domingo, enero 03, 2016

La lengua como prisión

Filipinas tenía una lengua escrita antes de la llegada de los colonizadores españoles, contrariamente a lo que muchos de estos afirmaron con posterioridad. En cualquier caso, se trataba de una lengua que en opinión de algunos teóricos era usada principalmente como recurso mnemotécnico para recitar poemas épicos. En un territorio descentralizado, de pequeños pueblos costeros dedicados a la pesca y en gran medida autosuficientes simplemente no había necesidad de una lengua escrita al estilo europeo.

Una teoría acerca de la lengua afirma que se trata fundamentalmente de una herramienta surgida de la necesidad de control. Según esta teoría, la lengua escrita se convirtió en algo imprescindible cuando en las pequeñas urbes y villas apareció la administración jerarquizada. Junto con los jefes, surgió la necesidad de tener una lengua escrita. El surgimiento de las grandes metrópolis de Ur, y Babilonia hizo imprescindible una lengua escrita común, pero solo como una herramienta para administradores. Administradores y gobernantes necesitaban llevar un registro y conocer los nombres: quién había arrendado qué parcela de terreno, cuánto producto de cultivo habían vendido, cuántas piezas habían pescado, cuántos hijos había en la familia, cuántos carabaos poseían...Y lo más importante, entonces, ¿cuánto me deben? Según esta teoría del surgimiento de la lengua escrita, el registro de nombres y la contabilidad parecen ser la función "civilizadora" primordial de la lengua. Lengua y números son útiles también para guardar constancia del movimiento de los cuerpos celestes, el volumen de las cosechas y los ciclos de inundaciones. Y, cómo es natural, una versión de las lenguas habladas locales acabó traduciéndose también en símbolos y en palabras no administrativas: las palabras de los poetas épicos orales, que según esta teoría, se subieron al mismo carro.
Lo que encuentro sorprendente es que, si admitimos esta idea, entonces lo que pudo haber empezado como instrumento de control económico y social ha sido asimilado por nosotros como señal de civilización. Como si ser controlado fuera, por interferencia, visto como algo positivo, y lucir con orgullo el distintivo de este agente de control -ser capaces de leer y escribir- nos haga mejores, superiores, más avanzados. Hemos convertido el objeto de nuestra propia opresión en algo que consideramos una virtud. ¡Fantástico! Aceptamos la lengua escrita como algo tan intrínseco a nuestra forma de vivir y desenvolvernos en el mundo que percibimos y reconocemos como un signo de progreso. Hemos llegado a venerar las cadenas que nos atan, que nos controlan, porque creemos que somos ellas.
(Diarios de Bicicleta)
David Byrne