lunes, noviembre 21, 2016

Ceo, decime qué se siente...

Los plutócratas, el fin de la tregua y las confesiones del tío Federico

     
                 
Alejandro Bercovich
abercovich@diariobae.com
Las empresas y sus lobbies no están para tirar manteca al techo. El mismísimo Adrián Werthein, capitán del poderoso Grupo W y de Telecom, debió llamar personalmente a varios amigos para que no pegaran el faltazo el martes al último almuerzo del año del Consejo Interamericano del Comercio y la Producción (CICyP), donde se anunciaba como único orador a Jorge Lanata. Los 292 ejecutivos que terminaron pagando el cubierto de $2.600 no alcanzaron a cubrir el costo de la pomposa comida en el salón Versailles del hotel Alvear, pese a que solo se alquiló la mitad del espacio habitual. La Unión Industrial, que entre lunes y martes recibirá a medio gabinete para su Conferencia anual, dejó de lado al lujoso Sheraton de Pilar y al sofisticado Sofitel de Cardales y optó esta vez por el Parque Norte de Armando Cavalieri. Todo un símbolo del ajuste que cruzó a la Argentina en 2016 con la sola excepción del Estado, que se endeudó más que todo el resto de Latinoamérica junta para evitar recortar gastos mientras sacrificaba recaudación por rebajar impuestos como las retenciones o Bienes Personales.
No es que a Hugo Sigman, Luis Etchevehere, Liliana Sielecki o Guillermo Dietrich les falten $2.600 para apurar un carpaccio de salmón y un medallón de lomo escuchando a Lanata negar con aire distraído que haya un “periodismo militante” macrista. Los ingresos del 1% más acaudalado de la población, como mostró la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del nuevo INDEC, crecieron este año muy por encima de la inflación. La riqueza de los ricos es mayor en dólares y en términos reales que doce meses atrás. Lo que está en peligro no es ese stock sino el flujo futuro. Con el consumo popular sin atisbos de recuperación y en un contexto internacional mucho más complicado, enterrar capital en Argentina no seduce a patricios ni a forasteros.
El zar aeroportuario Eduardo Eurnekian, muy escuchado en Olivos, lo resumió ante BAE Negocios al salir del Alvear. “El problema no es la tasa de interés. El problema es que no hay ninguna señal de que se ataque el problema de fondo: la competitividad”. La decepción cunde también entre los dueños de laboratorios nacionales. Los Roemmers, amigos del Presidente, vivieron días de zozobra al ver que acreedores pedían la quiebra de Roux-Ocefa y que el concurso que abrió HLB en 2014 también entraba en declive. Son dos de sus competidores más antiguos y naufragan pese a haber subido sus precios por encima de la inflación.
El propio CEO de Roemmers, Eduardo Machiavello, protesta cada vez que puede por las pequeñas vendettas que desde la Casa Rosada le dedica su archienemigo Mario Quintana, a quien acusó de haber encabezado el lobby para que Macri vetara en 2012 la ley porteña que prohibía vender medicamentos en kioscos y góndolas. Para evitar conflictos de intereses, Macri ya le pidió al entonces jefe de Farmacity que deje todas las decisiones sobre temas de salud en manos de Gustavo Lopetegui. Pero el antiguo CEO de LAN también demora más de lo que ellos quisieran en aprobar pagos de medicamentos que compra el Estado. ¿Habrá intercambio de mensajes entre los dos vicejefes de Gabinete para eludir las órdenes presidenciales?
Cuentos del Tío
El presidente de La Anónima, Federico Braun, tampoco cree que estén dadas las condiciones para invertir en Argentina. La confesión se le escapó anteayer en el arranque de las jornadas de la Asociación de Supermercadistas Unidos (ASU), en una reducida rueda de prensa a la que solo se había convocado a un puñado de medios. Pero el tío del jefe de Gabinete Marcos Peña Braun y del secretario de Comercio, Miguel Braun, amplió esos conceptos en un reportaje que le hicieron Alejandro Galliano y Hernán Vanoli para la revista Crisis. Allí sostuvo que el supermercadismo criollo no está cartelizado y que apenas se junta para “coincidir frente a un enemigo común, como pasa con algún sector de este gobierno”. Al frente de ese sector identificó a Alfonso Prat-Gay, a quien adjudicó el proyecto de Ley de Góndola, que de aprobarse lo obligaría a destinar un 20% de sus espacios de exhibición a productos pyme nacionales. Su verdadero impulsor es el subsecretario de Comercio Interior, Javier Tizado, quien todavía no logró quebrar la resistencia de sus superiores.
