sábado, enero 10, 2015

Papeles sobre la amistad ¿no queda más que viento?

Con expectativa y luego de una lectura rápida del libro de Sacheri, ayer fuimos en barra (tranqui, no hablo de Bebote y los suyos, sino del grupo familiar) a ver Papeles en el Viento.
Días atrás, le había comentado a un amigo de Perfil y también hincha rojo que ya la había disfrutado en un preestreno, mis ganas de verla. "Me gustan las historias que interrogan el tema de la amistad", justifiqué en alusión a este grupo de amigos de la infancia y también pensando en Trainspotting donde, como se sabe, todo termina mal.
*Si ya lo dije en otro post reciente lo siento, entiendan que a cierta edad, no sólo hay dispersión si no también la sangre demora en llegar al cerebro. (A veces creo que sólo vivo dentro de un deja vú, que no se cierra nunca)

Creo que no fue inocente la elección de cuatro amigos en este relato por parte del escritor. El número cuatro va más allá que la chance de superar el truco gallo y hacer un dos contra dos que suele salvarnos y siempre está presente en casi todo: tenis, fulbito, paddle, metegol, etc. Incluso también al momento de hacernos la gamba en un boliche, proyectar un viaje, compartir gastos, etc.

El cuatro, entiendo, es reparador. Evita los celos, soporta las envidias, da margen para conspirar (con tres sería aburrido y reflotaría otros sentimientos). Y si apelo a la memoria, más allá de haber sido dichoso en esto de cruzarme con decenas de buenos tipos en la vida (barrio, iglesia, secundario, laburo, facultad), el cuatro siempre estuvo como sano equilibrio. Nada mejor que este número mágico para un asado o un pizza, birra y faso.
Sin embargo y he aquí el caso es qué pasa cuando deviene en tres.
Porque más allá de Independiente que es otro tema y que ya tiene bastante con sus internas y el blog de hidalguía, lo concreto es que hay uno de los cuatro que parte. Entonces, aunque Sacheri no lo diga, ¿qué hacemos con ese vacío que nos deja aquel que se fue?
Y quiero aprovechar la libertad de escribir (tranqui, no va ni caricatura de Mahoma ni de Cristina en pelotas en este sitio), para pensar que a lo mejor el film (y el libro) no están interrogando a la amistad si no al sentido de ¿para qué están los amigos? La remanida e infaltable frase de "hacer negocios con amigos es jodido", abre otro interrogante: ¿y por qué no?
Si la amistad supo estar en las malas (peleas familiares, falta de guita, abortos, crisis amorosas, etc) ¿cuál será su verdadero sentido 20 o 30 años después?
Mientras escribo esto pienso no sólo en aquellos afectos que perdí (que no se limitan a peleas si no al lugar común llamado 'el inexorable paso del tiempo' y/o 'circunstancias de la vida'), si no en por qué no hay un margen superior al momento de socializar o compartir un proyecto conjunto con los amigos.
De golpe imagino a cualquier grupo de 4 en similares circunstancias dentro del mundo del arte o la política y los veo como un tandem inquebrantable, capaz de sostener cualquier embate judicial, mediático o difamatorio, en honor a un sentimiento que perdura contra todo y en contra de todos.
Pero no es este el tema que me importa.
Lo real es que la traición a vuelve pedir y tomar espacio, en este caso de Papeles; y es uno de los protagonistas el que se desentiende del "objetivo superior" de la amistad (porque privilegia otros intereses) quien se ve más tentado en abandonar "aquello que nos unía" o "a lo que nos debíamos".
Aclaro que mi propósito no es reivindicar esas lealtades que suelen realzarse dentro de diferentes ámbitos cual pacto mafioso/religioso.
Sí, pensar por qué en definitiva, aquello que se convino terminará inexorablemente mal.
Y si un Dolina y otro Borges coinciden en creer que el mejor amor es el imposible y que el "ya no seré feliz tal vez no importa", no hacen más que demostrarnos que somos de carne y hueso y que lo que más nos subyuga es aquello que se pierde, el fin de la amistad se sumaría entonces a estas hipótesis que acaban con los sentimientos inmaculados.

Acaso en la adolescencia, como ya uno tiene bastante con sus temores, sus incertidumbres (o mejor dicho falta de certezas), sus límites, es ahí donde la amistad lo subsana todo, a cambio de resignar diferencias. Y en definitiva, con la madurez, aquello que supimos acotar o sacrificar en pos de un bien "superior" termina quedando expuesto y a lo mejor no se banca tanto.
Más terrenales, menos utópicos, la realidad manda y, aunque joda, ya no somos los mismos.
Con todo, Papeles no es Traspoitting y termina bien ¿argentinidad optimista? quien sabe.
Tal vez a los cincuentones las especulaciones  nos lleve a seguir pensándonos y repensándonos como ese infinito dejavu  (¿otro más?). A diferencia de nuestros hijos (irrefrenables o circunstanciales selfies),  carecemos de tantas ventajas fotográficas como para ver algunos elementos que pudieran servirnos para revelar qué nos pueden decir hoy, nuestros rostros de entonces. El propio espíritu de imbatibles, quizás llevaba a no posar tanto, omnipotentes o creídos de la perdurabilidad del sentimiento hasta el infinito. (o lo que es más probable, tampoco contábamos con una cámara porque no teníamos un mango)
Igual analizar las miradas, los gestos no sería más que sumar especulaciones sobre esto de buscarle sentido a lo que podría ser también un sinsentido llamado amistad.