jueves, noviembre 15, 2012

Sembrar para ilusionarse

Entre la operación de cadera de la abuela, el bajón cotidiano que genera discutir recurrentemente sobre el presente y el porvenir; la amargura roja y esa desidia laboral que persiste en un ámbito chato -y pinchado ante cualquier idea de proyección-; entre todo esto, vuelvo a los plantines (las semillas no ayudaron con un clima tan variado) y a la huerta refugio.
Cuatro pesos, por 10 de remolacha. Igual cifra para lechugas (de dos tipos), acelga y no sé qué otra variedad conseguida en el vivero. Algo más caras resultaron las plantas de tomate y albahaca.
Todo sea para mezclar esperanza con tierra (no barro) y sacar mi cabeza del letargo y la mala racha.
Entre la azada y una hoz que gastada, aunque sin oxidar, remuevo mis inquietudes por la quietud de pensamientos. Me gustaría ratificar que las lombrices harán un trabajo simple (estar y defecar el área elegida), para que el verde de las hojas se abra ante yuyos y caracoles hambrientos.
No hay técnica aprendida, como tampoco convicción  para el momento de la cosecha. Todo es mera intuición y acaso éste sea mi principal defecto: asumir el trabajo de quintero de forma improvisada, de modo que la naturaleza organice la huerta sabiamente y así, acabar con la negatividad de la rutina.
¿defecto virtud?

Asumo cada golpe al terruño como estímulo catártico, hundiéndome en el fango (cieno glutinoso, advierte google, para esta frase lunfardo) alternando la humedad a la tierra seca.
Rotándolas del mismo modo en el  que mi cabeza revisa insistentemente las ideas chatas que reinciden, como anhelos de adicto: el pesar, la soledad para cambiar entornos, el devenir para ampliar las brechas de los mentirosos y cada vez más distantes, aquellos buenos tiempos.
Acaso todo este trabajo suponga un esfuerzo extra para acallar el dolor inadvertido, el de la caída de la abuela de 94 años. Ese desenlace que probablmente la lleve a alejarse de sus ganas de luchar, para que la vida le imponga la "saludable" supervivencia del hogar de ancianos, o geriátrico.
Certeza que significará, cerrar mi libro viviente sobre las recomendaciones de jardín.
Sus advertencias para preparar mejor la siembra de hojas.
Las notorias críticas por mi mal desempeño con las legumbres (o el modo de atar las plantas de tomates para mantenerlas erguidas) y tantas otras cosas que seguramente irán alejándose con el encierro de la abuela y esta presurosa partida.
Por suerte, la vieja torito (taurina), aún en el hospital resiste. Me cuenta cinco veces sus intereses, sueños o movimientos lentos. Enumera cada acto propio redimiéndose y reivindico su tozudez para ignorar los lugares comunes de la ancianidad. Entonces, entiendo que lo mejor es apagar la PC, volver al fondo, pensando en la próxima y torpe huerta, a asumir que siempre será más saludable remover la tierra a abandonarse a la parsimonia de las quejas previsibles.