Hace algunos días, me fui atrás, lejos en los recuerdos y le comentaba a Gabriela la fallida experiencia con The Police a principios de los ochenta. No con la banda en sí, por entonces su 'Mensaje en la botella´ ya auguraba algunos desenlaces en relación al amor y a los sueños y el Dududu, refrescaba nuestro humor en una década caracterizada por la oscuridad de sus noches.
Por cierto oscura y eterna fue aquella caminata que recordé por Álvarez Thomas hasta llegar a la puerta de New York City. Al día de hoy, desconozco cómo llegamos con Charly y Gustavo (imagino que a Tito no lo habrían dejado); creo suponer que la travesía estuvo motivada por algún aviso de la revista Humor, con descuento o el dato exclusivo descubierto por alguno de los integrantes de nuestro cuarteto.
No sé cómo fui, ni como volví (parafraseando nuestra estrofa futbolera). En auto, desde ya descartado. Dudo en bondi-subte-tren. Lo más probable debe haber sido bondis varios. En eso los bonaerenses somos capos y nos sentimos acorazados.
Hay un diferenciador entre el porteño nato y el quejoso oriundo del interior en esto de las distancias y tolerancias. Nosotros sí que sabemos de paciencia, de esperar, de curtirnos del frío y la piel para depender de la voluntad del colectivero al considerar nuestras circunstancias hasta que tome la decisión de pararnos. Después hay que ver hasta dónde el vehículo habilita nuestro ingreso y a charlar o perderse colgados del pasamano, en algún delirio que atente con las reglas del reloj.
Los sureños además contamos con postas ilusorias cual oasis haciéndonos creer que falta menos, pero no.
Pero este post pretende recuperar aquella experiencia. Ya estamos en la puerta. Camisa obligada y zapatos. "Uds. no", sentencian y uno cree saber por qué. Además de las máximas referidas a la culpa y al deseo, el catolicismo me dio un manual instructivo que se aprende más fácil que el padrenuestro y es un instinto prodigioso para decodificar la mirada de los otros. A veces resulta exagerado, pero les aseguro que muy a pesar de uno, en general funciona. El ingreso automático de otros jóvenes de la fila, ratificó entonces aquel conocimiento adquirido.
¿Por ahí eran menores?, especula Gabriela ahora frenando mis espíritus paranoicos. No voy a sobreactuar la experiencia como ultra memorioso, pero no me parece razón suficiente. A la memoria me vino una reflexión de mi adolescencia "Vos no sos cheto, vos sos parche", me había enseñado alguien en el barrio, desactivando el factible e involuntario seudónimo que me acompañaría tres o cuatro años "cheto pancho". El símil Robert Lewis (deshonrando al encumbrado Levis) consagraba tal veredicto. Stop: admito que tardé unos instantes para hablar del RL se nota que aquel paradigma, todavía me acompaña. Patrón de identidades caracterizaría años más tarde la Garré (tranqui, Silvina)
Ignoro cuáles lompas, aunque lamento que aquella ilusión por ver a los policías poéticos y armónicos, chocase con el patovica en suerte. Instruido, según leo ahora revisando artículos vía google, por el productor de entonces. Daniel Grinbank (Si te voto en diciembre, acordate que "el Rojo es de todos"). Lo concreto es que fueron 800 los privilegiados que vieron a la banda en un lugar con capacidad para 1800. "La mayoría no la conocían", reza un artículo de ese momento.
Nosotros sí. Y ahí pateamos la interminable avenida que no era Mitre, buscando algo que nos acerque al maldito pero necesario 24. Ignoro si hubo pizza o algo por el estilo allá en diciembre del 80. Calles profundas, con más penumbra de inmensidad que temerarias. A pesar del frío, las crónicas dicen que fue a mediados de diciembre de 1980, una o dos semanas después del crimen de John Lennon. Un año más tarde veríamos a Queen en Velez, pero esa fue otra historia. Muy loco pensar desde acá en Mercury con Diego haciendo al lado jueguito, calzando feliz su remera de la bandera inglesa, justo un año antes de Malvinas y de su mundial en España.
Cuánto en tan poco tiempo.
Me pienso con 16, falta un año para terminar el colegio. Todavía no llegó Bariloche. Ya fuimos a Misiones con algunos compañeros del secundario a la campaña "Marchemos hacia la frontera". Ahí, en "la patriada promovida por los milicos, ahí sí parecíamos todos iguales". Hicimos los baños para una escuela rural, jugábamos al fútbol en el monte, comimos un dulce duro y empalagoso. Cambiamos 'Kilómetro 11' por nuestro 'Otro muerde el polvo'. Con esa estupida convicción genuina del adolescente que se caga en todo. La cara de los 65 pibitos que aparecían de la nada para sumarse a aquella escuelita parece darle más luminosidad a aquella semana de aventuras entre tierras ladrillosas.
Por esos días, entre la escuela y la parroquia, hay un grupo compacto de amigos y amigas que nos conocemos demasiado y por cuyos afectos y confusiones, nos acercamos o alejamos invariablemente, sin demasiadas culpas ni prejuicios. Se entrecruzan los noviazgos y las frustraciones. Nada de esto tiene que ver con haber sido eximido del VIP de aquella noche, cuando no existía una mención para disponer de lo evidente.
El azar, que no sabe de preferencias (al menos cuando se lo deja actuar libremente) me dio el privilegio del número bajo, antes de empezar a despedirme de la adolescencia. Más tarde, se sucederían otros vip, como le ocurre a cualquier sujeto que va alternando y equivocando decisiones en sus destinos. "Valorar aquella experiencia", sueltan en casa. No sé, incomprobable, como quien espera torpemente que el bajamar deposite cerca su correspondiente botella.
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