jueves, enero 08, 2015

Je suis c'est moi?

El tema es cuanto menos, álgido.
¿Quién puede considerar que el odio por el exceso de expresión llegue a circunstancias insólitas como el crimen?
Sin embargo, mientras muchos hacen culto de la democracia y la libertad como expresión sublime de la República, es evidente que en estos tiempos, no todo es susceptible de risa y humor.
Hace un mes y pico, Julio Velasco, entrenador de la selección argentina de voley, pasó por Basta de todo y entre tantas apreciaciones interesantes, se refirió a su experiencia en Irán, durante su estadía como director técnico. "Es un error suponer que con la caída del muro se acabó el comunismo, en realidad, fue reemplazado por el islamismo", sugirió con sabiduría.
Ayer, en CNN en español, un musulmán norteamericano aceptó que hay una gran diferencia entre aquellos que residen en EEUU de sus pares europeos. "Aquí tenemos otra formación, en cambio los del viejo continente, carecen de capacitación, se ocupan de tareas más básicas".
Esto, que no tiene nada que ver con los asesinatos en París, sí debe hacernos recapacitar a propósito del lugar que hoy ocupan quienes se ven excluidos dentro de la consabida y agraciada democracia. Porque en definitiva, más allá de la fe, las diferencias de clase siguen dando respuesta a las consecuencias del odio.
Se reprodujo entre los miles de comentarios oídos y multiplicados ayer, a uno de los caricaturista asesinado diciendo que si no se expresaba libremente, se sentiría esclavo, o "una rata".
Claro que la libertad se corresponde con la tolerancia, apreciación leve pero significativa, al momento de pensarnos sociedad.
El ingenio, la creatividad, por supuesto el humor, no tiene límites ni techo.
Sin embargo, pensar desde dónde se lod expone y la manera en que se amplifica
serviría para entender una diferenciación nada sutil.
Burlarse de las minorías en ámbitos donde cumplen tareas despreciables, se equipara al bulling escolar, al maltrato laboral.
Mucho resentimiento resurge como alternativa y eso explica por qué la libertad de los privilegiados, también si no se piensa en el otro, genera dolorosas consecuencias.