viernes, abril 19, 2013

Despedida o delay de un capítulo que se cierra


Entusiasmo por la foto elegida, peleas por la precisión de un título,  libros citados en duelos inútiles de egos, especulaciones acerca de romances, noticias, conspiraciones (internas o externas); pavada de mochila para cargar en esta despedida. Sin embargo, hoy quiero agradecer aquello que, lejos de transformarse en un sobrepeso, me devolvió la liviandad de lo simple. El afecto incondicional de los compañeros. Los amigos que no necesitan decir demasiado para demostrar que están cuando hacen falta. Los chicos de Semana, la gente del diario, de Tráfico, intendencia, planta, mantenimiento, arte, comercial,  telefonía, editores que se juegan, etc (aburriendo cual Martín Fierro, pero no nombro a nadie para no andar comprometiéndolos más).  Y sobre todo aquellos que el miércoles pre pascuas, ratificaron mi existencia en el mundo perfil, con el plantel de Semanario a la cabeza. A todos, mi agradecimiento por confirmar que asumir responsabilidades no es cuestión de colores de escritorios, ni de cargos, ni títulos, si no de entender para qué y por qué estamos en esta profesión.
Saludos,
Adrián
Les dejo mi mail (adriodep@gmail.com), nos vemos donde siempre (en cualquier lugar donde confluyan el sentido común y el periodismo) y una poesía de Miguel Hernández para contraponer tanta musa publicitaria de 140 caracteres.  
Pd: La foto de Pablito, es sólo porque ze me plaze

 Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.