lunes, junio 09, 2014

Vivir después del penal

Nunca como pocas veces sentí que la pelea diaria se parece al sabor amargo de quien erra un penal en la batalla de las definiciones. Ayer, en esto de hacer catarsis futbolera, tras el fiasco rojo y otro más personal y mañanero (jugar apenas 10 minutos en un torneo post 35, con un equipo llamado la Momia que no para de perder), antes de dormir vi la definición Platense-Temperley desde los doce pasos.
Las chicas que odien el fútbol y quienes sepan de post y blogs personales, seguro querrán que este comentario se circunscriba a Hidalguía Roja, pero el transitar un devenir, también empareja la respiración con el juego maldito.
Y acá no es tan importante el pifie como lo que podría venir después. Léase, el consuelo simulado de los compañeros que se quedaron sin ascenso por un yerro doloroso. La palabra forzada de un técnico. El silencio familiar tras el regreso, comprendiendo lo incomprensible de esta lucha entre éxito y fracaso. Las preguntas hacia atrás para entender cuál fue el primer penal errado que uno no supo ver en aspectos referidos al talento, al amor, a los trabajos. Por ahí, quizás termine colándose una vocación relegada, o la negativa a aceptar los límites físicos y potenciales, cuando la vida ya insinuaba agresiva, las dificultades que continuarían ahí, para hacernos sentir que las caídas siempre pueden ser mayores y aparecen, incluso después de tantas arengas.
Y sí, dirán, un post que pinta bajón. Pero no se engañen, la clave es saber que se sale solo y que no todas las alternativas a las heridas de muerte, concluyen como Gladiador. Algunas se van armando de a ratos, entre pausas y tiempos libres, enganchando las esperanzas como viejos mil ladrillos de goma,
 pegoteados que terminan cediendo a las formas buscadas (generalmente columnas altas, como un Babel resucitado, con posibilidades de caerse en cualquier momento). Otras, resurgen haciendo palotes de dibujos olvidados para descubrir algún estilo personal que lleve los proyectos a un nuevo plano. Tampoco faltará aquel que elija la mejor pared o un potrero a mano, para darle y darle con la pelotita a los postes. Quizás las vueltas, te lleven a estar nuevamente frente a frente con otro arquero. Entonces, el penal no será el mismo, pero, las cicatrices servirán para entender que el éxito como el fracaso, no son más que quimeras sociales.