En tal caso, las trampas tentadoras del planeta circunscripto, reflejan un extraño encantamiento del que acaso quien se instale, jamás logrará disipar. La fascinación por las luces, las compras de lo inútil, ese más obvio que explícito por poseer lo que sea, permite entender hasta dónde el más acérrimo enemigo del lugar termina subyugado con este espejismo. La calle de las grandes marcas, el Broadway donde se cruzan brillos y satisfacciones rápidas (me pregunto si Giuliani se llevó con aquel espíritu delictivo, el vital deseo sexual). Como esos laberintos construidos en antaño donde los invasores quedaban a merced de decenas de calles de destino confuso.
El segundo aspecto de Nueva York reside, por supuesto, en la majestuosidad de sus construcciones. Así, comprendo y puedo discutir un buen rato, que de no ser las torres gemelas, hubiese sido el Empire, el Rockefeller Centre, el Trump y todos los etcéteras posibles que Manhattan tiene para enrostrarnos su omnipotencia. Porque hay que aceptarlo, hubo también otro relato de Swift, menos promocionado pero igual de verosímil que refirió a 'Gulliver en el país de los gigantes'. El lugar achica y está bueno pensar que hay que ser valiente para vivir en semejante isla, consciente de que la salida, por olvido o distracción, se vuelve quimera.
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