martes, junio 12, 2012

Omnisciente, omnipresente

La autopista Buenos Aires-La Plata se corresponde a un feriado. Es cierto, aclaremos, son las once de la noche de un lunes frío, de esos que anticipan nuestro invierno. Todavía rebota en mi cabeza la voz del cabezón. Pienso que él y sus cuarenta y pico (puntos, no años) bastante tienen que ver con tal desolación. Enseguida resurge la dicotomía sobre el adentro y el afuera. Pertenecer o autoexcluirse, adoración o despojo...no sé. Los exagerados elogios de las celebrities en el twitter, también marcan caminos: ahí están Araceli y la China Suárez, admiradas por la apertura del nuevo ShowMatch. Pertener, insisto, tiene un costo: ensalzamiento desmedido por la ilusión de un espacio. "Y si me llaman, me animo", especularán las dos muchachas.
En cualquier caso, entre humos y neblinas, Quilmes resulta un páramo. Saco cuentas y descubro que la involuntaria compañía de Marcelo en mi vida, como la de millones de argentinos coincide con los años en pareja, aproximadamente. Guardo una diapo sentado en su escritorio de Videomatch, cual colado en un santuario. Pero también rememoro una escapada en la costa, donde entre tembleques climáticos y la desocupación marplatense, la voz amplificada del susodicho, tapaba las noches aburridas imponiéndose a los solitarios, los gritos hilarantes de una tele que no da tregua al sopor, ni a la soledad.
Entre tanto procer derrocado en tierras arábigas o países de falsos profetas, debería estar la foto del lider virtual quemándose cual bandera yanki o, en cualquier caso, su megamonumento volteándose sobre las plazas cibernéticas, amparando un apocalipsis que los intelectuales aspiran ver, aunque nunca ese momento nunca llega.Ayer, bromas cuestionables, lugares comunes, paradigmas prejuiciosos. Hoy jurados cuestionables, bailes y coreos mecánicas, lugares comunes, dinámicas obvias para lo "evidentemente exitoso". Y bue, el hijo que cualquier suegra aceptó, el novio de barrio que se hizo millonario, el pibe que la vio, todo esto es Tinelli. Ahí y aquí, omnisciente, omnipresente, el tipo impone la hora de su reloj pacmac y vuelve a comernos los tiempos, los silencios, alimentándonos con la certidumbre cotidiana, de esta necesaria e inútil, sonrisa forzada.