martes, diciembre 30, 2014

Cajas navideñas, revolución, islas desiertas

Si tuviera la chance de juntarme con alguien para preguntarle acerca de los avatares de la oficina, sin dudas elegiría a don Roberto Arlt. Es que con un par de sus pinceladas, él retrató como pocos la cotidianidad del laburo, con los grises de la rutina.
Y en tren de hacer una retrospectiva del trabajo, uno ve que las cosas no cambiaron demasiado.
Las peleas por la caja de la empresa, gente de más o menos iguales ingresos haciendo una disquisición entre "ellos y nosotros", aunque no en relación al patrón-empleado si no con respecto a sus pares.
En 33 años de yugo desfilando por diferentes ámbitos, entendí que ninguno de ellos pudo zanjar la discusión racistas para comprender y privilegiar las diferencias de clases y de este modo discutir la mirada prejuiciosa.
Más que un debate sobre la plusvalía, todos prefieren distinguir el rol laboral por portación de cara o privilegio de cuna.
Qué buen trabajo hicieron las generaciones iluminadas de nuestro país, en cada brindis patronal uno debe valorar la posibilidad de cobrar su sueldo al día, a pesar de todo, a pesar de las migajas.
Uno debe entender el sacrificio que hicieron los dueños del ámbito que te tocó en suerte, para conservarte en tu puesto.
Las promesas de bienestar y de ascenso duran lo que un verano para cualquier empleado ordinario: diez días cagando en una costa superpoblada contando monedas y haciendo mucha paleta y caminatas que por lo menos bajo el influjo del rey sol, hagan olvidar la tarea mecánica de las jornadas de siempre.
"Dichoso que tenés laburo", es la conclusión que barre desde el consejo de un abuelo, bisabuelo, al del último amigo terciarizado.
Y uno acepta.
Uno acepta que cada cubículo laboral sea un bunker de ensoñación de proyectos.
Uno acepta que la canción siga siendo la misma en esto de distinguir entre los buenos y los malos.
Los buenos somos nosotros que laburamos, los malos, son ellos que te roban sin compasión. (ellos que son los negros, los planeros, no los que te pagan tu sueldo, aclaro para que no nos confundamos)
Y yo maldigo al primer jefe que se asustó leyendo La Cautiva de Echeverría.
Y me quedo con la Isla Desierta del escéptico y bruto escritor que nos interrogó cuando inventó una logia elitista para transformar el mundo.
Por más que su alterego volviera a su casa suburbana en el Roca, abatido, ataviado en su ezquizofrénica imaginación. En lugar, claro está, de armar una revolución socialista con sus pares.

Bue, seguramente el sabía que entre argentinos, la idea de pares resulta más utópica que la buena voluntad del lúcido Marx.
Feliz 2015, hasta el próximo brindis, en cualquier cubículo u oficina en que te encuentres.