viernes, octubre 01, 2010

Contrastes

Cuesta aceptar la comparación que elige una colega al asociar el Central Park con Palermo. Después, Ana, ratificará aquella ingenua percepción argento. "Al principio, yo también hacía de cada espacio una analogía con algún lugar de allá", asume casi con melancolía. Las percepciones se mezclan y el último testimonio antes del regreso resume como pocos, la otra cara neoyorkina. "No esperes ningún gesto de más. Esto es Nueva York", me explica Beatriz, una chilena de 45 años que debe viajar de urgencia a su tierra, luego de muchos años, tras la noticia de la muerte de su madre. El comentario corresponde a una cuestión banal, una tontería como la copa de vino solitaria en el JFK. "Sin papas fritas, ni adicionales", la moza ratifica: "si quiere acompañarla, pague, aquí las cosas son así", se queja y adoctrina en tono latino.

Latino también es José, en realidad colombiano pero nacido en USA, representante del sindicato de inmigrantes. El hombre se define anarquista o a la izquierda de los demócratas, a quienes elogia menos que a Obama, aunque sin disimular un inesperado desencanto. "Por primera vez cuentan con mayoría en ambas cámaras y empiezan a olvidarse de nosotros", comenta el hombre de Queens.
Su hogar es un albergue abierto a militantes, bohemios y aventureros. Me entero que las casas que en otros tiempos fueron viviendas de irlandeses, judíos e italianos, ahora pertenecen a latinos, hindúes y árabes. Aquellos se mudaron a la gran Manzana. Al hombre tosco de labia omnipotente, el inglés, le sabe mejor que la lengua madre. Así dialoga con su hijo y lo mismo hace durante las intermitentes y apasionadas miniconferencias que representantes de diversos partidos le reclaman, las que lo hacen farfullar enojado blackberry en mano, exigiendo condiciones y respeto para futuros aunque inciertos encuentros.
"De alguna manera te acostumbrás a hacer la tuya", cuenta Beatriz dedicándole varios segundos al silencio, para pensar un rato en la amistad cosechada en estos lares. Es curioso, soy mayor que ella y se nota que la vida la ha encapsulado tanto en sus quehaceres, que le cuesta remitirse a algún momento ocioso dentro de la ciudad de los sueños y las oportunidades. Me explica que las obligaciones endurecen. "Te vas haciendo a la idea de otra forma de vida.  El tiempo te pasa por arriba y sin darte cuenta", agrega. De golpe, recuerdo aquella construcción vidriada del Ital Park y la desesperación extrema por salir al encuentro de los míos; después de varios minutos en eso que más que un juego momentáneo, parecía un panal desierto, listo para albergar a almitas desorientadas, en un espacio ajeno al cronómetro vital.