La del ingeniero Braun no es una opinión aislada. Según un sondeo de la consultora BDO difundido ayer, la cantidad de ejecutivos que cree que el país es atractivo para invertir bajó de 88 a 67% entre enero y octubre. Pero en el mismo reportaje, el dueño de La Anónima fue más allá en su diagnóstico. ‘Argentina tiene una improductividad que nos va a llevar y ya nos está llevando a la ruina’, aseguró. Y ante una consulta sobre la creciente oferta de bienes de consumo importados en sus locales, agregó que “si en Argentina no importás los juguetes, vas muerto’.
No es casual que en el año que lleva Macri en la Rosada, la Cámara de Importadores (CIRA) haya duplicado su cantidad de asociados, de unos 500 a casi mil. El auge de la cámara coincide con la salida de su histórico presidente, Diego Pérez Santisteban, quien la abandonó para trabajar como asesor en el Ministerio de la Producción cuyo jefe de gabinete es su hijo, Ignacio Pérez Riba. Sería injusto culpar a Diego, porque el aluvión de nuevos socios se dio en el contexto de una apertura generalizada. Su influencia en Producción, además, le permitió a la CIRA convocar a conferencias como la que hará la semana próxima, con rutilantes presencias como la del jefe de la AFIP, Alberto Abad, de la Aduana, Juanjo Gómez Centurión, y hasta de la canciller Susana Malcorra.
En la UIA, la avalancha de productos importados en plena retracción del consumo es un problema solo para algunos. El gerente general de Aceitera General Deheza (AGD), Miguel Acevedo, volvió a negar ayer que sea algo generalizado. La Federación de la Industria Textil Argentina (FITA), no obstante, informó que en los primeros nueve meses del año la producción del sector cayó un 12,5%, mientras las cantidades importadas crecieron hasta el 108%. Eso motivó 4.500 suspensiones de personal y despidos como los que esta semana debió formalizar la hilandera TN Platex y antes había dispuesto Alpargatas, dos de las mayores firmas del rubro. Las fábricas de los Karagozian tienen capacidad para producir 5.000 toneladas de hilado por mes y a duras penas llegan a vender 2.000. Invertir en ese contexto suena al menos osado.
Canadienses
Lo que el establishment dejó de vislumbrar es el rebote vigoroso que preveía para la economía real durante el 2017 electoral. El “festín financiero en plena recesión” que describió esta semana el corresponsal de El País, Carlos Cué, tiene el defecto de la volatilidad. En el almuerzo del CICyP, por ejemplo, el presidente del Banco de Valores, Juan Nápoli, advirtió a quienes lo acompañaban en la mesa su preocupación por el impacto del batacazo de Donald Trump sobre América latina y sobre el plan económico oficial. “Este esquema financiero cerraba con el dólar planchado, pero ahora que sube en toda la región no va a quedar más remedio que acompañar esa tendencia”, explicó.
Con una devaluación mayor a la prevista, la inflación de 2017 desbordaría el 17% prometido por Federico Sturzenegger. Y para peor, ya habrá terminado la tregua que le extendió la CGT al Gobierno a cambio del pago de la deuda con las obras sociales. Los sectores descontentos de la patronal fabril y de la central obrera, de hecho, organizaron un foro propio en el mismo Parque Norte para ventilar sus penas una semana después de la Conferencia Industrial.
Aunque Roberto Lavagna haya parangonado el modelo macrista con los de la dictadura y el menemismo, todos los procesos dejan enseñanzas y nada vuelve como se fue. Los industriales que ya fundieron en los 90 optan ahora por convertirse en importadores antes de caer en bancarrota. Y los gremios probablemente salgan a protestar antes de quedarse sin afiliados. No en vano el que más atención les presta a los despedidos por culpa de la importación es Rodolfo Daer, sigiloso operador del nuevo triunvirato y antiguo jefe de la CGT que acompañó pasivamente el ajuste de Menem.
El Gobierno haría bien en tomar nota de que las reacciones que provocan los abismos sociales ensanchados durante los últimos 40 años son cada vez más virulentas. Lo sugiere en su libro -“Plutócratas”- la ministra de Comercio Exterior canadiense, Chrystia Freeland, quien anoche cenó en la quinta de Olivos como parte de la comitiva que acompañó en Buenos Aires al joven primer ministro Justin Trudeau. Al mejor estilo del francés Thomas Piketty, aun sin ser marxista, la periodista destaca lo inviable de que un CEO estadounidense haya pasado de ganar 42 veces lo que un obrero en 1980 a embolsar 380 veces ese salario en 2012. Un tema de conversación algo incómodo para una cena con el gabinete de Cambiemos.