martes, enero 10, 2017

Traductor de ferrocarril

...de bondi o, simplemente en tránsito. Como por arte de magia (o algo por el estilo) descubro en la biografía de las que le hablé, la de Salas Subirat, a Piglia a propósito de esta cuestionable traducción del Ulises, Al parecer, en El último lector, Ricardo alude a la mala interpretación de Subirat en una parte del texto por desconocer ciertos modismos irlandeses. Habrá que retomar entonces a Piglia con ese libro.
No es este el tema sin embargo, que me ocupa hoy, si no un aspecto que Lucas Petersen (autor de "El traductor del Ulises") que entusiasma al pensar en qué circunstancias el tipo laburaba para desmenuzar las páginas de la novela de don Joyce.
La comparto (página 260)
No demanda mucha imaginación vincular el carácter vital de su versión también en los vagones del Ferrocarril Mitre. Leer en el transporte público es una batalla sin cuartel entre las demandas de la realidad y las ambiciones de la evasión. Irremediablemente, el mundo i(inte)rrumpe en la lectura y el texto no puede más que ser leído desde el prisma que le impone el contexto material. Difícil traducir en un registro neutro, peninsular o en una jeringoza culta frente a un mundo que se abre y absorbe. Es una lectura abierta a él. Las turbulencias de la vida que agitan el flujo del pensamiento -tan  Joyce- no son en  el lector de sillón tan imponentes como en el lector transportado.
Y así estamos incómodos, de dorapa, esquivos al spotify, las cuentas de wahtsap para sumergirnos en ese texto que quizás dice nada de nosotros pero ahí está teletransportándonos. Pienso en la década del 40 de Salas Subirat, despegándose de la obligación de sumar más compradores de seguros, para soñarse por calles lejanas en un recorrido donde dos jóvenes, se mofan de algún modo de un clásico o lo aprovechan para resignificarlo. Todo esto, pensalo, leyéndolo entre vendedores de fundas a diez pesos, superpanchos y uno que otro juglar emulando a Enrique Iglesias. Decime con todo eso si para leer, traducir o transportarte a un lugar esperanzador, no hay que tenerlos bien grandes.