miércoles, agosto 04, 2010

De llaves, gerontofilia y engreimiento neoyorkino

...La sexualidad humana, como nunca dejamos de descubrir, para nuestra cándida sorpresa, está sujeta a escasas variaciones internacionales. Es el autnétnico lenguaje universal. Me satisfizo comprobar que el hecho se confirmaba también en Brooklin, pero no me apetecía que me lo siguiese confirmando indefinidamente la misma confirmadora, divorciada y solitaria. La puñetera llave tenía que entrar en funcionamiento como fuera. Pero trabé conocimiento con una mujer mucho más literaria que la vecina de Brooklyn, en una fiesta que dio Panna Grady, anfitriona de belleza extraña y apremiante, tenía la casa repleta de grandes nombres de auqle perídoo cultural: Andy Warhol, que vaciló conmigo, Norman Mailer, que me dijo: “Burgess, su último libro es una mierda”, y Allan Ginsberg, que me dijo: “Dile a Bill Burroughs que ya volveremos a vernos y yo a metérsela”. Entre otros. Pero había una chica deliciosa, dinámica, espumosa como el champán del aire de Manhattan en febrero, que se encaprichó con el autor de La naranja mecánica, la única de mis obras que había tenido algún efecto en la fracción de norteamericanos lectores de libros. Como tantos otros, y no sólo en Estados Unidos, estaba convencida de antemano de que el autor sería un tipo granujiento, brutal, grosero, estrafalariamente ativgiado, chapurreando nadsat y cayéndoselee la baba con Ludwig van...mientras blandía una cadena de bicicleta. Le encantó encontrarse con un hombre muy comedido en el habla, con canas y entrado en años. Gerontofilia es un término vago, y nadie ha definidio con precisión los límites cronológicos a que puede aplicarse; pero las canas son ya una primera cualificación, incluso un fetiche, para el gerontófilo o la gerontofila. Sedosa ceniza sin enfriar aún, dice Hopkins, madurez absoluta bajo la piel. De modo que me fui con ella a su piso con agua corriente fría de Greenwich Village y ya, en las horas, en el día que me quedaba, no tuve que andar a vueltas con lallave del piso de Brooklyn Heights. Prolongué mi estancia más allá de la duración de la conferencia. Me jugueteó en la cabeza la idea de prolongarla definitivamente. Creí que me había enamorado. Pero no sin darme cuenta, supongo, de que padecía el típico engreimiento del hombre maduro ante la juventud. Y quizá también ante Nueva York, ciudad de la prosa y de la fantasía, como la llamó León Trotsky. (pag 170)