jueves, febrero 05, 2015

Una final de verdad


Buenos Aires me mata, en sentido figurado claro.
No como aquella frase que una vieja colega (si lee esto alguna puta vez, espero que no se ofenda, por coqueta) acuñó para su columna semanal, a propósito de la movida porteña.
Laura Ramos la tomó de un escritor árabe-británico que hizo lo propio con la cultura londinense de los ochenta. Tampoco es que la ciudad, aclaremos, "mata mil", otra metáfora desafortunada de nuestro país para describir algo que nos fascinaba sobremanera.
En realidad, lo que mata es esa carga húmeda que nos obliga a tomar partido sobre el caso Nisman y a opinar todo el tiempo y como sea, para marcar posición y territorio (nadie escapa a la agenda omnipresente de Clarín, claro está).

Acaso por esto, me demoró varios días retomar una idea,  naif si no banal pero necesaria pa mi gusto, que es describir el último gran partido vibrante que gocé de este enero veraniego.

Aclaro que ni remotamente se acerca a la final con Alemania y dista de la batalla con los ingleses.
Tampoco se parece en nada a nuestra gesta heroica allá en Córdoba, 37 años atrás cuando el Rojo, sabemos bien, tras sufrir un gol con la mano, un penal mal cobrado y tres expulsiones, logró torcer las voluntades políticas para darle un campeonato a un equipo cordobés y empató el partido con ocho jugadores en una contienda memorable.
Tan glorioso fue ese día que ninguno de los grandes puede equiparar tamaña proeza.
Lógico, a los grande$$ siempre les dieron una manito, no es nuestro caso.
Y vale la comparación al suponer que el partido de los verdes en una playa necochense, se asemeja a un acto de valentía.
Al menos así lo vivieron tres ¿pre?adolescentes y dos aliados más para disputar un torneo playero dominado por el sospechosamente invicto de la temporada.
Para describir mejor el panorama: Santiago, oriundo de la ciudad balnearia desde hace un par de años, amigo de Marcos y Saverio, anticipó los pros y los contras del juego dentro de un certamen, del que participó incontables veces y del que sólo logró consagrarse en dos oportunidades.
"Son diez pesos por persona, yo le digo a Marcelo y nos anotamos", apuró el hiperkinético muchachito desde el primer día de vacaciones.
Marcelo, a quien como a tantos otros le cabe la rima maléfica y perdurable por sus acciones (aga...y conocelo), oficia de árbitro, administrador, distribuidor de equipos y, si se me permite, "alma de las fiestas futboleras", en uno de los balnearios céntricos. De hecho, fue el quien en la primera oportunidad, optó por separar al trío "para hacer todo más parejo". Para ese entonces TODOS ignorábamos que sólo un equipo jugaba juntos desde que el calor se apropió de este 2015.

