miércoles, noviembre 20, 2013

Duerme solo en un rincón en mi cabeza

Me pregunto si los miércoles adolescentes donde pintaba el bajón y las preguntas existenciales tendrían alguna relación con mi escepticismo presente. Pienso cuándo fue el día en que dejé de creer en dios o en el que entendí que su incidencia iba a ser insuficiente.
Cuándo la desconfianza silenció ciertas impresiones que, de algún modo me acercaban a la alegría.
Qué consejos hicieron que la infancia se quedara sin su halo mágico.
Hoy los bocinazos del heladero de La Perla de Sarandí, suenan a estorbo para mis colegas de Popular, mientras que a mi nostalgia no le da ni para añorar esas tardes de fúbol interrumpido por aquel colorado ciclista que endulzaba nuestra desfachatez.
Cuándo la paternidad se me volvió impotencia, frente a las reacciones intempestivas e intolerantes de Catalina, por qué no sé que decirle a Saverio qué cosas encarar para sanear su aburrimiento. Cuándo la dicha del amor quedó truncada por el régimen de la rutina.
Por qué el cerebro, como la canción de los Tipitos, se desentiende de todo esto.
Ya no me contesta, nunca lo vi así. Tan cansado de luchar contra la tristeza...