miércoles, mayo 08, 2013

Sólo un niño para honrar el 2001

Hoy, a doce años de aquel fatídico examen del nuevo milenio en la Argentina, caigo en la cuenta que un hecho pequeño, cotidiano, o normal, es el que me enorgullece del maldito 2001.
Hablo claro de la llegada de Saverio. Con trabajo esporádico y los primeros fueguitos del incendio financiero que se avecinaba, Gabriela y yo, transitamos la milagrosa experiencia de ser padres, después de otra década de resistencias, temores y prejuicios.
El pibe, tan lindo como ahora, llegó en medio de la bilirrubina de mi mujer, quitándole un amarillo verdoso de la piel por recostarse demasiado en su riñón, para finalmente un ocho de mayo, devolverle el rojo rubor de su belleza, darnos un refresco de sentido a nuestra relación y establecer por fin sí, el sentido de familia. (Aunque creo que más allá de los mandatos familiares y sociales, ya lo éramos a nuestro  modo).
Llegó el mismo día que mi hermano-amigo Cappiello celebraba sus 37, como para dejar abierta la chance de contar con un padrino, cuando la recuperación de la fe, lo requiriese (o la voluntad de Save, en caso de que desee bautizarse).
Como cualquier avezado sujeto del planeta, nos hicimos expertos en pañales, respiraciones livianas nocturnas y somnolencia. Descubrimos la palabra abuela en nuestras madres inmaculadas y nos hermanamos en serio, con los nuestros apreciando la felicidad de los ex cómplices familieros, reconvertidos en tíos, Hicimos el barrido pediátrico con un tipo que supo fumarle al pendex en la cara, pero nos enseñó secretos primarios que alcanzaron para darnos seguridad.
Balbuceos, palabritas de embobados, pasos lentos como profesionales del taichi, sensibilidad de detective para buscar posibles debilidades del niño intruso, nos fue doctorando en esta disciplina de la que, huelga decirlo, jamás recibiremos título alguno.
Saverio se escribe con V de Victoria (es así, aunque les joda a los krispados), alude a Arlt, a la sabiduría, al Xavi del Barsa, a su tatarabuelo y mi deformado segundo nombre.
Su cuerpo, sus ojos son un mix de flema inglesa, con recauchutaje tano, hispano y argento. La música lo cobijó desde el principio, igual que los libros y los juegos.
Ahora con tanto ruido sostenido que emula al tango de Moris, el virtuosismo de la tecnología puja por decantar y desgastarlo (nos) de aquellos primeros alimentos del alma.
No importa, en doce años, con nuestro bautismo de ser padres (madre ejemplar, antimodelo, mediante), seguimos teniendo memoria. Por eso, entre tanta basura política, tanto falso espíritu solidario, nuestro hijo índigo llegó para quedarse. Con él sobrevino la esperanza...y las ganas de creer, aún en tiempos de iconoclastas y adoradores del verde devenido en blue.
Salud al mejor hijo varón de mundo. Gracias x darnos sentido a todo.
Con Catalina el mundo se trastocó y nos tomó otro examen. Pero eso corresponde a otro homenaje.

Feliz cumple y saludos de Gilmour.