viernes, abril 18, 2014

Nuestro Gabo

Digámosloi sin medias tintas, cada uno tiene en su mente el Gabriel García Márquez que se le canta. Algunos priorizarán su pluma, borrarán de su necrológica las imágenes con Fidel, su compromiso político o la exhibirán como un desliz del autor.
A mi me gusta más, en esa especie de estudiantina automática, estilo Feliz Domingo, enunciar aquello que surge espontáneamente. Arcadio, Aureliano (nombre que me hubiese gustado para algún hijo propio), la abuela casi inmortal, lluvia, Macondo, el trópico, la Santa de Roma, las mujeres inmanejables (¿existe alguna que lo sea?), el Cólera, la asfixia de saberse prontamente muerto, Littin, las putas, sus entrevistas, sus provocaciones linguísticas e ideológicas y por supuesto el realismo mágico.
Acaso en los 90, con Fresán, Fuguet y otros autores admirados, pero con la otra lengua madre impuesta (la del sur de EEUU), Mac Ondo, nos hizo mofarnos un poco del estilo de Gabo. Bah, en realidad, de sus cultores de ese relato de ensoñación, más emparentado con una mirada ¿indigenista? que con el purismo Faulkneriano o de Hemingway. En verdad, no nos gustó nada pensarlo a GGM, tan cerca de Isabel Allende, incluso mucho menos del último Vargas Llosa, presente en los oficios neoliberales y distanciado de su voluntad progresista.
En todo caso, a Gabo se le acercaron más Augusto Roa Bastos o el propio Juan Rulfo. Como sea, los noventosos siguieron (aún con talento), siguieron pispeando a Breat Easton Ellis, adoraron a Bolaños y se despojaron de la magia. La autora de Harry Potter, recuperaría los encantamientos, aunque a la europea.
Para mí, Gabriel será por siempre la audacia, el atrevimiento, la escritura sin censura y sin condena, la mirada realista de una Sudamérica bien nuestra. La excitación adolescente y la convicción de que el espíritu religioso siempre quedará relegado, frente a los mandatos divinos de los pueblos, de las familias humildes. García Márquez hizo que Macondo estuviera a la vuelta de la esquina, Tucumán, decíamos algunos para pensar un espacio chiquito con una energía gigante. Me remitió a los amores prohibidos, aprendí a dibujar en mi mente las figuras de féminas, más increíble, me devolvió la esperanza, con su librito chiquito sobre Miguel volviendo al Santiago de sus amores y me alcanzó para pensar que mi abuela gallega, pudo ser tan grande como la que él dibujó en Cien Años.
Chau Gabo, sos bien nuestro, bien progre, bien profundo, siempre mágico y realista. Gracias por semejante paradoja.