sábado, agosto 27, 2011

Ni excusas, ni consuelo

Aquí está Cata, resignando al zapping su novela preferida para compartir con el padre y su hermano el partido de Independiente. Ahí, el fastido de Saverio, ahora porque nos pusimos a tiro del empate, pero no atacamos. Y yo, preguntándome qué se hace con el vacío siempre presente después de una derrota. Ni excusas, ni consuelo. Nada espero de colegas y medis que nos dan carácter de noticia si perdemos y un prolijo y sintético informe durante los triunfos, o después de superar "las paradas difíciles", que a ellos les gusta enunciar para demostrarnos siempre que estamos mal.
Claro que tal indiferencia y por qué no silencio, me enorgullece. Es el mismo que obliga a las miles de almas en Porto Alere a interrumpir su festejo después de una jugada exquisita nuestra coronada por el tres rojo, ahora de azul, disfrazado de atacante. Me gustan los silencios provocados. Siempre siento que hay silencios que están de nuestro lado. Como callar para decirle al enemigo que tiene razón. Ese silencio los incomoda. Ese que obligó Román, por ejemplo, a callar a Macri después de un gol. Ese que eligió Mohamed, a la goleada de su equipo histórico, con arte y fútbol de un humilde y laburante rojo que no sabe de elogios desmedurazos de los típicos alca que privilegian el mercado y el aaaaaaaale ooca.
Silencio que no es silencio. Era fija que al Gabi Milito se lo iban a deglutir en pedacitos. Cómo el tipo elige abandonar el banco del Barza para exponerse con nosotros? "Está acabado", predecirán quienes años antes habían castigado al Real Madrid por su fallida y canalla contratación.
Pero volvamos a anoche. Cata me da un bso porque nos ve entusiasmados con el 2 a 1. Con el penal, me peleo con Saverio, de impotencia, de infantil. Nos quedamos hasta el final con la ilusión del gol que nos devuelva al abrazo. No pudo ser, igual hay abrazo, silencioso pero genuino. Hay que acostarse para mañana levantes a pelear de nuevo. Eso nos hace mejores y del rojo. Peleamos solos sin marketing, sin mimos oficiales, pero con el amor a un color distintivo, entre tanto azul y oro declamado por diseño propublicitario, o la nada de ese blanco insulso fantasmagórico Baqueteado por su designio gallinezco. Sin ese celeste cielo que mucho tiene de sindicato forzoso y nada de gesta patriótica.
Rojos de euforia, de bronca, de pasión. Rojos como el color del Che, como un cuento de Poe, como las caprichosas imágenes de Tarantino. Así de simples. Nada menos.