Cómo los quiero”, solía repetir al grupo, cobijándonos con la frase que hizo propia, de un afecto que supimos recibir y que resonaba necesario. Indestructible. Sentimiento nuevo, acaso, en relación a la distancia de quienes fuimos o supimos ser. Seguramente más genuino, así “los quiero” en tiempo presente.

 Antes de iniciar este texto, me imaginé revisando tapas de discos, husmeando bibliotecas, repasando fotos viejas, rastreando razones, argumentos que ayudaran a comprender esto que pasa. Como quien busca esa partícula que descifre lo inexplicable del asunto.

Que indique por qué, por más que se rece, se invoque a expertos o pensemos en la curación como plausible e inminente, hay tabas que no pueden darse vuelta.

Por qué de la noche a la mañana la enfermedad puede llegar y maniatarte, amedrentar la rebeldía, castigar, desarmarte.

 Por qué en esa tarde de un verano sin calor, con Sandra y Bocha temimos torpes en abusar de frases hechas solo por intentar dar con esa inyección de optimismo que la ayude a recuperar sus pasos y con ellos, levantarse.

 

Acaso el silencio de Marcelo, curtido junto a Mónica en otros tiempos en esa complicidad de cigarrillos callejeros, guarde parte del secreto de esa partícula insuficiente que uno no encontró y que todavía todos no podemos entender.

 

Panqui, rockera, enigmática, leal, voraz en su humor de acotaciones simples, certeras, luego de transitar sus temores (que nunca simuló), Mónica nos despidió antes de tiempo.

Como quien dice “vayan a hacer lo suyo”.  

 

Con todo, su “los quiero” continúa resonando a nuestras espaldas como fuerza protectora. Acaso un salvoconducto para seguir un poco más.  

 

4 comentarios:

  1. Mariel Launay11:04 p.m.

    Hermoso homenaje a una hermana de la vida. Qué es una amiga. Te felicito me conmovió el corazón.

    ResponderBorrar
  2. Sandra Viviana Rossi5:34 a.m.

    Hermoso Adrián, gracias por compartirlo🤍🤍

    ResponderBorrar

Reflexionemos juntos, no te inhibas y peleate conmigo y con la escritura.