miércoles, noviembre 30, 2016

Buscar allí donde no hay nada

Reviso mis especulaciones.
Mis preguntas retóricas (mi laguna cerebral las había sustituido por empíricas, hipotéticas y hasta ¡edípicas!, antes de encontrarlas)
Tal vez de ese bucear la nada, resulte algo.
Una asociación arbitraria entre  los rasgos y parientes lejanos.
Una siempre grata sorpresa respecto de lo naturalmente bello, que excede las fotos retocadas o dispuestas para una decorosa y perfecta imagen que obliga la red social (esa que todo lo simula, que todo lo vuelve insoportablemente joven)
Reviso, digo y en otros aspectos tampoco aún buscando, encuentro nada.
Nada en los abrazos de mis hijos que pasaron a mejor vida, mérito del crimen adolescente (mataron y siguen matando a sus padres con una insoportable e inmanejable indiferencia)
Y busco en esta soledad palermitana impuesta para que de sentido al devenir, que hace un tiempo (¿dos, tres años?) dejó en suspenso el porvenir.
Y entre tanto silencio semejante a la incertidumbre, me entusiasmo cual consuelo de escriba, con las voces diferentes del Rivera lúcido. Le cambié sus próceres admirables con sus mandatos libertarios, por laburantes y gremialistas de carne y hueso.

Lo rescato por realzar el rol de la vejez desde una sabiduría que plasma magia o algo semejante a la eternidad con un solo hecho y sin ningún salvoconducto salvador: saber decir que no a tiempo y volverse grande por ello.
Y en esto de revolver en una búsqueda inútil, allí (o aquí) donde parece que nada nuevo existirá, acumulo siluetas, ojos, olores, calles, sabores que pudieran pertenecerme en otras circunstancias y que, por obra del azar, durante unos minutos se vuelven literatura. Individual, por ahora, pero sarandeadora de rutinas que enmudecen.
Y que, por caso, a veces amargan mi paladar imponiéndose el buche del fracaso.
A mi, que en mis años mozos ("no seas contestador", tiraba mi vieja) me gustaba o hacía todo lo posible por vomitar.