La primera experiencia no fue tan mala. Un par de derrotas, en el fútbol playa 5, con dos chicos más voluntariosos que tras los ida y vuelta del minitorneo (de seis equipos) se fueron asentando para sumar finalmente tres triunfos, un empate y el primer resultado sospechoso.
Es que la primera derrota con el favorito de la casa, devino en un segundo partido que concluyó 3 a 3, después de que el bendito Marcelo anulara el 4to, de los flamantes intrusos.
Previo a esto, Santiaguito ya había embarrado la cancha (o ¿enarenado? para mejor decir), con goles y protestas, más recibir una zunda que asustó al propio organizador. El miedo de lesionarse, sin embargo, quedó relegado al orgullo del pequeño taurino quien sacó garra, más preocupado por la mirada de sus amigos berazateguenses y el temor al ridículo que por el resultado final.
La segunda chance fue para el olvido, un equipo que el anfitrión de Necochea armó con dos preferidos o conocidos, un Saverio titubeante que se sumó al final de dos derrotas, cuando el torneo ya estaba liquidado y Marcos, poniéndole garra y esfuerzo como para ratificar, en silencio, que él también venía en busca de cosas grandes.
Por fin, la jornada anhelada, llegó en la tercera oportunidad. Quedaba claro que los amigos jugarían juntos, sumándose a ellos Bernie, un adolescente  metedor, cual Santiago pero más fuerte y un arquerito de Boca, cancherito (y sí, dije que era de Boca) con flequillo y panza, en concordancia más una voluntad de hierro como para amedrentar al organizador más camarillero.
Y nada pudo salir mejor de lo esperado. Ahí están los lilas (los favoritos cambian de color ¿será para disimular tantos beneficios? arrancando en un cerrado 3 a 1, mientras nuestros queridos verdes aplastaron a los rústicos azules con un impensado 5 a 0. Una segunda fecha en el día que mostró falencias de los locales, un equipo con colados adultos y los chicos fantasmas (así rebautizó un rubiecito furioso al final de la jornada a los que patearon el tablero, nuestros héroes, claro está) dominando la tarde.
Marcos y Santiago, desde atrás ordenando al equipo, el arquerito volando para la foto y haciendo tiempo cuando hiciera falta, Bernie batallador y Saverio, pescador. "Sólo hice goles de pescador", se quejaría más tarde, minimizando sus acciones en partidos claves y sorprendiendo gratamente a su padre, con un argumento futbolero. Raro en el muchacho, atento a los designios de Pink Floyd y Oasis, antes que los avatares de combativos y diligentes gauchos del Torneo Argentino o de los equipos de primera.
A todos les dolió sin duda, algo que Marcelo sin querer queriendo dejó esbozar en un partido. "Igual Germán, vos sos el mejor", le había anunciado un torneo atrás a uno de los facheritos galactiquitos.
Creo, que recordárselos fue motivador (por favor que no se lea un argumento bilardista, más bien, una trapisonda del zorro Pastoriza). Eso los llevó a jugar a lo Cholo con el equipo en cuestión, "cuchillo entre los dientes". Uno a cero y a cobrar. A ver de qué se disfrazaba ahora el Marcelo ese.
Pero el hombre que sabe hacer jugar a las lolitas del verano y a los nenes caprichosos escapados de countries en tiempo escolar, no tiene nada de zonzo.
La agenda es de su propiedad, como lo fueron los torneos AFA, del último Padrino argentino. Marcelo permite que los rojos, sacudidores pero desbordados, jueguen el anteúltimo partido de los verdes, con un arquero colado  (¿18, 19 años?) y un gol faltando cinco, deja a los potenciales candidatos enmudecidos. Encima, los lilas, dieron vuelta un partido al momento de anotar su resultado en la plantilla. El organizador les cree a los ganadores.
La cosa queda a tiro de derrota. Si ganan los verdes, hay chances de definición por penales con los lilas.Los lilas que tienen un volante creativo interesante, rasinguista el muchacho, pobre. Un pibe que reza de rodillas emulando a algún brasileño y que pide a los equipos que se apuren a jugar. No tiene panciencia, me digo. Y me dan ganas de recordarle la probable paciencia que debe haber tenido su viejo, esperando 35 años para ver a su equipo otra vez campeón. Lo siento, la imparcialidad futbolera, a los blogs de Lanata y cuando entienda algo de fútbol. O de algo.
El caso es que el pibe jugó bien, lo mismo que su arquerito y Germancito. Todos ahora, pendientes del último partido de verdes vs. de cuero (comprá más pecheras, Marcelo) Los de cuero pierden de entrada con un gol del pescador, otro segundo gol pero el rápido 2-1 genera expectativas.
Y viene el anteúltimo bardo. Entre los de cuero, un chico chileno cuyas reglas remiten de infantes (después de recibir goles, arranca del medio, haciéndose autopases), sacude a Santiaguito sin clemencia. Encima, el de 18 o 19 que había atajado con los rojos, aquí aparece como mediocampista, fruto de la generosidad del certamen y al bueno de Bernie le tira un rodillazo de película en la cara.



UHhhh, es el grito general (potenciado por un servidor) "Sos grande y mirá cómo pegas", se acota para realzar la falta. Marcelo, que seguía atento los avatares de su team, intenta intervenir. De inmediato, condena a Santiago por bardero. "Nunca hubo conflictos en este torneo, salvo esta tarde y en dos partidos", cuenta cual docente.
Los de cuerdo desoyen todo y, mientras el golpeado de verde se revuelca en el piso, disparan al arco para empatar el juego. "Ves, ¿ahora qué hago, les cobro el gol?", interroga con ganas de hacerlo.
Después, en esto de buscar el sano equilibrio, el rodillazo contrapesa con un supuesto codazo de Bernie al gladiador que se disfrazó de adolescente. Gol anulado, pique y varios minutos a pedir de los de cuero, del rubiecito pro lila y de los niños felices que tienen tristeza y que confían que Marcelo pondrá las cosas en su lugar.
Penales.
Sin el rasinguista rezador, los lilas confían en la clase del arquero. Se patearán menos penales. Al final, boquita sufrirá solo un disparo, mientras que el buen portero rival buscará el balón tres veces adentro, además de enviar el propio a las nubes.
"Dales la coca y las rhodesia", ordena a la empleada del buffet, mientras los ganadores se abrazan y se tiran en la arena. Ellos mismos irán a saludar a los vencidos quienes, apenas los miran como pendex caprichosos haciendo oídos sordos de su derrotero.
Yo no descarto que en la planilla del mentor de este juego, una simple goma de lápiz borre la verdad de esta jornada. De hecho, hoy, aunque seas testigo de lo que vivís o te pasa, cualquiera te la cuenta como quiera.
Las dos gaseosas de litro y medio, no llegan a estallar como el champú de fórmula 1. No hay cámaras para inmortalizar el abrazo. Ni las sonrisas de estos pibes, que como se ve, están para cosas grandes.
Bastaron tres torneitos seguidos para hacer historia en la playa.
Ninguno de ellos, creo, tiene idea sobre aquello de que "la pelota no se dobla, ni se mancha".
Pero desde ahora, seguramente serán capaces de intuir por qué.
Salud campeones.
Necochea, enero 2015