viernes, mayo 28, 2010

Más allá de aquel ¡Al Colón!

El lunes dejé a mi familia, aprovechando la invitación al Colón. Era extraño, porque mientras seguía las imágenes en la 9 de julio y disfrutaba de hacer nada con los chicos, debía acicalarme para gozar de semejante "privilegio cultural". El viaje a Capital me dejó con las ganas de ver el gol del Kun Aguero, pero tuve la dicha de escuchar como el yerno más famoso, le cerraba el pico al locutor deportivo apenas cuestionaba su ingreso. Mi hermano y mi cuñada colaboraron en la base central para que el tipo asistiera digno a la Galería del ya centenario edificio. "Seis pisos", informó uno de los recepcionistas, luego de cumplir con los requerimientos de todos los patovicas.
Desde casi lo más alto (el gallinero quedaba a un piso) contemplé a la orquesta que, acaso por más visible justificó mis expectativas y mi estadía. Recordé a mi abuelo verdulero, imaginé a mis chicos con mejor fortuna a la hora de vincularse con el noble arte de la música y confundí a Gabriela con las bailarinas (siempre asocio la danza con ella), mientras soñaba a Cata con sus piruetas. Al lado, un cirujano rememoraba su labor con alguno de los políticos. Abajo, contemplaba mejor a algunos políticos para mí, impresentables: Sanz el inquisidor, Gerardo Morales, el que no pregunta cuando puede, Lole, dicharachero (ya sin su verdad oculta) intercambiando bromas con Puerta (el más sociable y menos confiable); Mugica y Fabiana Ríos excepcionales al convite; Cobos, cual viuda esperando a su nuevo amor y obviamente Mauri, la diva de la noche. Aplausos para confundir aún más la estadía. Los bailarines se lucen, pero yo sigo mirando a decenas de violinistas dando cátedra. Después, con el intervalo, canapés, Chandon y Barbara Diez que estás en los wedding, llegará la Boheme.

El champagne hizo olvidar al evidente olor a pintura. No hubo tantas joyas como cuando Los Beatles tocaron para la reina. Tampoco hubo tanto brillo. Una mujer interesante, se sacaba los zapatos y cual off/on se sentaba y levantaba intermitente para contemplar a los chiquitos del escenario y a la soprano cautivante. Antes, mientras su compañero, bastante mayor vigilaba de reojo, ella buscaba con los prismáticos de su vecina al tan nombrado visitante ilustre de la noche. Sí, el chocolatero que destruyó la magia de los niños que fuimos y ahora oficia de jurado en el Trece. Moñito composse con su camisa blanca y en concordancia con su madre, el hombre logró una fila de privilegio anteponiéndose al mismísimo Colorado Alicate. A 15 metros, De la Rua e Inesita acompañaban la cantata con sus manos, acaso emulando los años mozos como Jefe de Gobierno. Al lado, Ibarra, Olivera y Facundito, recordaban su paso por el teatro, en aquellas, sus sendas administraciones. Una orquesta coronó a La Boheme y la revolución de banderas francesas fue celebrada por todo el auditorio. Mauri tuvo dificultades con las banderas, pero su flamante novia lo tranquilizó. Amago de abrazo cariñoso con el ex gobernador mendocino, no positivo y todos al agape supervip.
Afuera la humedad se encargaba de equiparar las Carolina Herrera y los Etiqueta Negra, con los transeuntes, más pendientes del Chaqueño y la Sole en la puerta que de aquel relato Puccinesco.

Encaro por Córdoba para la casa de mi hermano, la cámara que retrató la cúpula se dispara en la calle, pero el flash que siempre traiciona, no cubre claramente las siluetas de los laboriosos cartoneros.
El aura de ellos resulta más resistente en comparación a nuestras vernáculas estrellas.